Capítulo 14
La ausencia tiene sintaxis
Lo que sigue es la temporada de la que menos testigos tengo y de la que más desconfío, así que la contaré en el tono en que se cuentan los diagnósticos, que es el tono que merece.
Aura estuvo fuera de marzo a diciembre: el semestre de la beca y una extensión que le ofrecieron y que aceptó, con escala navideña donde el padre, en el país de la nieve.
Diez meses. En la era de los teléfonos habría sido distinto, dirán ustedes, y en efecto había teléfonos, había mensajes, había todo: la tecnología ya no daba coartadas.
Nos escribimos, claro. Yo guardo —guardaba; ya diré qué fue de todo el archivo— la conversación completa.
Leída de corrido es la correspondencia de dos buenos compañeros: ella contaba Buenos Aires con gracia de cronista, el frío indecente de julio, el profesor famoso que resultó tacaño de elogios, los archivos coloniales «donde encontré, Serrat, un retrato de una niña esclava con los ojos del que pintó, y no me lo puedo sacar de encima»; yo contaba el campus, mandaba fotos de la mesa del fondo con el pie «tu embajada, en orden», recomendaba lecturas.
Cada tanto, una chispa: un «te habrías reído tanto hoy», un «aquí nadie discute como tú», una vez —dieciocho de agosto, diez y cuarenta de la noche, hora suya— un «qué falta me hace la biblioteca» que yo leí como se lee un telegrama cifrado en tiempos de guerra, extrayéndole con pinzas el «me haces falta» que quizás llevaba adentro, quizás no.
Ese «quizás no» fue mi compañero de cuarto esos diez meses.
Porque aquí estaba, por fin, la prueba de laboratorio que mi vida entera había evitado: la relación reducida a texto puro.
Sin miércoles, sin luz naranja, sin gestos que interpretar.
Palabras en una pantalla, las de ella y las mías, cotejables, relegibles, sin margen.
Y en ese laboratorio la evidencia era la que era: me escribía cada semana y media, cariñosa, leal, y exactamente igual —lo comprobé, porque Valeria me lo mostró un día sin saber lo que me mostraba— de cariñosa y leal que a Valeria.
Yo no era su interlocutor secreto. Era uno de sus buenos amigos de allá.
El laboratorio dio negativo, señores, tantas veces como lo consulté.
Y entonces mi maquinaria hizo lo que hacen las maquinarias viejas cuando la realidad les niega el combustible: empezó a quemar reserva.
El cuaderno azul tercero engordó ese año más que ninguno, pero cambió de género sin avisarme.
Ya no eran crónicas, porque no había nada que cronicar; ya no eran escenas sueltas con su raya de aduana.
Eran —tengo que decirlo con la palabra exacta aunque queme— capítulos.
Continuidad. Una Aura de papel que vivía en un Buenos Aires de papel y le escribía al Emiliano de papel las cartas que la otra no: largas, de madrugada, con posdatas.
Me descubrí un martes cualquiera respondiendo mentalmente, en la guagua, a una carta que yo mismo había escrito con la mano izquierda de mi cabeza, y en vez de asustarme me pareció compañía.
Peralta, a quien seguía viendo cada tres semanas, me paró en seco en octubre.
Yo le había llevado, en un descuido de orgullo, la teoría de que mi imaginación era «un puente mientras tanto».
Me dejó terminar. Después dibujó en la pizarrita, sin decir nada, dos orillas y un puente, y en una orilla un monigote, y me preguntó dónde estaba la otra persona.
«Del otro lado», dije yo. Y él, con el plumón, despacio, delante de mis ojos, borró la otra orilla.
Dejó el puente saliendo de una orilla hacia la nada, con el monigote encima, y escribió debajo, con su letra de doctor: «¿Puente hacia dónde?
». Y me miró por encima de los lentes y dijo:
—Los puentes se tienden hacia orillas que contestan, Emiliano. Lo otro no es un puente. Es un muelle. Y en los muelles no se cruza: se espera.
Un muelle. Me fui de esa consulta insultado, que es como uno se va de las consultas buenas.
Caminé hasta el Malecón, precisamente, a ver el mar de frente, y me quedé una hora en el muro, entre los vendedores de dulce de coco y las parejas de verdad, haciendo el inventario que Peralta no me pidió pero dejó servido: veintidós años.
Ninguna novia, nunca. Un cargo consular en un país de papel.
Tres amigos de carne y hueso, uno de los cuales cobraba en cervezas sus servicios de registro civil.
Una carrera a punto de terminarse, brillantemente, eso sí: el expediente académico de un hombre que no vivía en este mundo era impecable en este mundo, qué ironía administrativa.
Y del otro lado del mar, hacia el sur, una muchacha que encontraba retratos con los ojos del pintor y no se los podía sacar de encima, y que no tenía la menor idea —la menor idea— de que era ciudadana honoraria, reina constitucional y único habitante censado de la nación más minuciosa jamás fundada en un cuarto de Santo Domingo.
El mar hacía lo suyo, que es no opinar. Compré dulce de coco.
Volví a casa. Y esa noche, por primera vez, no escribí en el cuaderno: escribí sobre el cuaderno.
Una hoja suelta, aparte, que todavía existe y que empieza así, y con ella cierro este capítulo porque fue la primera piedra del hombre que pudo, años después, contar todo esto:
Inventario de lo que es mío de verdad: la mesa de la biblioteca no es mía, es de la universidad.
Los miércoles no son míos, son del calendario.
El gesto de la oreja no es mío, es del pelo.
La frase de las cosas que no pasan no es mía, es de ella, y ni siquiera sé si me la dijo a mí o le hablaba a la ventana.
El imán es mío. Las ganas son mías. La letra es mía.
Con eso hay que empezar. Poca cosa no es: con menos se han hecho países de mentira. A ver qué se puede hacer de verdad.