Capítulo 2
Cartografía de una desconocida
Septiembre me convirtió en cartógrafo.
No lo decidí. Nadie decide sus obsesiones; a lo sumo las administra. Simplemente descubrí, con la naturalidad con que se descubre un talento inútil, que mi memoria, tan floja para las fechas de la historia universal, era infalible para todo lo que tuviera que ver con Aura Beltrán.
Supe pronto que llegaba siempre entre las ocho y cinco y las ocho y quince, nunca antes, nunca después, como si viniera de un país con otro huso horario, un país que quedaba a diez minutos de todas partes.
Supe que los martes traía un termo plateado y los demás días compraba café en el quiosco de la entrada, y que lo tomaba sin azúcar, porque una vez la vi rechazar los sobrecitos con un gesto de la mano, y ese gesto me pareció revelar un carácter entero: alguien que no endulza, alguien que prefiere las cosas en su amargor original.
Supe que subrayaba los libros con lápiz, jamás con resaltador, y que escribía en los márgenes con una letra pequeña e inclinada que desde mi diagonal no alcanzaba a leer, y ese fue mi primer tormento verdadero: saber que ella conversaba con los libros y no poder escuchar la conversación.
Supe que se mordía el nudillo del índice cuando algo le interesaba de verdad, y que cuando algo la aburría no bostezaba ni miraba el teléfono como el resto de nosotros, sino que se iba.
No físicamente: se iba de los ojos. Se le quedaba el cuerpo en el aula, obediente, tomando apuntes, y la mirada se le marchaba a un lugar que yo habría dado la carrera entera por conocer.
Todo esto lo supe sin hablarle. Quiero que se entienda la magnitud del disparate: durante todo septiembre no crucé con ella una sola palabra.
Ni una. Yo, que llevaba un registro mental de sus gestos digno de un naturalista del siglo diecinueve, no habría podido decirle «buenos días» sin ensayarlo antes una semana.
A los demás sí les hablaba, con la soltura relativa de los tímidos entre gente que no importa.
El muchacho de la gorra se llamaba Radhamés y era menos tonto de lo que su risa fácil sugería.
Las dos amigas risueñas eran Valeria y Karen.
Valeria estudiaba Letras como yo y tenía una franqueza de machete que al principio me asustaba y con los años se volvería una de las pocas cosas verdaderas de mi vida.
Con ellos almorzaba a veces en la cafetería, y opinaba de los profesores, y me quejaba de las lecturas, y era, supongo, una persona normal.
Pero llevaba una segunda vida. Todos los enamorados silenciosos llevan una segunda vida, más rica y más agotadora que la primera.
La mía transcurría en los márgenes: en los diez minutos previos a la clase, en la fila del quiosco cuando ella estaba tres lugares delante, en la biblioteca cuando descubrí —cartógrafo al fin— que los miércoles por la tarde ella ocupaba la mesa del fondo, la que está bajo el retrato de Pedro Henríquez Ureña, y se quedaba ahí hasta que la luz de afuera se ponía naranja.
Los miércoles empecé a ir a la biblioteca.
Me sentaba a dos mesas de distancia, con libros que sí leía —eso quiero aclararlo, no era un farsante completo: era un farsante que estudiaba—, y cada cierto número de páginas me permitía levantar la vista, una ración medida, como quien se raciona el agua en el desierto para que dure.
Fue en esa biblioteca, un miércoles de finales de septiembre, donde compré el cuaderno.
Miento: el cuaderno lo compré enfrente, en la papelería de la esquina, pero lo compré por la biblioteca, saliendo de ella, con el atardecer naranja todavía en los ojos.
Era un cuaderno de tapa azul, cosido, sin espiral, de esos que se abren planos como si ofrecieran el pecho.
No sabía para qué lo compraba. O lo sabía con ese conocimiento anterior a las palabras que tienen las manos: mi mano lo agarró del estante y lo puso sobre el mostrador y pagó, mientras yo, arriba, en el piso de la conciencia, me contaba el cuento de que necesitaba un cuaderno extra para apuntes.
Esa noche escribí la primera entrada. La recuerdo porque el cuaderno existe todavía y porque, aunque no existiera, hay páginas que uno se sabe como se sabe las cicatrices:
Miércoles. Hoy A. leyó hasta las seis y veinte.
Cuando la luz se puso naranja levantó la cabeza y miró por la ventana un rato largo, y yo miré con ella, desde mi mesa, sin que lo supiera, y durante ese rato me pareció que mirábamos juntos.
Sé que no es cierto. Dos personas mirando la misma ventana no miran juntas.
Pero anoto la sensación porque fue la cosa más parecida a la compañía que he sentido en meses.
