Las cosas que no pasan Capítulo 9
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Capítulo 9

La noticia

La noticia me llegó un martes de noviembre por la vía de siempre, el correo de los naufragios: Valeria, en la cafetería, entre el arroz y el jugo, con el tono de quien comenta el clima.

—¿Supiste? Aura y el novio terminaron. Esta vez de verdad. Ya va para un mes.

Hay que haber vivido en el país de los que esperan sin derecho para entender lo que hicieron esas dos frases dentro de mí.

Fue un big bang de bolsillo: en un segundo, el universo entero de mis probabilidades, que era un punto frío y denso, explotó y se expandió en todas direcciones.

Me temblaron las manos. Tuve que dejar el tenedor y ponerlas debajo de la mesa, sobre los muslos, como a dos animales que había que calmar sin que nadie viera, mientras arriba, en la superficie, mi cara decía «ah, mira, qué cosa» con una neutralidad de la que todavía me enorgullezco, porque fue la mejor actuación de mi carrera.

—¿Y ella está bien? —pregunté, y por lo menos eso fue verdad: fue lo primero que quise saber.

—Está —dijo Valeria—. Ya tú sabes cómo es ella. No cuenta. Pero está más callada.

Y después Valeria me miró. Me miró con el machete quieto, sin cortar, y me dijo, despacio, para que constara en actas:

—Un mes, Serrat. Ya pasó lo peor. El que tenga algo que decir, este es el semestre.

Se levantó a llevar su bandeja y me dejó sentado en la mesa con el corazón en modo merengue.

Tenía razón en todo, hasta en el plazo. Y yo tenía por fin lo que dos años y medio de cuadernos habían pedido en cada página sin atreverse a escribirlo: el campo despejado.

No había Bruno. No había carro gris ni jugo de chinola ajeno.

Entre mi silencio y Aura ya no quedaba ningún obstáculo, salvo el silencio.

Y ahí, en el semestre exacto en que la puerta se abrió, se produjo el fenómeno que todavía hoy, con todo lo que he leído y me han explicado, me sigue pareciendo el gran misterio de mi carácter, la pieza que ni el psicólogo con su pizarrita logró dibujarme del todo: en lugar de avanzar, me detuve.

No fue miedo simple. El miedo simple lo conocía, era mi clima de siempre, y con miedo simple yo igual había cruzado bibliotecas y prestado lápices.

Fue otra cosa, más honda y más rara, que tardé años en poder nombrar.

Fue esto: el obstáculo se había ido, y con el obstáculo se me fue la coartada.

Mientras Bruno existió, mi silencio era honorable: yo callaba porque era decente, porque no se caza en territorio ajeno, porque mi amor era platónico por nobleza.

Bruno era el guardián que me permitía no examinar jamás la otra hipótesis: que yo callaba porque callar era mi manera de tenerla.

Que el amor imaginado era, a esas alturas, mi hábitat, mi oficio, mi identidad entera de doscientas cuarenta páginas, y que una declaración —cualquier declaración, con cualquier resultado— era la demolición del edificio donde yo vivía.

Si me decía que no: se acababa el país de lo posible, la propiedad inmobiliaria infinita, y había que emigrar de golpe al país chiquito y árido de lo cierto.

Si me decía que sí —y esto es lo que nadie entiende hasta que le pasa—: también.

También se acababa. El sí convertía a la diosa del cuaderno en una muchacha con lunes, con mal humor, con un pasado en carro gris; convertía al Emiliano magnético de las transcripciones en este que soy, el de las chancletas y los plátanos, visible por fin a todo color y a toda costura.

El sí era un examen final para el que yo, con todos mis inventarios, no había estudiado nunca.

En el cuaderno jamás se me exigía: yo era amado por default, sin auditoría. La realidad, en cambio, audita.

Eso era. Ya está dicho, y dicho más claro de lo que pude decírmelo entonces: yo no esperaba mi oportunidad; yo la temía. La había decorado durante años como se decora un altar, precisamente para no tener que sentarme nunca en él.

El semestre de la puerta abierta transcurrió así: en cámara lenta y con la puerta abierta.

La veía más que nunca, porque coincidimos en otra electiva —Estética, viernes a las diez— y porque ella, más callada como dijo Valeria, volvió a la biblioteca de los miércoles, a su mesa del fondo, y yo estaba ahí, por supuesto, donde siempre, en mi puesto de mueble noble.

Algunas tardes cruzaba y me sentaba enfrente, ya sin pedir permiso, y leíamos juntos —juntos de verdad, en la misma mesa, la escena que yo había escrito dos años antes con su raya de «esto no pasó» ahora pasaba todos los miércoles, y nadie me explicaba qué hacer cuando la vida plagia al cuaderno—.

A veces hablábamos. De su silencio nuevo no se hablaba; yo lo respetaba con una delicadeza de museo, y ella agradecía esa delicadeza, la agradecía visiblemente, y cada agradecimiento me condecoraba y me condenaba: yo iba siendo, cada miércoles más, el lugar donde ella descansaba de contar.

El lugar donde no hay que dar explicaciones.

Ser eso es hermoso y es terminal: nadie besa al descanso.

Una tarde de enero —ya la puerta llevaba dos meses abierta y por ella solo entraba y salía viento— me lo dijo casi.

Digo «casi» y todavía me detengo en la palabra.

Estábamos recogiendo, la biblioteca cerraba, afuera llovía una lluvia seria, de las que apagan la ciudad, y en la escalera me preguntó, sin mirarme, con el tono de quien tantea un piso oscuro con el pie:

—¿Y tú por qué nunca cuentas nada tuyo, Serrat? Yo te he contado hasta lo de mi papá. Tú escuchas y escuchas y escuchas. Un día de estos te voy a poner a hablar a ti. A ver qué tienes tú ahí adentro.

Un día de estos. A ver qué tienes tú ahí adentro.

Señores del jurado: eso era una puerta, dentro de la puerta, con un letrero luminoso.

Una mujer inteligente y herida, en una escalera, bajo la lluvia, pidiéndole al hombre que la acompañaba todos los miércoles que por favor existiera de una vez, que se dejara auditar, que le diera algo con qué quererlo de vuelta.

¿Y saben qué respondió el hombre? Respondió, con una sonrisa que él creyó enigmática:

—Ahí adentro hay más de lo mismo: libros.

Y ella se rió bajito, y dijo «bueno, tú sabrás», y salió corriendo bajo la lluvia hacia su guagua, y el hombre se quedó en el alero, orgulloso de la elegancia de su respuesta, sin entender que acababa de escuchar, por primera y no última vez, el sonido exacto de una puerta empezando a cerrarse.

«Bueno, tú sabrás.» Sí sabía. Lo escribió esa misma noche, abajo de la crónica, en la posdata más honesta de todo el archivo, y la copio con vergüenza y sin editarla, porque este libro se paga con estas cosas:

Hoy pude y no quise. No: hoy quise y no pude. No: hoy no supe la diferencia. Guardo esta puerta para cuando sea mejor que ahora. Nota: ¿y si nunca soy mejor que ahora? ¿Y si «ahora» era esto?