Las cosas que no pasan Capítulo 1
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Las cosas que no pasan

Las cosas que no pasan

Por John Pablo Garcia

© inepub.com

Capítulo 1

El pupitre junto a la ventana

No lo es. De todas las cosas que voy a contar, esa es la única de la que estoy completamente seguro.

Yo había llegado temprano porque llegar temprano era mi manera de tener algo bajo control.

El primer día de universidad es una avalancha de nombres, pasillos, códigos de asignaturas, y yo, que nunca fui bueno para las avalanchas, me defendía con horarios impresos y un asiento estratégico: tercera fila, junto a la ventana, desde donde podía ver el patio de los framboyanes y fingir que miraba algo importante cada vez que no supiera qué hacer con los ojos.

El aula se fue llenando de a poco. Un muchacho de gorra que masticaba un lápiz.

Dos amigas que ya venían riéndose de algo anterior a la universidad, anterior quizás a todo.

Un profesor que todavía no era el profesor, acomodando papeles con la resignación de quien ha dado esa misma clase inaugural durante veinte años.

Yo lo anotaba todo mentalmente, porque anotar era mi otra manera de tener algo bajo control, y porque ya entonces sospechaba que la vida solo me resultaba habitable si la convertía en frases.

Entonces entró ella.

Quisiera poder decir que no pasó nada extraordinario, que era una muchacha más entre los veintitantos que llenaban el aula, porque eso me haría un narrador más confiable.

Pero mentiría. Y he decidido —es lo único que he decidido con firmeza en toda esta historia— no mentir más de lo estrictamente necesario.

Llevaba un vestido verde olivo y el pelo recogido con un lápiz, no con un gancho ni con una liga, con un lápiz de grafito común y corriente, como si su cabeza fuera un lugar donde las cosas de escribir encontraban acomodo natural.

Cargaba los libros contra el pecho, no en mochila, y caminaba con esa prisa serena de quien llega tarde pero se niega a que se le note.

Recorrió el aula con la mirada buscando asiento, y durante un segundo —uno—, sus ojos pasaron por encima de los míos.

No se detuvieron. Quiero ser honesto: no se detuvieron. Pasaron sobre mí como pasa la luz de un faro sobre un bote pequeño, sin registrarlo, ocupada en cosas más grandes. Pero el bote sí registra el faro. El bote no vuelve a ser el mismo.

Se sentó dos filas delante de mí, en diagonal, y esa geometría decidió los siguientes cuatro años de mi vida: yo tendría siempre su nuca, su perfil izquierdo cuando volteaba hacia la ventana, la mano derecha cuando la levantaba para preguntar.

Un amor, aprendería después, también es un ángulo. El mío fue de cuarenta y cinco grados.

El profesor comenzó a hablar de lo que era la literatura comparada.

Dijo cosas que en otro momento me habrían importado muchísimo, porque yo había venido a esta carrera huyendo de la contabilidad que quería mi padre, defendiendo con uñas y dientes mi derecho a estudiar algo tan hermoso e inútil como los libros.

Pero esa mañana el profesor hablaba desde muy lejos, desde detrás de un vidrio, y yo solo podía pensar en el lápiz que sostenía aquel pelo oscuro, en la física imposible de ese equilibrio.

Pasaron lista. Fui sabiendo los nombres de todos sin querer saberlos, esperando el de ella con un ansia que me pareció ridícula incluso entonces.

Beltrán, Aura. Dijo «presente» con una voz más grave de lo que su cara prometía, una voz como de locutora de radio de madrugada, y levantó apenas la mano, dos dedos, un gesto mínimo que a mí me pareció una manera extraordinaria de estar en el mundo: presente, sí, pero sin escándalo.

Serrat, Emiliano. Dije «aquí» demasiado bajo y tuve que repetirlo, y en la repetición se me quebró un poco la voz, y el muchacho de la gorra se rió sin maldad, y yo sentí esa vergüenza desproporcionada que solo conocen los tímidos, la certeza de que todos los presentes archivarían ese gallo en mi voz para siempre.

Nadie lo archivó, por supuesto. Nadie archiva nada de nosotros.

Esa es la gran noticia y la gran tragedia: somos los únicos guardianes de nuestros propios ridículos.

Ella no volteó. Lo comprobé con el rabillo del ojo mientras me ardían las orejas.

No volteó, y de algún modo se lo agradecí tanto que ahí, sospecho, empezó todo.

Uno no se enamora de quien lo mira: se enamora de quien podría mirarlo y todavía no lo ha hecho.

El amor platónico —lo digo ahora, con los años y los diccionarios encima— no es amar sin tocar.

Es amar la posibilidad más que el hecho, el borrador más que el libro. Es preferir la víspera.

Cuando terminó la clase, la vi guardar sus cosas con calma, deshacer el nudo del pelo, y el lápiz quedó en su mano como una varita a la que se le hubiera acabado el turno de magia.

El pelo le cayó sobre los hombros y el aula entera —juro que el aula entera, las sillas, el pizarrón, el calor de agosto— pareció reacomodarse alrededor de ese gesto.

Salió conversando con una de las muchachas risueñas. Yo me quedé un rato más junto a la ventana, mirando los framboyanes del patio, que estaban en flor y eran de un rojo que no pedía permiso.

Esa noche, en mi cuarto, abrí el cuaderno de apuntes de Literatura Comparada y en la primera página, donde debía ir el programa de la asignatura, escribí una sola línea:

Hoy conocí a alguien que no conocí.

Me pareció una frase exacta. Todavía me lo parece. La subrayé dos veces y cerré el cuaderno, sin saber que acababa de empezar, en la primera página de un cuaderno equivocado, el único libro que escribiría con todo el cuerpo.

Tenía dieciocho años. Creía que la intensidad era un mérito.

Creía que fijarse mucho en alguien era una forma de conocerlo.

Creía, sobre todo, que lo que uno siente en silencio no tiene consecuencias, que el amor no declarado es como un árbol que cae en un bosque vacío: un evento sin testigos, inofensivo, gratis.

En eso, como en casi todo, me equivocaba. Pero para saber cómo me equivoqué, y cuánto costó la tarifa de ese silencio, hay que ir despacio. Hay que ir como fui yo: clase por clase, jueves por jueves, página por página.

Empecemos por la ventana. Desde mi pupitre se veían los framboyanes.

Desde el suyo, comprobaría meses después en un día que ella faltó y yo cometí el pequeño delito de sentarme en su silla, no se veía nada: solo la pared del edificio de al lado, gris, con una mancha de humedad en forma de país inexistente.

Todos estos años me he preguntado qué miraba ella entonces, cuando volteaba hacia mi lado con los ojos perdidos. La respuesta obvia es: la ventana, los framboyanes, el rojo sin permiso. Pero entre la ventana y ella, exactamente en la trayectoria, a cuarenta y cinco grados, estaba yo.

Con eso —van a ver— se puede construir una catedral.