Las cosas que no pasan Capítulo 12
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Capítulo 12

Dos versiones del mismo día

Voy a hacer ahora algo que me da miedo, y que es la razón por la que este libro existe. Voy a contar el mismo día dos veces.

El día es el dieciséis de mayo del cuarto año.

El contexto: Aura defendía ese día el anteproyecto de su tesis —los retratos coloniales, al fin— ante un comité que incluía a la profesora Cuello, célebre por hacer llorar tesistas como quien poda.

Yo lo sabía porque los miércoles seguían existiendo, la mesa del fondo, la luz naranja, y el último miércoles ella había repasado conmigo la defensa entera, nerviosa como nunca la había visto, comiéndose el nudillo hasta la marca, y al despedirse en el portón me dijo: «Piensa en mí el viernes a las diez, que falta me va a hacer».

Piensa en mí. A las diez.

Versión número uno del dieciséis de mayo, la que juro por mi madre que ocurrió: yo tenía clase a las diez, de Crítica Literaria, en el edificio de al lado.

A las diez en punto, mientras el profesor repartía unos ensayos, yo pensé en ella, como me había pedido, con toda la formalidad del caso: cerré los ojos dos segundos y pensé «vas a estar bien, se lo sabes mejor que nadie».

A las once y cuarenta, al salir, crucé al edificio de Artes y la esperé en el pasillo de los paneles de corcho, disimulado entre estudiantes, y cuando la puerta del aula de defensas se abrió y ella salió —con la cara de después de las batallas, despeinada del alma— me buscó con los ojos por el pasillo, me encontró, y me hizo desde lejos, sin sonreír todavía, un gesto con la mano: el pulgar arriba, chiquito, pegado al pecho, un gesto solo para mí.

Y entonces sí sonrió. Y yo le devolví el pulgar, igual de chiquito, y no me acerqué porque en eso la rodearon sus compañeros de Artes, y la profesora Cuello salió detrás, y era evidente que venía la celebración de ellos, su gente, su mundo, y yo tenía examen a la una.

Me fui a mi examen. Eso fue todo. Dos pulgares a quince metros.

El viernes más importante de mi cuarto año.

Versión número dos del dieciséis de mayo, la del cuaderno azul tercero, página ochenta y algo, escrita esa misma noche. La transcribo completa y sin corregir:

Salió del aula a las once y cuarenta con la cara de después de las batallas.

Me buscó por el pasillo y me encontró donde siempre voy a estar.

Vino derecho hacia mí, cruzando entre la gente, y no me dijo nada: me puso la frente en el hombro, tres segundos, cuatro, la frente nada más, como quien por fin suelta un peso en la mesa, y yo no la toqué, no hizo falta, me quedé quieto sosteniendo aquello, siendo la mesa.

Después se separó, dijo «gracias por estar», y se fue a celebrar con los de Artes.

La profesora Cuello me miró al pasar como preguntándose quién era yo.

Buena pregunta, profesora. Soy el que estaba.

Estar es mi manera. Algún día va a ser mi manera de todo.

No hay raya. No hay «esto no pasó». Busqué la raya durante años, cada vez que releía esa página; llegué a mirar el papel a contraluz, buscando la marca de un lápiz borrado, un alfiler, algo.

No está. Y aquí viene lo que me cuesta escribir: yo recuerdo la frente en mi hombro.

La recuerdo con el cuerpo, que es donde los recuerdos guardan su dinero de verdad: recuerdo el peso exacto, el punto del hombro, el olor a su champú mezclado con el sudor frío de la defensa, recuerdo mis ojos fijos en el panel de corcho de enfrente —un anuncio de venta de flauta dulce, teléfono en flequitos— mientras duraba aquello.

Tengo ese recuerdo con más nitidez que mi propio examen de la una, del que no conservo nada.

Y sé —por los pulgares, por la lógica, por la gente de Artes que la rodeó, porque Valeria, años después, interrogada por mí con una urgencia que la asustó, me dijo que ella estuvo ahí ese día y que Aura no cruzó el pasillo— que la frente en mi hombro la escribí yo.

Que el recuerdo más preciso, más querido y más citado de toda mi juventud es obra mía.

Materiales verdaderos: pasillo verdadero, cara de batalla verdadera, hasta el anuncio de la flauta era verdadero.

Construcción: mía. La hornilla, como decía Peralta, cocinó las dos noches en la misma olla, y sirvió un solo plato, y yo llevo media vida comiendo de él.

El lector querrá saber cuándo descubrí la discrepancia.

Esa es la parte peor: no hay cuándo. No hubo un día de revelación, un desmayo, un grito.

Hubo una erosión lenta de la certeza, a lo largo de años, cada relectura un poco más incómoda, hasta que un día ya no pude decir «esto pasó» con la voz entera.

Así se pierde la frontera de verdad: no como se pierde una llave, sino como se pierde la vista.

Nadie amanece ciego. Uno va acercándose los libros sin darse cuenta.

Por eso este capítulo está aquí, en el medio exacto del libro, como una declaración de aduanas presentada tarde: lector, a partir de este punto —quizás desde varios puntos atrás— no puedo garantizar la mercancía.

He contado y voy a contar lo que recuerdo, con el rigor del que soy capaz, cotejando lo que se puede cotejar.

Valeria me ha servido de registro civil para media docena de hechos.

Otros no tienen testigos disponibles. La noche del apagón, por ejemplo: la risa con la cabeza hacia atrás a la luz de la vela, el tren que se iba despacio.

Era tan hermosa esa risa. Era exactamente igual de hermosa que las que yo sabía escribir.

Digo esto y sigo, porque no hay otra manera de seguir.

La historia continúa hasta un malecón, un atardecer y una frase, y llegaré hasta ahí con lo que tengo: dos cuadernos y medio de mentiras verdaderas, o de verdades escritas por un mentiroso que no quería mentir.

El que quiera bajarse del barco, que se baje aquí.

Pero el que se quede, que se quede sabiendo esto, que es lo único que este libro tiene para enseñar y lo enseña el narrador menos autorizado del mundo: cuiden la frontera.

Digan las cosas cuando las cosas pasan, en voz alta, delante de testigos, en el mundo donde hay lluvia y hay auditoría.

Porque lo que se queda adentro no se queda quieto: fermenta, crece, se organiza, y una noche cualquiera, sin pedir permiso, empieza a gobernar.