Capítulo 3
El lápiz
A la gente le gusta creer que las historias de amor empiezan con acontecimientos: un baile, un accidente, una tormenta que obliga a dos extraños a compartir un techo.
La mía empezó con un lápiz. Con la punta rota de un lápiz.
Así de pobre es la mitología que me tocó, y sin embargo no la cambiaría por ninguna otra, porque es mía y porque cabe en un bolsillo.
Fue en la segunda reunión del grupo de estudio, un jueves en la biblioteca, en la mesa grande del ala este que Radhamés apartaba llegando temprano, único mérito académico que se le conoció jamás.
Éramos siete alrededor de fotocopias subrayadas y cafés a medio morir.
Afuera llovía esa llovizna de noviembre que no limpia ni refresca, que solo pone el mundo pegajoso.
Aura tomaba apuntes con lápiz, ya lo dije, jamás con bolígrafo.
Y en mitad de una discusión sobre si el realismo mágico era una etiqueta colonial —discusión que Valeria y yo sosteníamos con la ferocidad de los dieciocho años, edad en que las etiquetas literarias parecen asuntos de vida o muerte—, el lápiz de Aura se quebró.
Se le quebró la punta contra el papel, con ese chasquido mínimo que en la biblioteca sonó como una rama pisada en un bosque.
Ella lo miró con un reproche divertido, como se mira a un empleado querido que comete un error, y antes de que dijera nada, antes de que buscara en su cartera o le pidiera a Karen, que estaba a su lado, mi mano —otra vez mi mano, siempre mis manos supieron antes que yo— ya cruzaba la mesa con mi lápiz de repuesto, el que yo sacaba punta cada noche por un ritual de orden que de pronto encontraba su destino verdadero.
—Toma —dije.
Ella lo agarró, lo examinó con una seriedad de perito, comprobó la punta contra la yema del pulgar.
—Buena punta —dictaminó—. Se nota que no muerdes los lápices.
—Jamás —dije—. Los respeto demasiado.
No sé de dónde salió esa respuesta. Yo no era ingenioso; yo era, a lo sumo, ingenioso por escrito, con tres borradores de ventaja.
Pero a veces el cuerpo, harto de la cobardía de su dueño, toma el control un segundo y suelta la frase justa.
Aura se rió. No la risa social que se les da a los chistes de los compañeros, sino una risa corta, involuntaria, con un asomo de sorpresa, la risa de quien no esperaba nada y recibió algo.
—¿Y tú qué opinas? —me preguntó entonces, señalando con mi lápiz la fotocopia—. ¿Etiqueta colonial o no?
Era la primera pregunta que me hacía directamente en la vida.
Recuerdo el pánico dulce, el vértigo de tener sus ojos puestos en mí con permiso, oficialmente, delante de testigos.
Recuerdo que pensé: que no se me note el temblor en la voz.
Y recuerdo lo que respondí, palabra por palabra, porque lo anoté esa misma noche:
—Opino que le pusieron etiqueta de exótico a lo que para nosotros es costumbre. Mi abuela conversa con mi abuelo muerto todos los días y no le parece mágico: le parece lo mínimo, después de cuarenta años de casados.
Se hizo un pequeño silencio en la mesa. Valeria me miró con las cejas levantadas, como diciendo: mira tú, el callado. Y Aura se mordió el nudillo del índice —el gesto, su gesto, el que yo tenía catalogado como señal inequívoca de interés— y dijo, bajito, casi para ella:
—Lo mínimo. Eso está bien dicho.
Guardó mi lápiz detrás de la oreja y siguió con sus apuntes usando el que tenía roto, sacándole filo con una cuchilla que resultó que siempre cargaba. Es decir: nunca necesitó mi lápiz. Lo aceptó, lo evaluó, lo elogió y se lo quedó, sin usarlo, detrás de la oreja, toda la tarde.
Hay gestos que un enamorado interpreta durante años.
Yo he dedicado a ese lápiz detrás de esa oreja más horas de exégesis que a todo el barroco español.
¿Significaba algo? ¿Era coquetería, distracción, simple comodidad?
La respuesta honesta es: nunca lo supe. La respuesta del cuaderno azul, esa noche, fue otra:
Jueves. Se quedó con mi lápiz. No lo necesitaba y se lo quedó.
Hay personas que aceptan las cosas así, por el gusto de aceptarlas, y esa manera de recibir es una forma de dar.
