Capítulo 4
El grupo de los jueves
El azar administrativo, que me había regalado un semestre, me regaló también el siguiente: en enero, al revisar en la pizarra del pasillo las listas de la electiva «Arte y Literatura del Caribe», encontré su nombre dos líneas arriba del mío.
Beltrán, Aura. Serrat, Emiliano. Entre nosotros, un tal Castillo Peña que jamás fue a clases y a quien, sin embargo, recuerdo con cariño, como se recuerda el terreno baldío entre la casa de uno y la casa amada.
No voy a fingir que fue del todo azar. La electiva la elegí sabiendo —cartógrafo— que a los de Historia del Arte les convenía por el pénsum.
Jugué mis probabilidades como un hombre que solo tiene fichas pequeñas: no podía invitarla a salir, pero podía ponerme en los lugares donde el mundo quizás nos empujara.
Toda mi audacia consistía en eso, en colocarme en la trayectoria de los accidentes felices, en ser el peatón más disponible de la ciudad para el atropello de la dicha.
La clase era los jueves. El grupo de estudio, que había muerto en diciembre, resucitó por inercia con la mitad del elenco: Valeria, que también cayó en la electiva, Radhamés, que la eligió porque «el profesor no pasa lista», Aura y yo.
Los jueves, entonces, volvieron a ser el eje de la semana, el día alrededor del cual los otros seis giraban como planetas menores.
Lunes y martes eran la espera; el miércoles, la víspera; el viernes, la resaca dulce; el fin de semana, el destierro.
Fue el semestre en que la conocí de verdad, si es que algo de todo esto puede llevar ese verbo.
Quiero decir: fue el semestre de las conversaciones.
La mesa de la biblioteca era chica y la materia se prestaba, y Aura hablando de arte era Aura al cuadrado: se le desordenaba el pelo solo, como si las ideas le movieran el aire alrededor de la cabeza.
Una tarde explicó ante el grupo, con las manos llenas de urgencia, por qué los retratos coloniales le daban tristeza: «Toda esa gente posando con su mejor ropa para un pintor que los hacía parecerse al rey de otra parte.
Nadie los pintó nunca como eran. Se murieron sin saber qué cara tenían».
Radhamés bostezó. Valeria anotó algo. Yo sentí que me habían operado a corazón abierto sin anestesia, porque pensé —no lo dije, por supuesto que no lo dije— que a mí me estaba pasando lo mismo pero al revés: yo me estaba pintando una Aura con ropajes de reina de otra parte, y ella se moriría sin saber la cara que tenía en mi museo privado.
Lo pensé y lo deseché, porque los momentos de lucidez, a esa edad y en ese estado, son como los relámpagos: iluminan un segundo el paisaje completo y uno prefiere la oscuridad de nuevo, porque en la oscuridad la casa parece más grande.
El cuaderno azul engordaba. Ya no eran solo observaciones; ahora eran transcripciones.
Yo llegaba los jueves por la noche a mi cuarto y reconstruía los diálogos de la tarde con una fidelidad de taquígrafo enfermo, y donde la memoria fallaba, la prosa suplía.
Ahí empezó, ahora lo veo, la segunda fase de la enfermedad, mucho más grave que la primera.
Porque observar es un pecado venial: todos los tímidos observan.
Pero reescribir es otra cosa. Yo reconstruía las conversaciones y las mejoraba.
Le quitaba mis balbuceos, le pulía mis respuestas, ajustaba los tiempos de mis silencios para que parecieran profundos en vez de aterrados.
En el cuaderno azul, el Emiliano de los jueves era un muchacho callado pero magnético, de intervenciones exactas.
El cuaderno era el espejo del camerino, con las bombillas alrededor: uno se ve mejor ahí que en cualquier calle.
Y ella, en el cuaderno, empezó a mirarme distinto.
Escribo esta frase y me detengo, porque aquí está el nudo de todo y quiero ser quirúrgico: en la vida real, Aura me trataba con un afecto parejo, el mismo que le daba a Valeria, quizás con un grado extra de atención cuando yo hablaba de libros, porque los libros eran mi único territorio de elocuencia.