Releo esa entrada ahora y me dan ganas de viajar en el tiempo y sacudir a ese muchacho por los hombros.
No por lo que sentía —sentir no se gobierna— sino por la trampa que ya estaba montando sin darse cuenta: la trampa de anotar.
Porque el que anota, transforma. Yo escribía «me pareció que mirábamos juntos» y la frase, por el solo hecho de estar bien construida, se volvía un poco verdad.
El papel no protesta. El papel es el cómplice perfecto: acepta todo, mejora todo, guarda todo.
La memoria, que es indisciplinada, habría dejado que ese miércoles se borrara como se borran los miércoles.
El cuaderno lo fijó. El cuaderno empezó a construir, entrada por entrada, una relación que no existía en ninguna parte del mundo físico, una relación de un solo integrante, minuciosa, documentada, con fechas.
Mi madre notó algo, porque las madres funcionan por sismógrafo. Una noche de octubre, mientras yo secaba los platos, me preguntó sin mirarme, con esa táctica suya de preguntar las cosas graves de perfil:
—¿Y quién es?
—¿Quién es quién?
—La muchacha que te tiene comiendo menos y escribiendo más.
Le dije que nadie, que estaba apretado de lecturas, y ella dijo «ajá» con ese tono de quien archiva la mentira para cobrarla después, y no insistió.
Mi madre nunca insistía: dejaba las preguntas sembradas y esperaba a que dieran fruto solas.
Pero al día siguiente, sin conexión aparente, mientras me servía el desayuno, dijo una frase que entonces me pareció un refrán más de su repertorio infinito y que hoy encabezaría, si yo tuviera valor, el epígrafe de este libro:
—Muchacho: el que ama callado, entierra semilla en maceta ajena y espera cosecha en la suya.
Me reí. Ella también. Pasamos a otra cosa. Pero la frase se me quedó en algún pliegue, esperando su turno, como se quedan las advertencias que uno no puede usar todavía porque le falta la herida donde aplicarlas.
En noviembre llegaron los primeros parciales y con ellos mi primera decisión estratégica, si puede llamarse estrategia a la forma en que un hombre organiza su propio asedio: cuando el profesor de Literatura Comparada mandó a formar grupos de estudio para el examen final, y Radhamés gritó desde el fondo «¡los de esta esquina!
», trazando con el brazo un círculo arbitrario que me incluía a mí, a Valeria, a Karen y a dos más, yo hice la única jugada audaz de todo mi primer año universitario.
—Falta gente —dije—. Somos seis, el profesor dijo grupos de siete.
No era cierto que el profesor hubiera dicho siete.
Nadie lo recordaba. Nadie recuerda nunca esas cosas, y sobre esa amnesia general edifiqué mi imperio: miré alrededor con teatral objetividad, como quien busca al azar un séptimo cualquiera, y dejé que mis ojos tropezaran con la muchacha del vestido verde —ese día era gris, pero para mí todos sus vestidos eran el verde del primer día—, que guardaba sus libros sola, dos filas más adelante, en diagonal.
—¿Y ella? —dije, con una voz que me salió milagrosamente casual—. La compañera... ¿Aura?
Como si dudara del nombre. Como si el nombre no fuera, de todas las palabras del idioma, la que yo pronunciaba más veces por dentro.
Hay que ver la cantidad de teatro que cabe en un enamorado cobarde.
Merecíamos un premio o una condena, no sé, quizás las dos cosas, quizás eso fue exactamente lo que recibí al final: un premio y una condena en el mismo paquete, imposibles de distinguir.
Valeria la llamó con la mano. Ella se acercó con sus libros contra el pecho.
—¿Quieres estudiar con nosotros? —preguntó Valeria—. Nos falta uno.
Aura nos miró a todos, uno por uno, un segundo a cada uno, y cuando me tocó el turno yo sostuve la mirada haciendo un esfuerzo que me pareció olímpico, y ella dijo:
—Bueno. Pero yo no presto los apuntes: los comparto. Es distinto.
Nadie entendió la diferencia. Yo tampoco, entonces. Pero todos nos reímos y ella también, y así, con esa frase rara, entró oficialmente en mi vida la persona que llevaba tres meses viviendo en ella de contrabando.
Esa noche, la entrada del cuaderno azul fue una sola línea, la segunda línea fundacional de esta historia:
Jueves. Dijo «bueno». Empezamos.
Y abajo, con otra tinta, más tarde, la posdata que hoy me sigue pareciendo el diagnóstico más certero que hice jamás de mí mismo, aunque lo escribí creyendo que era un chiste:
Nota: averiguar qué se hace con lo que uno consigue. Hasta ahora solo sé desear.