Me hizo una pregunta y escuchó la respuesta entera, sin preparar la suya mientras tanto, que es como escucha casi todo el mundo.
Cuando dije lo de mi abuela dejó de escribir.
Tengo que fijarme si le devuelve el lápiz a alguien alguna vez o si es de las que van dejando un rastro de lápices ajenos por el mundo.
No me lo devolvió nunca. Y yo nunca se lo pedí, por supuesto, porque ese lápiz en su poder era mi embajada en territorio extranjero, mi bandera plantada en la luna.
Un objeto mío pasaba las horas con ella, entraba a su casa, conocía su cuarto, su mochila, la mesa donde estudiaba.
Le tuve envidia a ese lápiz con toda la seriedad del mundo.
El amor platónico hace eso: como no puede habitar el cuerpo querido, se muda a las cercanías, coloniza los objetos, los itinerarios, las esquinas. Ama por metonimia.
El grupo de estudio siguió reuniéndose todos los jueves de aquel semestre.
Aprendí en esas tardes el repertorio completo de sus opiniones: que odiaba a los autores que maltrataban a sus personajes por lucirse, que defendía los finales abiertos «porque la vida no cierra», que le parecía una cursilería subrayar con colores, que el café con azúcar era «mentirle al café».
Aprendí que estudiaba Historia del Arte y estaba en Literatura Comparada por una electiva, es decir, que nuestra coincidencia era un azar administrativo, un error de máquina, un milagro burocrático que se agotaría en diciembre con el examen final.
Y aprendí —esto lo aprendí de golpe, un jueves cualquiera, por una frase suelta de Karen— que tenía novio.
Se llamaba Bruno. Estudiaba Arquitectura en otra universidad.
Karen lo mencionó de pasada, sin malicia, algo de una fiesta y de que «el novio de Aura tiene carro», y la conversación siguió de largo hacia otro tema, alegremente, mientras dentro de mí se llevaba a cabo, en absoluto silencio, la demolición ordenada de un edificio que yo llevaba tres meses construyendo sin permiso de nadie sobre un terreno que jamás fue mío.
De eso —del novio, y de la asombrosa arquitectura que un corazón cobarde es capaz de levantar sobre sus propias ruinas— hablaré más adelante. Ahora quiero quedarme un momento más en el lápiz, porque esta es la última página donde esta historia es todavía inocente.
Años después, un psicólogo del que también hablaré me preguntó cuándo había sido la última vez que me sentí feliz sin vigilarme la felicidad.
Le dije la verdad: un jueves de noviembre, a los dieciocho años, en una biblioteca, viendo mi lápiz detrás de una oreja ajena, cuando todo era todavía posible porque no había pasado nada.
Esa es la trampa exquisita de las vísperas, y esta novela, aviso desde ahora, es una novela sobre vísperas: el que vive en ellas no pierde nunca, pero tampoco cobra.
Va por el mundo con el boleto premiado en el bolsillo, aplazando el canje, feliz con ese bulto de posibilidad contra el muslo, hasta el día en que descubre que los boletos también vencen.
Que los boletos vencen, señores. Eso no me lo advirtió nadie.
O sí. Me lo advirtió mi madre, de perfil, secando los platos.
Me lo advirtió Valeria mil veces con su franqueza de machete.
Me lo advirtió el propio cuaderno azul, que en su tercera página ya decía «hasta ahora solo sé desear».
Las advertencias nunca faltan. Lo que falta es el oído, porque el enamorado platónico es sordo de una manera particular: oye todo lo que se refiere a ella y nada de lo que se refiere a él.
Pero estoy adelantando la moraleja, y prometí ir despacio.
Volvamos al orden de los hechos. Es diciembre.
El examen final llega y pasa. El grupo se disuelve con abrazos y promesas de esas que se hacen sabiendo que no se cumplen.
Aura saca la mejor nota del curso; yo, la segunda, y ella me lo comenta en la escalera, al salir, con mi lápiz todavía o de nuevo detrás de la oreja:
—Segundo lugar. Nada mal para alguien que respeta demasiado los lápices.
Se acordaba. De la frase, del lápiz, de mí.
Bajó las escaleras y se fue caminando hacia el portón, bajo los framboyanes ya sin flores, y yo me quedé en el descanso de la escalera, sosteniendo esa frase como se sostiene un pájaro vivo, sintiendo su calor y su pulso y sin saber, exactamente igual que con el pájaro, si lo que me habían dado era una maravilla o una responsabilidad.
Las dos cosas. Siempre son las dos cosas.