Capítulo 8
Verano en tercera persona
El verano entre segundo y tercer año lo pasé lejos de ella y cerca de ella como nunca: sin verla en absoluto y pensándola profesionalmente, a tiempo completo, con la dedicación de un becario de mí mismo.
Ella se fue julio entero donde su padre, que ya no vivía en el país de las llamadas dominicales sino en otro más al norte, con nieve en invierno y trabajo todo el año.
Lo supe por Valeria, que lo supo por Karen: mi información de ella siempre viajaba así, de mano en mano, y llegaba a mí como llegan las cartas en los naufragios, mojada, incompleta, meses después de escrita.
Yo trabajé ese verano en la librería de un amigo de mi padre, mi primer empleo, ordenando estantes y descubriendo la melancolía particular de los libros que nadie compra. Me pagaban poco y me sobraba tiempo, y el tiempo que sobra, en un enamorado silencioso, no descansa: fermenta.
Fue el verano de las cartas no enviadas.
Le escribí siete. Todas empiezan parecido, con un tono falsamente casual que me avergüenza con ternura: «Aura, qué calor hace en esta ciudad que no te tiene».
Todas se ponían serias a la mitad. Ninguna llegó al sobre.
Las escribía sabiendo que no las enviaría, y ahí estaba precisamente el placer, un placer nuevo y más turbio que el de las escenas: la carta no enviada es el género perfecto del cobarde, porque tiene la sinceridad completa del amor y el riesgo exacto de cero.
En ellas yo era valiente, gracioso, directo.
En ellas le decía: «Me pasé dos años catalogándote los gestos y no sé tu segundo apellido.
De eso quiero hablarte». La séptima terminaba con una frase que después usaría —ya llegaremos— en otro lugar: «Vuelve, que la biblioteca no cierra bien sin ti».
También fue el verano en que empecé a escribir en tercera persona.
Lo anoto porque el psicólogo, años después, se detuvo mucho en este detalle, lo subrayó en su libreta, y cuando un profesional subraya algo de tu vida uno aprende a subrayarlo también.
Sucedió sin aviso, a mitad de una escena de las habituales: escribía «entro a la librería y ella está en la sección de arte» y de pronto, dos líneas abajo, escribí «él no sabe qué decirle y por eso acomoda libros que ya estaban acomodados».
Él. Yo era él. Me leí desde afuera, como a un personaje, y descubrí que desde afuera me tenía más paciencia.
Que «él» podía ser torpe y quedar entrañable, mientras que «yo» torpe era solamente torpe.
La tercera persona fue el segundo alivio químico, más fino que el primero: ya no solo inventaba la vida; ahora también me inventaba al que la vivía.
El cuaderno de ese verano —el azul segundo iba por la mitad— es el documento más extraño de mi archivo.
Alterna cartas no enviadas, escenas en tercera persona y unas listas que me dio por hacer, con títulos de contador: «Inventario de lo que sé de A.
» (tres páginas, columnas, subcategorías), «Inventario de lo que A.
sabe de mí» (media página, y sobraba). Esa asimetría, escrita con mi propia letra, en dos inventarios enfrentados, debió ser mi campanazo de alarma.
La miré mucho rato, recuerdo. Media página contra tres.
Y encontré la manera de que no doliera: pensé «lo que sabe de mí es poco pero es lo mejor», y cerré el cuaderno, y el pensamiento me duró de analgésico hasta septiembre.
En agosto volvió. Lo supe antes de verla: el campus tiene un sistema circulatorio y las noticias de ciertas personas viajan por él.
La vi de lejos el primer día del semestre, bronceada, con el pelo más corto, estrenando una risa que le habían puesto en otra parte, y sentí esa punzada específica del que ama en silencio: la evidencia de que la vida de ella seguía produciéndose a todo vapor en fábricas donde yo no tenía ni un tornillo.
Un mes entero de ella —treinta días, con sus gestos nuevos, su padre, su nieve imposible en julio, sus conversaciones de avión— existía y yo no tenía acceso ni al índice.
Nos saludamos en el pasillo del tercer piso.
Me abrazó. Fue el segundo abrazo de nuestra historia —el primero había sido de cumpleaños, protocolar, en fila con otros— y este fue distinto, fue un abrazo con nombre: «¡Serrat!
», y los brazos alrededor de mi cuello un segundo entero, y el olor a un perfume nuevo que pasé una semana intentando reencontrar en las tiendas, sin éxito, porque los perfumes, como todo lo de ella, no funcionaban fuera de ella.
—Te tengo algo —me dijo, y buscó en la mochila, y sacó un imán de nevera, un imán barato y turístico con la foto de una biblioteca enorme, de esas con escaleras de caracol y lámparas verdes—. La vi y me acordé de ti. Es la biblioteca pública de allá. Tú tienes que ver eso, tú te vuelves loco.
Un imán. Objetivamente: dos pulgadas de lámina magnética, made in China, un dólar con noventa y nueve.
Científicamente: la prueba de que en un país con nieve en invierno, en algún momento de sus treinta días inaccesibles, en una tienda de recuerdos, Aura Beltrán había pensado en mí.
Yo existía en su ausencia. Tenía entidad extraterritorial.
El imán fue directo a mi nevera y mi madre preguntó qué era y yo dije «un regalo» con un tono que hizo que no preguntara más, y ahí sigue, en la nevera de mi madre, hasta el día de hoy: el único objeto físico que salió de sus manos a las mías.
La ecuación del enamorado platónico es así de tremenda: yo le había escrito siete cartas y no le di ninguna; ella me trajo un imán de a dólar y me reorganizó el año.
Esa es la tasa de cambio entre el que calla y el que vive: uno paga en toneladas de adentro lo que el otro despacha en gramos de afuera.
Y sin embargo —esto es lo que nadie entiende de nosotros, los del gremio del silencio— yo no me sentía estafado.
Me sentía rico. Con un imán me sentía rico. La pobreza tiene esas matemáticas.
La entrada del cuaderno de esa noche la escribí en tercera persona, y la copio porque marca el estado exacto de la enfermedad al comenzar el tercer año:
Él pone el imán en la nevera y se queda mirándolo como si fuera una ventana.
Piensa: en esa biblioteca de la foto no hemos estado nunca y sin embargo ya es nuestra, más nuestra que esta cocina.
Los lugares donde no hemos estado juntos son todos nuestros.
Tenemos la mayor propiedad inmobiliaria del mundo, ella y yo: todo lo que no ha pasado, en todas las ciudades.
Él sabe que este pensamiento tiene algo malo escondido, como un vidrio en la arena, pero está descalzo y contento y decide no buscarlo hoy.
Esto no pasó, escribí abajo, por costumbre. Y después lo taché, porque sí había pasado: el imán existía, la nevera existía, el pensamiento existía. Fue la primera raya tachada del archivo. La frontera, aviso, no se cae de un día para otro. Primero se deja de vigilar.