Las cosas que no pasan Capítulo 6
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Capítulo 6

Bruno

A Bruno lo vi en persona cuatro veces en mi vida, y sin embargo pocas personas han ocupado tanto espacio en mi cabeza.

El rival del amante platónico es una figura extraordinaria: uno lo estudia como los generales estudian a los generales enemigos, de lejos, por informes, con una mezcla de odio y de respeto profesional que acaba pareciéndose a la intimidad.

Supe de él lo que las conversaciones dejaban caer.

Que era del Cibao. Que jugaba baloncesto los sábados.

Que le iba bien en Arquitectura pero le aburría la parte de dibujar a mano, «que es como decir que te gusta el mar pero no mojarte», comentó Aura una vez, riéndose, y yo atesoré esa risa porque me pareció que tenía un filo, una brizna de burla, y sobre esa brizna edifiqué —ya conocen el sistema— semanas enteras de esperanza analítica.

Porque a eso me dedicaba: al análisis de mercado de una empresa ajena.

Cada mención de Bruno era procesada en mi laboratorio nocturno con instrumental de precisión.

«Hoy dijo 'Bruno anda ocupado con la entrega' con tono neutro: neutro es bueno, neutro es erosión.

» «Hoy se rió de algo que él le escribió: mala semana.

» Llegué a conocer las temporadas de esa relación como un campesino conoce las lluvias: los marzos de discusiones, que coincidían con las entregas de él; las treguas de julio; el florecimiento de diciembre, con sus fotos de familia y de playa que yo estudiaba con lupa de tasador, buscando en los ojos de ella el porcentaje exacto de la felicidad.

Es una ocupación degradante. Lo digo sin atenuantes porque le hará falta a alguien leerlo así de crudo: espiar la dicha ajena para medirle las grietas degrada, aunque se haga desde un cuarto limpio y con buena sintaxis.

Yo era un muchacho decente, estudioso, incapaz de quitarle nada a nadie, y sin embargo pasaba horas deseando discretamente el derrumbe de algo que hacía feliz a la persona que yo más quería en el mundo.

Esa contradicción no me la perdoné en años.

Hoy la entiendo un poco mejor: no deseaba su infelicidad; deseaba su disponibilidad, y no había aprendido todavía que la segunda no vale nada sin la primera intacta.

La tercera vez que vi a Bruno en persona fue en el peor lugar posible: en mi casa. Es decir, en mi calle. Es decir —voy a contarlo bien.

Era un sábado de octubre, segundo año. Mi madre me había mandado a comprar plátanos al colmado y yo iba en chancletas, con una camiseta lavada mil veces que decía el nombre de un río en inglés, cuando un carro gris se detuvo en la esquina y del carro bajó Aura.

Así funciona el destino cuando decide burlarse: te concede el encuentro mil veces pedido, pero te lo entrega en chancletas y con una funda de plátanos en la mano.

Resultó que una tía de ella vivía a tres cuadras de mi casa, dato que mi cartografía ignoraba de manera imperdonable.

Bruno manejaba; la dejaba donde la tía. Ella me vio, me llamó por el apellido con una alegría que me pareció genuina —«¡Serrat!

¿Tú vives por aquí?»—, me presentó a Bruno por la ventanilla («un compañero de la universidad, el que sabe de todo»), y Bruno me dio por segunda vez su apretón democrático y dijo algo simpático que no registré porque yo estaba ocupado en el inventario de mi desastre: las chancletas, los plátanos, el río en inglés.

Conversamos tres minutos en la acera. Ella estaba distinta fuera del campus, más suelta, más muchacha de barrio, se reía más fácil.

Dijo que la tía hacía el mejor jugo de chinola del país.

Dijo «este es el famoso colmado de la esquina» como si mi geografía fuera célebre, como si ella supiera cosas de mi vida, y yo pasé dos noches tratando de establecer por qué vía podía saberlas, hasta que concluí que era una forma de hablar y que yo necesitaba ayuda.

Cuando el carro arrancó, Bruno me tocó bocina, un toque corto, de cortesía entre hombres, y yo levanté la funda de plátanos a modo de despedida, porque fue lo que tenía a mano.

Esa es la imagen: yo en chancletas, saludando con plátanos, viendo irse el carro gris hacia el mejor jugo de chinola del país.

En el cuaderno, esa noche, la escena tuvo su crónica fiel, con la raya y todo. Pero abajo de la raya, por primera vez, la escena escrita no fue de amor sino de guerra:

Escena. El carro gris se daña en la esquina.

Bruno abre el bonete, no entiende nada, porque los planos de los carros no se dibujan a mano.

Yo, que tampoco entiendo nada de motores, bajo con mi funda de plátanos y me quedo al lado de Aura en la acera, y no hacemos nada, ninguno de los tres sabe hacer nada, pero ella y yo nos aburrimos juntos, hombro con hombro, y en un momento me mira las chancletas y se ríe y me dice bajito: «Al menos tú viniste cómodo». Esto no pasó.

Ni en la ficción le dañaba el carro de verdad.

Ni en la ficción me la llevaba. Mi imaginación, hay que reconocérselo, tenía un código de honor absurdo: le estaba permitido inventar miradas, frases, casualidades, pero no victorias.

Nunca escribí la escena donde ella lo dejaba por mí.

Nunca escribí un beso. Mi censura interna lo tenía prohibido, no por virtud, sospecho, sino por verosimilitud: el cuaderno era mi segunda vida, y para que una segunda vida funcione tiene que ser creíble, y yo no me creía ni inventado.

Ese año entendí también, de a poco, la función que yo cumplía en la vida real de Aura, porque la cumplía: yo era el compañero que sabe de todo.

El que le prestaba —compartía— los apuntes cuando la electiva se cruzaba con sus entregas.

El que le recomendaba qué leer de Rulfo primero.

El que respondía a las once de la noche la pregunta sobre la cita en formato APA.

Nuestra amistad, porque era una amistad, vivía en ese registro: intelectual, servicial, de perfil.

Yo era útil. Dios mío, era utilísimo. La utilidad es el disfraz favorito del amor cobarde: uno no se atreve a ser deseado y se conforma con ser necesario, y va acumulando méritos como un empleado del mes que espera que la empresa, algún día, espontáneamente, le regale la gerencia.

La empresa no regala gerencias. Las gerencias se piden. Pongan esta frase en la lista de cosas que me dijo Valeria y no escuché.

—Tú eres el novio de repuesto —me dijo una noche de ese octubre, sin anestesia, mientras esperábamos la guagua después de un teatro al que Aura no fue—.

El repuesto no rueda nunca, Serrat. Se queda en el baúl, nuevecito, dando gracias cada vez que lo sacan para mirarlo.

¿Tú sabes cuándo usan el repuesto? Cuando el otro explota.

¿Y tú sabes lo primero que hace la gente cuando puede? Arreglar el original.

—Qué fina tú para las metáforas —le dije.

—Y tú qué bruto para las directas —me dijo ella, y se subió a su guagua, y me dejó en el paradero con esa cosa redonda y perfecta rodando dentro de la cabeza.

Tenía razón y no la tenía. El tiempo le daría la mitad de la razón, que es lo máximo que el tiempo da.

Pero esa noche yo la deseché completa, por el procedimiento habitual: llegué a mi cuarto, abrí el cuaderno, y escribí hasta que el mundo volvió a quedar en el orden en que yo podía habitarlo.

Un orden, ya lo iba sabiendo y no me importaba, de papel.