Las cosas que no pasan Capítulo 16
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Capítulo 16

Quemar el cuaderno

La confrontación llegó en marzo y vino de donde vienen todas las cosas verdaderas de esta historia: de Valeria.

Fue por un descuido mío, y a veces pienso que no fue descuido, que hay una parte de nosotros que deja las puertas mal cerradas a propósito, cansada de custodiar.

Estábamos en mi casa preparando la defensa de su tesis —a Valeria le tocaba primero, en abril— y me levanté a hacer café, y cuando volví ella tenía en las manos el cuaderno azul tercero, que yo había dejado en el escritorio, entre los papeles de la defensa, con la naturalidad con que se deja lo que ya casi no se usa.

No lo estaba leyendo. Eso hay que decirlo de Valeria para siempre: lo tenía en las manos, cerrado, sopesándolo, y me miró llegar con las dos tazas y preguntó solamente:

—¿Este es el país?

Yo le había hablado una vez, en el colmadón, hacía años, de «un país de papel», una frase suelta de borracho a medias que ella nunca olvidó, porque Valeria no olvidaba nada.

Puse las tazas en la mesa. Y le dije que sí.

Y entonces hice algo que no había hecho jamás con nadie, ni con Peralta, que conocía la existencia pero nunca el texto: le dije que podía leerlo.

—No quiero leerlo —dijo Valeria—. Quiero que me contestes una pregunta, y depende de lo que contestes, te ayudo a defenderte la tesis o te ayudo con otra cosa.

—Se sentó, puso el cuaderno entre los dos como se pone una prueba en un juicio, y preguntó—: ¿Aura sabe que existe de esta manera?

¿En algún lugar del mundo, alguna vez, por cualquier vía, esta mujer se enteró de que lleva siete años siendo esto para ti?

Siete no eran: eran cinco y medio. Con Valeria los números siempre venían agrandados por la indignación. Pero la pregunta era la pregunta, y la respuesta era no, y la dije: no.

—Entonces esto no es amor, Serrat. Todavía no.

No me pongas esa cara: no digo que sea mentira, digo que no ha nacido.

Esto es un embarazo de siete años. —Se inclinó hacia mí, y por primera vez en años de machete le vi los ojos húmedos—.

Y yo ya no sé si lo que te da miedo es que se te muera al nacer o descubrir que nunca estuvo vivo.

Pero mira la fecha, papá: nos graduamos en junio.

Ella tiene media beca de doctorado hablada para Buenos Aires, ¿tú lo sabías?

Para agosto. Esta vez no son diez meses: esta vez es la vida.

Se te está acabando el mientras tanto, Emiliano.

El mientras tanto era la universidad. Después de junio no hay mesa, no hay miércoles, no hay embajada.

¿Qué vas a hacer, escribirle cuadernos hasta los cincuenta?

No supe que era capaz de gritarle a Valeria hasta ese día.

Le grité que qué sabía ella, que su vida amorosa era un desastre organizado, que había amores que no eran para casarse sino para sostener el mundo por dentro, que Petrarca, que Dante, y en medio del grito me oí —me oí de verdad, como se oye uno en las grabaciones, con esa voz ajena— citando a Dante en una discusión sobre mi cobardía, usando setecientos años de literatura como escudo antimotines, y el grito se me murió solo, a mitad de frase, de pura vergüenza técnica.

Valeria no se había movido. Cuando terminé, recogió su taza, tomó café, y dijo, ya sin filo, con un cansancio de hermana:

—Dante la vio dos veces, Serrat. Dos. Y no se pasó la vida en la esquina de Beatriz tomándole nota de los vestidos: se fue a escribir la Divina Comedia.

Esa es la diferencia entre ellos y tú, y no te la digo yo, te la va a decir cualquiera: ellos convirtieron el no en una obra.

Tú convertiste el no-preguntar en un pasatiempo.

—Señaló el cuaderno con la barbilla—. Ahí adentro hay cinco años de material y cero páginas de libro.

Tú eres escritor, coño. Eres el mejor que conozco y no has escrito nada, porque toda la tinta se te va en el consumo.

Haz algo con esto o quémalo. Pero decide antes de junio, porque después de junio lo va a decidir la vida por ti, y la vida decide feo.

Se fue temprano. La defensa de su tesis la preparamos igual, los días siguientes, sin volver a mencionarlo, porque Valeria decía las cosas una sola vez, que es la marca de los que las dicen en serio.

Y yo me quedé con el ultimátum y con el verbo.

Quemar. Lo pensé con todas las letras. Una noche de abril llegué a sacar los tres cuadernos —el primero forrado de papel de regalo, el segundo con la esquina comida de humedad, el tercero coja su última entrada— y los puse en el patio, junto al anafe de mi madre, con una caja de fósforos encima, y me senté enfrente en una silla plástica a ver si era capaz.

Estuve como una hora. El barrio sonaba alrededor: un radio, un motor, la vecina regañando a un nieto.

Y no pude, y no fue por debilidad —o no solamente—: fue porque sentado ahí, mirando los tres lomos azules a la luz del bombillo del patio, entendí despacio que quemar era otra forma del mismo error.

La hoguera es dramática, es de novela, es —fíjense— exactamente la escena que el Emiliano del cuaderno habría escrito para sí mismo: el hombre purificado por el fuego, renacido de las cenizas de su amor imposible, ardiendo bonito.

No. Basta de escenas. La cura no podía ser otra escena.

Los recogí, los subí, los puse donde siempre. Y al día siguiente hice, en frío, a las diez de la mañana, que es la hora menos literaria del mundo, la cosa verdaderamente aterradora, la que ninguna hoguera puede sustituir: saqué una hoja, y le escribí a Aura una carta que sí era para mandar.

No la voy a transcribir todavía. Diré lo que era y lo que no era.

No era una declaración de amor de las de rodillas; cinco años de silencio no se corrigen con un aguacero, y además yo ya no estaba seguro de qué quedaba debajo del archivo, si amor vivo o el hábito monumental de amar su recuerdo en presente.

Era otra cosa: era la verdad, del tamaño que la verdad tenía ese día.

Decía, en resumen, y con menos elegancia de la que ahora le pongo: Aura, yo llevo años queriéndote más de lo que te he dicho, que es nada.

No sé qué es esto ni qué tamaño tiene fuera de mi cabeza, porque nunca lo dejé salir a que le diera el sol.

Antes de que junio nos reparta por el mundo quiero conversarlo contigo de frente, una vez, con testigos no: con verdad.

Tú me enseñaste que las cosas que no pasan también nos pasan.

Yo quiero saber, aunque sea una sola vez, de qué lado queda esta.

La firmé. La metí en un sobre. Le puse el nombre de ella con mi mejor letra.

Y era el catorce de abril, y la graduación era el doce de junio, y lo que hice con ese sobre —lo que hice y lo que no hice con ese sobre durante los cincuenta y nueve días siguientes— es el último tramo de esta historia, y les pido que no me lo adelanten con sus pronósticos, porque de todos los finales que ustedes están imaginando ahora mismo, la vida, que decide feo pero decide raro, no eligió exactamente ninguno.