Capítulo 13
Buenos Aires
La beca se llamaba de intercambio pero era, para efectos de mi vida, una deportación.
Un semestre en Buenos Aires, en la Universidad de Buenos Aires, para tesistas destacados de Historia del Arte: archivo colonial, museos, un profesor famoso que dirigía un grupo sobre retrato y poder.
Aura aplicó en secreto —a todos, no a mí: a todos, me consta y me consoló durante años esa democracia del secreto— y en agosto del cuarto año, un miércoles en la mesa del fondo, me lo dijo mirándome de frente, con una mezcla de brillo y de disculpa que no le conocía:
—Me la dieron, Serrat. Me voy en marzo.
Seis meses de aviso. La crueldad de los calendarios: te dan la fecha del terremoto y te dejan vivir encima de la falla, contando.
Dije lo que se dice. Que era una noticia tremenda, que nadie se la merecía más, que el famoso ese iba a aprender más de ella que ella de él.
Todo era cierto y todo sonó a discurso, porque mientras lo decía yo estaba, por dentro, corriendo por los pasillos de mi propio edificio en llamas, decidiendo qué se salva primero.
Y ella me miraba decir mi discurso con una atención rara, ladeada, como esperando otra cosa, y cuando terminé dejó pasar un silencio de tres segundos —los cuento todavía— antes de decir «gracias» y cambiar de tema.
Tres segundos. En mi vida he dado clases enteras sobre el capítulo de una novela; podría dar un doctorado sobre esos tres segundos.
¿Esperaba qué? ¿Que yo dijera «no te vayas»?
¿Que dijera «te voy a extrañar», siquiera, que era lo mínimo, lo que dice cualquiera?
¿O no esperaba nada y los tres segundos eran suyos, de su propio miedo a irse, y yo llevo años leyendo en su pausa el renglón que me faltó pronunciar a mí?
No lo sé. Anótese en el expediente la respuesta del acusado: no lo sé.
Ya para esas fechas mi maquinaria de interpretar estaba tan gastada de girar en vacío que había empezado a desconfiar de todas sus lecturas, incluso de las correctas, si alguna era correcta.
Los seis meses de la falla los vivimos, para mi sorpresa, mejor que nunca.
La inminencia nos volvió generosos: ella faltó menos a los miércoles, yo hablé más que en los tres años anteriores juntos.
Le conté de mi padre y el béisbol, de la librería de los libros que nadie compra, hasta de las siete cartas del verano le conté una noche —«te escribí unas cartas cuando te fuiste donde tu papá, de esas de no mandar», dije, con el corazón en la boca, y ella se quedó quieta y preguntó «¿y por qué no las mandaste?
», y yo dije «porque eran mejores sin estampilla», y ella movió la cabeza despacio y dijo «contigo no se puede», y se rió, pero se rió triste, y esa risa triste es de las piedras que más liso tengo de tanto río—.
La despedida fue en marzo, en el aeropuerto, un domingo a las once de la noche.
Fuimos un grupo: Valeria, Karen, Radhamés, dos de Artes, la madre y la tía del jugo de chinola.
Yo casi no voy: pasé la tarde entera decidiéndolo, con un borrador de carta en el bolsillo —la octava, la única que estuvo cerca de tener estampilla— que al final dejé sobre mi escritorio, porque en el espejo del pasillo, saliendo, me vi la cara de loco que tiene la gente que entrega cartas en los aeropuertos, y no me la perdoné.
Fui sin carta. Mueble hasta el final, pero mueble presente.
Hubo abrazos por orden de cercanía, la madre llorando sin drama, Radhamés prometiendo visitarla con una convicción de borracho sobrio.
Cuando me tocó a mí —de penúltimo, antes de Valeria, y ese orden también lo he analizado hasta el óxido— me abrazó distinto que a los otros.
Esto lo declaro con las dos manos sobre el cuaderno cerrado: distinto.
Más largo no sé; distinto sí. Con las dos manos abiertas en mi espalda, como quien se asegura de tocar la mayor superficie posible, como quien mide.
Y me dijo al oído, bajito, en medio del ruido del aeropuerto, cuatro palabras que son, de toda esta historia, mi posesión más disputada:
—Cuídame la mesa, Serrat.
Y se metió en la fila de seguridad, y se fue poniendo chiquita entre la gente, y en el último recodo, donde la fila dobla y se pierde, hizo lo de siempre para todos, la mano en alto, y algo más que yo decidí que era para mí: se tocó la oreja.
Dos dedos, la oreja, medio segundo. El lápiz. Cuatro años después, el lápiz.
O se acomodó el pelo. Un gesto que hace cualquier mujer con el pelo suelto, mil veces al día, delante de mil personas.
Ya sé. Ya lo sé. Llevo años sabiéndolo y años sin poder saberlo del todo, y en esa hendija exacta —entre lo que vi y lo que decidí ver— está plantada esta novela entera, y buena parte del que la escribe.
Volví a casa a la una de la mañana en el carro de la madre de Karen, apretado contra una ventanilla por la que no entraba ninguna respuesta.
En mi escritorio estaba la carta octava, sin estampilla, exactamente donde la había dejado, con esa quietud insolente que tienen los papeles.
La guardé con las otras siete. Y abrí el cuaderno, porque ya saben ustedes adónde iba yo con todo lo que no podía cargar, y escribí la entrada más corta en meses:
Se llevó el país. Me dejó de guardián de la embajada.
Y por primera vez en cuatro años, la liturgia no alcanzó.
Escribí eso y me quedé mirando la página, y la página me miró a mí, y era papel.
Esa noche lo vi: era papel. Doscientas páginas de papel, tres cuadernos de papel, cuatro años de papel, y en algún aeropuerto del cielo entre Santo Domingo y Buenos Aires iba, durmiendo contra una ventanilla de verdad, con su almohadita de avión de verdad, la única parte del asunto que respiraba.
Lloré como se llora a los veintidós años cuando nadie ve: poco, feo y con rabia. Después me dormí. Después amaneció, porque amanece.