Las cosas que no pasan Capítulo 7
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Capítulo 7

La biblioteca

Hay una tarde de la que tengo que dar cuenta con más cuidado que ninguna, porque de ella salió la frase que gobierna este libro, y porque fue —lo digo ya, sin misterio— la tarde más importante de mi vida.

Otros tienen bodas, nacimientos, goles en el último minuto.

Yo tengo una conversación de cuarenta minutos sobre un poema, en una biblioteca, un miércoles de abril del segundo año.

Yo estaba en mi mesa de siempre y ella llegó a la suya, la del fondo, bajo el retrato de don Pedro.

Eso ya era raro: los miércoles santos de mi cartografía habían muerto con la electiva, y hacía meses que la biblioteca era solo mía.

La vi acomodarse, sacar sus cosas, y al rato la vi hacer algo que no le conocía: apoyar la frente en las manos y quedarse así, quieta, mucho rato, delante de un libro abierto al que no le pasaba las páginas.

Me levanté. Todavía no sé cómo. En mi recuerdo no hay decisión, hay laguna: estoy en mi silla racionándome la mirada y un segundo después estoy de pie junto a su mesa, sin plan, con el corazón tocándome bocina, y le digo:

—¿El libro está tan malo que no avanza, o tan bueno que no quieres que avance?

Levantó la cara. Tenía los ojos brillantes, no de llanto exactamente: de esfuerzo por no llegar a él.

Me sostuvo la mirada un momento —lo necesario y su excedente, esta vez lo juro, esta vez había excedente— y en lugar de responder giró el libro hacia mí.

Era una antología. El poema se llamaba «Lo fatal», de Darío.

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, y más la piedra dura porque esa ya no siente.

—Léelo —me dijo— y explícame por qué un señor con sombrero de hace cien años sabe exactamente cómo me siento hoy, y la gente que me conoce, no.

Me senté enfrente. No pedí permiso y ella no lo esperó.

Y hablamos. Primero del poema, del susto de existir, del «no saber adónde vamos, ni de dónde venimos», y después, por las escaleras secretas que tienen las conversaciones verdaderas, de todo lo demás: de su padre, que se había ido del país cuando ella tenía nueve años y llamaba cada domingo con puntualidad de deuda; de mi padre, que estaba presente todos los días y aun así había que buscarlo con linterna; del miedo de ella a terminar la carrera y descubrir que el arte que amaba no le diera para vivir ni para vivirse; de la diferencia, que ella estableció con el nudillo en los dientes, entre estar triste y estar «desabrigada», que era su palabra para ese día.

En algún punto de esa tarde —la luz ya se ponía naranja, la bibliotecaria empezaba su ronda de toses disuasorias— Aura cerró la antología, la miró como se mira una puerta que uno decide no abrir más por hoy, y dijo la frase.

La dijo así, sin solemnidad, de perfil, mirando la ventana:

—A veces pienso que las cosas que no pasan también nos pasan. Las cosas que casi fueron, lo que no dijimos... eso no desaparece. Se queda en uno, haciendo su trabajo, como lo que sí pasó. Y nadie te pregunta nunca por esas cosas. No hay dónde contarlas.

Y después se rió de sí misma, con una vergüenza pequeña, y dijo «no me hagas caso, hoy estoy rara», y recogió sus libros porque cerraban.

No recuerdo qué respondí. Es la laguna más lamentada de mi archivo: sé que dije algo, sé que ella asintió, sé que caminamos juntos hasta el portón y que la tarde olía a lluvia que no llegó.

Pero la respuesta exacta se me perdió, quizás porque toda mi memoria disponible estaba ocupada grabando la frase de ella con la fidelidad de una piedra.

«Las cosas que no pasan también nos pasan. No hay dónde contarlas.»

Ella no podía saberlo. No podía saber que del otro lado de la mesa, el muchacho que le explicaba a Darío llevaba dos años exactos construyendo el lugar donde se cuentan esas cosas: doscientas páginas azules y contando, el archivo nacional de lo que no pasa, la oficina de registro civil de los casi.

Cuando dijo la frase sentí un escalofrío técnico, si eso existe: la sensación de que la persona amada acababa de descubrir mi patria sin saber que yo vivía en ella.

Éramos —eso sentí, eso quise sentir— compatriotas de un país que no figura en los mapas, el país de lo no ocurrido, y ella acababa de recitar el himno sin saber que yo tenía la ciudadanía.

Esa noche escribí once páginas. Once. La crónica más larga de la historia del cuaderno, con la conversación reconstruida al milímetro, y al final, bajo la raya de las escenas, no escribí una escena. Escribí un juramento, que es un género mucho más peligroso:

Nadie va a preguntarle nunca por las cosas que no le pasaron.

Yo sí. Algún día, cuando sea el momento, yo voy a ser el lugar donde ella pueda contarlas.

Esta tarde existió ese lugar durante cuarenta minutos y ella se veía menos desabrigada al salir.

Sé hacer esto. Es lo único que sé hacer, pero sé hacerlo como nadie.

Y la posdata, que era la trampa de siempre con su mejor disfraz:

No hace falta apurar nada. Lo que pasó hoy no se logra persiguiéndolo. Llegó porque no lo busqué. Que el método sea ese: estar. Estar hasta que ser el lugar sea lo mismo que ser el hombre.

Estar. Qué verbo tan cómodo para el que no se atreve a los otros.

Yo lo escribí como quien firma una estrategia y era una rendición con la letra bonita.

Porque «estar» no compromete, no arriesga, no puede ser rechazado.

Nadie le dice que no a una silla. Y yo acababa de decidir, en la noche de mi mejor tarde, que mi plan de amor consistiría en ser el mueble más noble de su vida: la mesa del fondo de la biblioteca, disponible los miércoles, bajo el retrato de un sabio muerto.

El sabio muerto, por cierto, escribió una vez que la utopía es la patria del criollo. Yo era criollísimo: mi utopía tenía mesa, luz naranja y hora de cierre.

Lo que no calculé —lo que el estratega del mueble no puso en ningún papel— fue el detalle central de toda la ingeniería: que mientras yo «estaba», el tiempo también.

Que el tiempo es el único que nunca se limita a estar: el tiempo trabaja.

Y que en la vida de una mujer de veinte años, luminosa y desabrigada, con novio en erosión y padre a distancia de deuda, los muebles nobles se agradecen, se quieren incluso, se recuerdan toda la vida.

Pero nadie se casa con la mesa.

Nadie le cuenta a la mesa que se va del país, hasta que ya tiene el pasaje comprado.