Capítulo 11
Valeria
A Valeria hay que dedicarle un capítulo entero, y no solo porque me lo gané a reproches: porque en esta historia de dos personas la única que dijo siempre la verdad fue una tercera.
Valeria Contreras. De Villa Consuelo, la mayor de cuatro, becada, brillante de una manera que no pedía permiso ni perdón.
Leía más que yo y presumía menos. Quería ser editora «porque los escritores son un desastre y alguien tiene que limpiar».
Fue mi amiga desde el primer semestre con una lealtad sin ceremonias, de las que se demuestran cargando cajas en las mudanzas y diciendo las cosas que nadie quiere oír.
Ella vio todo. Desde el principio, desde el grupo de estudio del primer año, cuando yo creía que mi teatro era invisible.
Años después me confesó que le bastó una tarde: «Tú mirabas a Aura como los pobres miran las vitrinas en diciembre, Serrat.
Con las manos en los bolsillos». Pero calló durante mucho tiempo, porque Valeria tenía un código: no meterse en lo que no le habían contado.
Cuando por fin me lo contó todo yo mismo —fue en tercer año, poco después del apagón, una noche de cervezas en el colmadón de su barrio, en que la presa se me rompió y le hablé cuarenta minutos sin respirar, aunque del cuaderno, fíjense, no le dije ni una palabra; hasta desbordado guardé el sótano—, ella me escuchó completo, sin interrumpir, cosa rarísima en ella, y cuando terminé no me dijo nada de lo que yo esperaba.
No dijo lánzate, no dijo olvídala, no dijo pobrecito.
Se quedó un rato mirando su cerveza y después preguntó:
—¿Y ella quién es?
—¿Cómo que quién es? Te acabo de hablar cuarenta minutos de...
—Me hablaste cuarenta minutos de ti, Serrat.
De lo que tú sientes, de lo que tú imaginas, de lo que tú no te atreves.
Cuarenta minutos, y ella no apareció ni una vez.
¿Qué quiere Aura? ¿Qué le duele a Aura? ¿Qué está esperando Aura de la vida?
A ver. Dime tres cosas que ella quiera que no tengan que ver contigo.
Y yo abrí la boca, y la cerré. Porque sabía —cartógrafo— que quería terminar la tesis sobre los retratos coloniales, y que quería ver la biblioteca del imán, y que quería que el padre volviera aunque nunca lo decía.
Lo sabía. Pero en ese momento, delante del machete, entendí lo que Valeria estaba cortando de verdad: que yo sabía las tres cosas como se saben los datos de un personaje, catalogadas en el inventario, útiles para la novela; que en tres años yo no había hecho nada —nada— por ninguno de esos tres deseos de ella, ocupado como estaba en administrar los míos.
El amor que yo practicaba tenía la vista fija en su objeto y las manos ocupadas en sí mismo.
Ella tenía sed y yo coleccionaba retratos de su sed.
—El amor platónico —me dijo Valeria esa noche, y es la frase suya que va en el frontispicio de mi vida— es un nombre bonito que le pusieron a quererse a uno mismo con la foto de otro.
Es brutal y no es toda la verdad. Hoy, a la distancia, defiendo a aquel muchacho un poco más de lo que Valeria lo defendía: había también ternura verdadera, cuidado verdadero, aquella tarde de Darío en que fui refugio de verdad.
No todo era espejo. Pero la parte de espejo existía y era la parte al mando, y nadie me lo había dicho nunca con esa crudeza, y se lo pagué como se pagan estas cosas: enojándome dos semanas.
Fue ella, también, la que me mandó al psicólogo.
No con esa palabra: con astucia de hermana mayor.
«En Orientación hay un doctor nuevo que está dando un taller de hábitos de estudio», mintió, «y tú andas durmiendo mal».
Fui por los hábitos de estudio. El doctor Peralta —cincuentón, calvo, con una pizarrita de niños en la oficina y una paciencia de pescador— me tuvo hablando de horarios y de sueño dos sesiones, y a la tercera, en medio de una pausa, preguntó sin cambiar el tono: «¿Y esos cuadernos que mencionaste, los azules, qué se escribe en ellos?
». Y por segunda vez en mi vida se me rompió una presa, solo que esta vez completa, sótano incluido.
Con Peralta aprendí las palabras técnicas de mi país natal.
Aprendí «rumiación», que es el nombre científico de mis análisis de mercado.
Aprendí que la anticipación y la memoria se cocinan en la misma hornilla, lo del plumón y la pizarrita.
Aprendí «evitación experiencial», que suena a maniobra de aviador y es exactamente lo contrario: la maniobra de no volar jamás para no caerse nunca.
Y aprendí, en una sesión que recuerdo con la nitidez de los aguaceros, la diferencia entre dos palabras que yo usaba como sinónimos: imaginar y ensayar.
—Imaginar es sano —dijo Peralta—. Todos los enamorados imaginan. La imaginación explora: va, mira y vuelve. El problema es cuando la imaginación ya no vuelve. Cuando en vez de explorar el mundo, lo reemplaza. Dime una cosa: esas escenas que escribes... ¿son planes o son consumo?
Planes o consumo. Me quedé callado mucho rato, con la vista en la pizarrita, y respondí la verdad:
—Al principio eran planes, creo. Hace tiempo que son consumo.
—¿Y qué pasaría si un día una de esas escenas pudiera ocurrir de verdad, tal cual la escribiste, y tú tuvieras que elegir entre vivirla o escribirla?
—No entiendo la pregunta. Si puede ocurrir de verdad, la vivo, y ya.
Peralta sonrió, anotó algo en su libreta, y dijo la frase por la que todavía hoy le pago mentalmente sus honorarios completos:
—Esa seguridad tuya es la que vamos a vigilar. Porque el que lleva años prefiriendo la copia, Emiliano, no siempre reconoce el original cuando se lo ponen delante. Y a veces, cuando lo reconoce, le tiene miedo, porque el original no se puede corregir.
Salí de esa consulta por el pasillo de Orientación, que daba al patio de los framboyanes, y me senté en un banco a mirar los árboles un rato largo.
Estaban en flor. Cuarto año encima, el rojo sin permiso de siempre, y yo con veintiún años, dos cuadernos y medio, una amiga con machete, un doctor con pizarrita y la sensación, por primera vez consciente, de que había pasado la mitad de mi juventud escribiendo la vida en limpio antes de vivirla en sucio.
Esa tarde no escribí nada. Fue el primer día en tres años que el cuaderno quedó en blanco a propósito. Lo anoto como se anotan las fechas patrias, aunque la independencia, ya se verá, me duró lo que me duraron todas: hasta el siguiente miércoles.