Capítulo 5
Primera escena escrita
La primera escena la escribí en mayo, y tengo que contar cómo fue, porque nadie se vuelve otra cosa de un día para otro: uno cruza esas fronteras de noche, dormido, y se entera después, por el idioma nuevo de los letreros.
Fue después del cumpleaños de Valeria. Lo celebró en su casa, con bizcocho y cerveza y un bachatón que los vecinos toleraron hasta las once. Fuimos todos los del grupo, y fue Aura, y fue —primera vez que lo veía en persona— Bruno.
El novio. El arquitecto. Llegó tarde, la buscaba para llevársela a otra fiesta, «una cosa de la gente de su universidad».
Era alto, era simpático, tenía esa seguridad de los que nunca han tenido que ensayar un saludo.
Me dio la mano con firmeza democrática, igual que a todos, y me olvidó en el mismo movimiento, igual que a todos.
No era un villano. Eso era lo insoportable: no había nada malo en él, nada que mi rencor pudiera usar de agarradera.
Se llevó a Aura a las diez, y ella se despidió de la fiesta agitando la mano desde la puerta, y a mí me tocó un pedazo de ese adiós colectivo, la parte proporcional, un veinteavo de su mano en el aire.
Me quedé en la fiesta hasta el final, ayudé a recoger los vasos, fingí alegría con una disciplina que me tenía asombrado a mí mismo. Valeria, en la puerta, al despedirme, me apretó el brazo:
—Estuviste raro.
—Estoy cansado.
—Serrat. —Me miró con el machete—. Nada. Vete a dormir.
No me fui a dormir. Me fui a mi cuarto, que es distinto, y abrí el cuaderno azul para hacer la entrada de la noche, la crónica del cumpleaños, y descubrí que no podía.
Por primera vez en ocho meses de registro puntual, la realidad me resultaba inservible.
¿Qué iba a anotar? ¿El veinteavo de mano?
¿La solidez democrática del apretón de Bruno? ¿La puerta cerrándose?
Y entonces, sin decidirlo, empecé a escribir otra cosa. Escribí:
Se fue de la fiesta a las diez, pero en la puerta se detuvo, buscó con los ojos por encima de la gente y me encontró.
«¿Tú no te vas todavía?», me preguntó desde lejos, solo moviendo los labios.
Negué con la cabeza. Ella hizo un gesto que no entendí entonces y entendí después, camino a mi casa: se tocó la oreja.
El lápiz. Todavía tenía mi lápiz detrás de la oreja, y quería que yo lo supiera antes de irse con otro.
Lo leo ahora y me tiemblan un poco las manos, no por la escena, que es inocente, sino por la sintaxis.
Fíjense: no escribí «imaginé que se detuvo».
No escribí «me habría gustado que». Escribí «se detuvo», «me encontró», «me preguntó».
Pretérito de indicativo, el tiempo de los hechos.
La gramática fue mi primera frontera cruzada de noche.
Al pie de la escena, eso sí, puse una raya y anoté: «Esto no pasó».
Tres palabras de aduana, mi última honestidad.
Durante mucho tiempo todas las escenas llevaron su raya y su advertencia: esto no pasó, esto no pasó, esto no pasó.
Hasta que un día —pero no adelantemos. El método de esta historia es el de la rana en la olla: si cuento de golpe el hervor final, nadie va a entender lo tibio, lo gradual, lo cómodo que fue el agua durante años.
Lo que siguió al cumpleaños fue un semestre doble: el que cursé en la universidad y el que cursé en el cuaderno.
En el primero, Aura y yo éramos compañeros que se apreciaban; en el segundo, éramos dos personas unidas por una corriente subterránea que no necesitaba declaraciones.
En el primero, ella tenía novio y yo tenía lecturas; en el segundo, Bruno era una circunstancia pasajera, un andamio que la vida quitaría a su tiempo, porque los andamios se quitan cuando el edificio está listo.
La escena de la fiesta abrió una compuerta técnica, por llamarla de algún modo.
Descubrí que podía escribir escenas enteras, con diálogo y clima, y que escribirlas producía un alivio químico, inmediato, superior al de la crónica.
