Las cosas que no pasan Capítulo 15
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Capítulo 15

El regreso

Volvió en enero, y yo lo supe —anoten la novedad— por ella misma.

Un mensaje un martes por la tarde: «Aterricé el domingo.

¿Sigue en pie mi embajada o la invadieron los de primer año?

». Y el miércoles a las cuatro y diez de la tarde, cuando levanté la vista de mi libro, estaba entrando a la biblioteca, con el pelo otra vez largo y un abrigo absurdo para el clima nuestro, que se quitó en la puerta como quien se quita un idioma.

Quiero contar el regreso con cuidado, porque fue una lección que no esperaba y que tardé en poder deletrear.

Nos abrazamos junto a la mesa del fondo, sin público esta vez, y fue un abrazo alegre y torpe, con golpe de mochila incluido, y don Pedro mirando desde su retrato.

Y hablamos tres horas, hasta el cierre, con una fluidez que me desmintió todos los pronósticos que yo había hecho esa mañana frente al espejo.

Estaba igual. Estaba más. Buenos Aires le había puesto una capa nueva de mundo encima, palabras nuevas —decía «quilombo», decía «me colgué»—, una manera nueva de discutir, más rápida, aprendida en seminarios donde la interrumpían.

Me contó del retrato de la niña esclava, que iba a ser el centro de su tesis definitiva.

Me devolvió dos libros que se había llevado prestados —compartidos— hacía un año.

Me preguntó por mi madre, por Peralta no porque no sabía, por la librería, por mis planes de después de la graduación, que ya nos quedaba a todos a cuatro meses.

Y en medio de toda esa dicha de recuperación, mientras ella hablaba y yo asentía, una voz nueva dentro de mí —una voz que no existía antes del muelle, del inventario de la hoja suelta— tomaba notas por su cuenta, y sus notas eran de otro género.

Decían: mírala bien. Diez meses creciendo hacia todas partes, conociendo gente que no conoces, callándose cosas que no sabrás.

La Aura de papel que te escribía cartas de madrugada se quedó sin modelo hace diez meses, y tú ni te enteraste, porque a la de papel no le hacía falta modelo.

Esta, la que dice quilombo, la que se quita el abrigo como un idioma: esta es la original.

¿La reconoces? ¿Reconoces lo que no sabes de ella?

Y ahí, entre las cuatro y las siete de aquel miércoles de enero, me pasó la cosa extrañísima que constituye este capítulo: conté por primera vez la distancia entre las dos.

Entre la de papel y la del abrigo. Y la distancia era grande.

La de papel era más mía y más triste y más pendiente de mí; la real era más rica, más rara, más libre, con zonas enteras en penumbra donde mi lápiz nunca había entrado ni entraría.

La de papel me necesitaba; la real me quería, que es infinitamente menos y —esto es lo que entendí, o empecé a entender, mientras la oía decir quilombo— infinitamente mejor, porque era verdad.

Un gramo de afuera contra la tonelada de adentro, sí.

Pero el gramo pesaba de otra forma. Pesaba con peso prestado de ningún lado. Pesaba solo.

A la salida, en el portón, bajo los framboyanes pelados de enero, me dijo:

—Allá pensé mucho una cosa que me dijiste tú una vez.

Lo de tu abuela, que hablaba con tu abuelo muerto y le parecía lo mínimo.

Los archivos están llenos de eso, Serrat: de gente conversando con gente que no está.

Cartas a muertos, retratos encargados de memoria, exvotos.

Toda esa gente que quería tanto a alguien que ya no podía contestarle...

Mi tesis va de eso, creo. De cómo se pinta lo que ya no se puede tocar.

—Se acomodó la mochila y me miró—. Tú entiendes de eso más que nadie que yo conozca. No sé por qué lo sé, pero lo sé.

Y se fue caminando a su guagua, como siempre, y me dejó en el portón con esa frase clavada tres centímetros más adentro de donde llegan las frases.

«Tú entiendes de eso más que nadie. No sé por qué lo sé, pero lo sé.»

Hay dos lecturas, como siempre en esta historia.

La lectura de la maquinaria vieja: lo sabe, siempre lo supo, sabe que soy el hombre de los archivos del casi, me está diciendo que me ve, es la señal, la definitiva, corre.

Y la lectura de la voz nueva, la del muelle: te está diciendo que eres su amigo el melancólico, el que entiende de amores archivados, y te lo dice precisamente porque no imagina —porque jamás le diste la oportunidad de imaginar— que el amor archivado del que entiendes es ella.

No es una señal, Emiliano. Es un síntoma.

Tu disfraz es tan perfecto que ya trabaja solo.

Esa noche las dos lecturas pelearon hasta tarde, y no ganó ninguna, porque a esas alturas del libro ya se sabe que en mí no ganaba nunca ninguna: yo era el empate más largo del Caribe.

Pero algo sí cambió esa noche, algo administrativo y enorme: abrí el cuaderno azul tercero para hacer la crónica del regreso, escribí la fecha, escribí dos líneas...

y me aburrí. Aburrimiento, sí. El síntoma más subestimado de las curas.

La crónica era pálida al lado de la tarde.

Por primera vez en cinco años, la copia me supo a copia.

Dejé la entrada a medias —ahí está todavía, coja, con su fecha— y me acosté a repasar la tarde original, a oscuras, sin intermediarios, como repasa la gente que vive.

La graduación quedaba a cuatro meses. La tesis de ella iba de pintar lo que no se puede tocar. La mía —porque yo también tenía una, sobre narradores que mienten sin saber que mienten, y el lector ya se estará riendo de mí— iba de esto mismo que tienen en las manos, aunque yo todavía no lo sabía.

Cuatro meses. Ese era el plazo real, el último, el de verdad. Y esta vez, por primera vez, había un hombre parcialmente despierto para contarlo.