Eso era todo, y era muchísimo, y era nada.
Pero en el cuaderno, en las transcripciones nocturnas, yo anotaba: «Cuando dije lo de Palés, me sostuvo la mirada un momento más de lo necesario».
¿Era cierto? ¿Cuánto es lo necesario? ¿Con qué instrumento se mide el excedente de una mirada?
El taquígrafo era también el juez, y el juez estaba enamorado, y no había apelación posible porque no había otro tribunal.
Mi vida diurna, mientras tanto, seguía su curso de río manso.
Sacaba buenas notas. Le enseñaba gramática a mi prima los sábados.
Discutía con mi padre, que seguía sin entender «de qué iba a vivir un comparador de literaturas», y me reconciliaba con él los domingos frente al televisor, viendo béisbol, que era nuestro único idioma común y nos alcanzaba.
A veces salía con los del grupo a la pizzería de la avenida, y en esas salidas hubo muchachas, alguna sonrisa, algún número de teléfono que anoté y nunca marqué. Valeria me lo reprochaba:
—Te juro que no te entiendo, Serrat. Yamilet te escribió dos veces. Dos veces. ¿Tú sabes lo que hay que hacer para que yo le escriba dos veces a alguien?
—Estoy apretado de lecturas —decía yo.
—Tú estás apretado de otra cosa —decía Valeria, y me miraba un segundo de más, con sus ojos de machete, y yo cambiaba de tema con la agilidad de los culpables.
Porque esa es otra ley del amor platónico que nadie escribe: exige fidelidad.
Una fidelidad absurda, unilateral, sin contrato ni beneficiario.
Yo le era fiel a una mujer que tenía novio, que no sabía de mi amor, que jamás me había pedido nada.
Le era fiel contra toda lógica, contra toda conveniencia, con una devoción de monje que custodia una reliquia que quizás es solo un hueso de gallina.
Y esa fidelidad, que no le servía a nadie, me costaba a mí la vida entera que no estaba viviendo: las Yamilet que escribían dos veces, las fiestas donde me iba temprano, los años dieciocho, diecinueve, veinte, que son los años en que uno aprende el amor con las manos y yo lo aprendía con la letra.
El jueves de la semana santa de ese año, la última reunión antes del receso, nos quedamos los últimos ella y yo, recogiendo las fotocopias, porque Valeria tenía una diligencia y Radhamés era Radhamés.
Caminamos juntos hasta el portón de la universidad, los dos solos por primera vez, bajo los framboyanes que empezaban otra vez a encenderse, y hablamos de nada, del calor, de un profesor, de si el receso era largo o corto.
En la esquina donde nuestros caminos se separaban, ella se detuvo, se acomodó la mochila y me dijo:
—Que pases feliz semana santa, Serrat. No leas tanto, que te vas a gastar los ojos. —Y después, ya girándose, como quien suelta la última carta sobre la mesa sin darle importancia—: Y en el grupo, cuando tú hablas, es cuando menos ganas me dan de irme.
Se fue. Yo me quedé en esa esquina un tiempo que no sé medir. Un carro tocó bocina, alguien vendía flores enfrente, el semáforo cambió varias veces con toda tranquilidad, como si el mundo no acabara de reorganizarse.
«Es cuando menos ganas me dan de irme.» Ella, la que se iba de los ojos cuando algo la aburría, la de la mirada que se marchaba a ese país que yo quería conocer. Me estaba diciendo —¿me estaba diciendo?— que yo era una razón para quedarse.
Esa noche el cuaderno azul recibió cuatro páginas. Las últimas líneas decían:
O significa todo o no significa nada, y no hay manera de saberlo sin preguntar, y no hay manera de preguntar sin arriesgarlo todo. Prefiero no saber. Que quede aquí, guardada, viva. Una frase así, bien administrada, me puede durar años.
Bien administrada. Me puede durar años.
Dios mío. Escribía «administrar» y «durar» como un avaro, y ni siquiera me daba cuenta de que estaba redactando, a los diecinueve años, con mi mejor letra, el presupuesto exacto de mi soledad.