La crónica documentaba mi hambre; la escena me daba de comer.
Comida imaginaria, sí, pero el cerebro —esto me lo explicó años después el psicólogo, con un plumón, dibujando en una pizarrita— hace fiesta igual: la anticipación y el recuerdo se cocinan en la misma hornilla, y a fuerza de repetir una escena inventada, el cerebro le va poniendo el sello de los recuerdos.
Yo no sabía nada de eso. Yo solo sabía que los domingos, que eran el destierro, se volvieron soportables si escribía una escena.
Que las noticias de Bruno —un viaje juntos, una foto que vi sin querer y por supuesto busqué queriendo— dolían el tiempo exacto que yo tardara en sentarme y abrir el cuaderno.
La escritura era mi botiquín. Y como todo botiquín que funciona, fue reemplazando a la medicina más cara: la realidad.
Quiero contar una escena de ese semestre, una de las escritas, para que se entienda de qué estaban hechas. No era lujuria, no era novelería de telenovela. Era esto:
Escena. Biblioteca, miércoles. Ella está en su mesa del fondo y yo en la mía, y en vez de racionarme las miradas, me levanto, cruzo, me siento enfrente y le digo: «No leas tanto, que te vas a gastar los ojos».
Ella levanta la vista, me reconoce la frase, sonríe sin sorpresa, como quien esperaba la visita, y me responde: «¿Y tú qué vas a hacer para impedirlo?
». Y yo no digo nada, y ella no dice nada, y seguimos leyendo, cada uno su libro, pero en la misma mesa, hasta que la luz se pone naranja.
Nada más. Toda la escena es eso: leer juntos. Esto no pasó.
Ese era el tamaño de mi ambición clandestina: una mesa compartida, una luz naranja.
Hay quien sueña con cuerpos; yo soñaba con costumbres.
Quería los miércoles, no los abrazos; quería el derecho a decirle «no leas tanto», la propiedad de una frase de ida y vuelta.
El deseo de los tímidos es doméstico, por eso es tan difícil de curar: no pide fuegos artificiales que la vida pueda negar con argumentos; pide una silla, y la vida no tiene argumentos contra una silla, solo tiene el silencio de uno, que la va negando día por día.
En junio, el azar administrativo me falló por primera vez: se acabó la electiva y con ella los jueves.
El grupo juró seguirse viendo, y como todos los juramentos de grupo, se cumplió dos veces y se disolvió.
Historia del Arte quedaba en otro edificio, con otros horarios.
La cartografía se me llenó de zonas muertas.
Hubo semanas de verla solo una vez, de lejos, cruzando el patio; hubo semanas de no verla.
Fue el primer ensayo general de la ausencia, y lo pasé escribiendo.
El cuaderno azul se terminó en agosto —doscientas páginas, un año exacto— y esa noche lo forré con papel de regalo, como se forra un ladrillo sagrado, lo puse al fondo de la gaveta de las camisas y empecé el cuaderno azul segundo, que compré igual al primero, en la misma papelería, con una fe supersticiosa en la continuidad de las tapas.
En la primera página del nuevo escribí la fecha y una sola línea, heredera de aquella inaugural:
Segundo año. Sigo conociendo a alguien que no conozco.
Y esta vez no me pareció una frase exacta.
Me pareció una frase triste. La subrayé igual, dos veces, porque la liturgia era lo único que me quedaba firme, y me acosté a dormir con la luz apagada y los ojos abiertos, oyendo a lo lejos la bachata de algún vecino enamorado que al menos tenía el valor de ponerla a todo volumen, de hacer pública su hambre, de molestar al mundo con ella.
Yo no molestaba a nadie. Yo era el enamorado más silencioso del hemisferio.
Mi amor no hacía ruido, no gastaba luz, no ocupaba asiento.
Si el amor de los demás era música de vecindario, el mío era esta cosa pulcra y enterrada, esta mina de oro que nadie explotaría jamás, con sus vetas creciendo hacia adentro, hacia el centro exacto de ninguna parte.