Las cosas que no pasan Capítulo 10
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Capítulo 10

El apagón

De todas las noches de esta historia, la del apagón es la que más veces he vuelto a contar, a contarme, y por eso es la que menos confianza me merece: una historia muy repetida se va puliendo como una piedra de río, y las piedras de río ya no tienen la forma de la montaña de donde salieron.

La cuento igual. Con esta advertencia queda avisado el que lee: aquí la piedra es lisa.

Fue en abril del tercer año, jueves, día de la exposición final de Estética.

Nos tocaba en pareja y el azar administrativo —esta vez sí fue puro azar, lo juro, el profesor sorteó con papelitos— nos puso juntos: Beltrán y Serrat, «El concepto de aura en Walter Benjamin».

No invento. El tema tenía su nombre adentro.

El día que salió el papelito, Radhamés, que ya sospechaba lo que Valeria sabía, me dio una palmada en la espalda y dijo en voz baja: «Si con esa señal tú no te lanzas, loco, es porque tú eres mueble».

Mueble. La misma palabra mía. La sabiduría popular llega por muchos caminos a los mismos diagnósticos.

Preparamos la exposición durante dos semanas, y fueron dos semanas de una dicha doméstica que todavía me alumbra: tardes en la biblioteca con Benjamin desparramado en la mesa, discusiones sobre si la fotografía había matado o multiplicado el aura, cafés amargos, y una intimidad de trabajo que era la felicidad exacta que mis escenas llevaban años pidiendo: la costumbre, la silla, el proyecto común.

Ella decía «nuestra parte», «nos falta», «tenemos que».

La primera persona del plural es el idioma más hermoso del mundo y no aparece en los diccionarios.

La noche antes de exponer nos quedamos hasta tarde en un aula del tercer piso que un conserje amigo de ella nos dejó usar. Repasamos las láminas, cronometramos, discutimos la conclusión. Serían las ocho y media cuando se fue la luz.

No parpadeó: se fue. El aula, el pasillo, el campus entero, el barrio entero, uno de esos apagones nacionales de los de antes, sin luna además, una oscuridad seria, con vocación de quedarse.

Se oyeron los gritos alegres de siempre en la distancia, «¡se fueee!

», el coro nacional, y después el silencio fue cerrándose sobre nosotros dos, solos, en un tercer piso, con una vela que el conserje nos trajo y que él mismo encendió sobre el escritorio antes de volverse a su ronda con su linterna.

Una vela. Un aula vacía. Ella y yo, y Benjamin, que con la vela por fin tenía aura de verdad.

Hablamos primero de la exposición, porque los dos éramos responsables hasta en la penumbra.

Pero una vela no da luz para láminas, da luz para caras, y al rato la conversación se fue quedando sin tarea, y ella se sentó encima del escritorio, con los pies en una silla, la cara a media llama, y me preguntó de pronto, con la voz que le salía en la biblioteca los días desabrigados:

—Serrat, ¿tú le tienes miedo a qué?

Y yo, que llevaba tres años preparando sin saberlo la respuesta a esa pregunta, que la tenía escrita de mil formas en dos cuadernos azules, que estaba a un metro de ella, de noche, a la luz de una vela, con el campo despejado, la puerta abierta, la señal en el papelito y hasta el permiso de la palabra «aura» flotando en las láminas...

Dije:

—A los apagones.

Ella se rió. Se rió de verdad, se le fue la cabeza atrás, y la risa a la luz de la vela fue la cosa más hermosa que he visto en mi vida, y yo la miré reírse con la sensación —exacta, física— de estar viendo pasar un tren desde el andén, un tren que paraba una sola vez y que se estaba yendo despacio, todavía sin velocidad, todavía alcanzable si uno corría, y las piernas no me respondieron, y el tren agarró velocidad, y ella dijo «tú siempre con tus salidas», y el tren se fue, y volvió la conversación normal, y a las diez llegó la luz con el grito contrario, «¡llegóoo!

», y los bombillos del aula nos encontraron a cada uno en su silla, con Benjamin corregido, listos para sacar la mejor nota del curso, que la sacamos.

Esa es la noche del apagón según mi mejor memoria. Ahora tengo que contar la otra parte, y pido que se lea despacio porque aquí está, quizás, la bisagra del libro entero.

Esa madrugada escribí la escena. La Escena, con mayúscula, la que el cuaderno azul llevaba años sin atreverse: la de la declaración. La escribí de un tirón, en segunda persona además, un tú desconocido en mi archivo, como si la letra misma quisiera agarrarla por los hombros:

Cuando preguntas a qué le tengo miedo, no digo lo del apagón.

Digo: «A esto». «¿A esto qué?», dices tú.

«A ti. A quererte como te quiero desde hace tres años y que no pase nada, y también a que pase.

» La vela hace lo suyo. Tú no te ríes. Te quedas mirándome mucho rato y después dices, bajito: «¿Y por qué no me lo habías dicho?

». Y yo digo la verdad: «Porque diciéndotelo se acaba la parte en que todo es posible, y yo vivo ahí.

Yo vivo en esa parte». Y tú te bajas del escritorio, y caminas hasta mi silla, y me pones una mano en la cara como quien tapa una vela para que no se apague con el viento, y dices: «Las cosas que no pasan también nos pasan, Serrat. Pero las que pasan, pasan mejor».

Esto no pasó. Lo escribí abajo, con la raya, con las tres palabras de aduana.

Pero esa madrugada descubrí algo atroz mientras las escribía: me estaban sobrando.

Las tres palabras me sobraban. La escena estaba tan bien construida, tan cosida con hilos verdaderos —la vela verdadera, el escritorio verdadero, la frase de ella verdadera, del capítulo de la biblioteca—, que mi memoria, se me hizo evidente, no iba a poder mantener el archivo en orden para siempre.

Yo acababa de fabricar un recuerdo con materiales de verdad.

Lo había hecho otras veces, pero nunca con una noche tan reciente, tan caliente todavía, y nunca una escena que deseara tanto.

La vi quedar ahí, en la página, recién terminada, perfecta, con su etiqueta de mentira puesta con alfileres, y pensé, con un frío nuevo: dentro de diez años, ¿cuál de las dos noches voy a recordar?

Guarden esa pregunta. Es la pregunta de este libro. Yo la escribí a los veinte años, al pie de una página, y después hice lo que se hace con las preguntas así: le puse la fecha, cerré el cuaderno y me fui a dormir.