Capítulo 42
Isabella
Años después…
2 de febrero de 2009
—Ven aquí, James —le agarré la mano. —Mira —señalé con la mano libre —¿No es precioso?
—Guau. —se le calló la boca al suelo — Es im-pre-sio-nante.
Estábamos en lo alto de Madrid, contemplando la mejor puesta de sol que íbamos a ver en nuestra vida. Estábamos en el Templo de Debod, un sitio realmente precioso.
Los dos juntos, agarrados de nuestras calientes manos, en contraste con el frío de inicios de febrero, y la brisa del pronto anochecer…
El cielo se encendia en colores anaranjados, con sus toques amarillos y los tonos preciosos tonos rojizos, cerca del horizonte, fundiendose con el sol.
Se escuchaban los cantos de los pájaros. De aquellos gorriones y estorninos negros, cuyos trinos se unían a la suave melodía que tocaba un chico sentado en una esquina, con un arpa entre las manos.
Había elegido un día perfecto, en el que el templo estaba casi completamente vacío, pues era lunes. Quería que este
momento fuera… solo de nosotros dos.
Nos sentamos, el uno al lado del otro. Apoyé mi cabeza en su hombro, relajado. Escuchaba su respiración, tranquila, en calma, así como notaba su corazón.
—Isabella —murmuró— Sé qué estás muy relajada, pero te vas a perder lo mejor. —puso sus manos en mis párpados, cerrados.
—Gracias. —solté una leve carcajada, acompañada de una espléndida sonrisa.
Y así, los dos juntos, vimos como el sol se ponía por completo, dando sus últimas luces hasta el siguiente día.
Cuando el último rastro de sol desapareció, emprendimos el camino hacia el metro, uno seguido del otro.
Él posó su mirada sobre mí, con una mirada complice, como las de siempre. Asentí con la cabeza y le tomé la mano.
Una vez en el metro, nos sentamos al lado y le susurré la parada en la que nos bajabamos los dos.
—¿Hoy no hay nadie… en tu casa? —murmuró James.
—No. —le rocé la mano.
Las luces intermitentes del túnel alumbraron su perfil. Y a sus labios, mientras se los humedecía. Él desvió la mirada hacia el cristal del metro, que se mecía suavemente, hasta que tomó una curva y nuestras rodillas chocaron.
Me giré un poco y ambos nos reímos.
—¿Estás cansada? —preguntó, alzando las cejas.
—Un poco. —respondí —¿Tanto se nota?.
—Bueno, teniendo en cuenta que casi te me duermes en el brazo. —se le dibujó una sonrisa en la cara.
—Estaba super bien… Y ahora, con el calorcito del metro. — me contagió la sonrisa.
—Al menos mañana no tienes que madrugar.
—Es verdad. —asentí. Se acordaba mejor que yo.
Aún quedaba una semana para empezar el segundo cuatrimestre, así que la gente no tenía nada que hacer más que recuperar horas de sueño. Menos yo, que por supuesto me quería complicar la vida, y decidí meterme a trabajar, de manera temporal.
Ahora iba por las mañanas y tardes, en un contrato temporal, ya que al empezar el segundo cuatrimestre, sólo podría ir por las tardes.
Al principio pensábamos que empezar la uni nos iba a quitar tiempo de estar juntos, pero todo lo contrario. Podíamos
vernos incluso más, aunque yo trabaje por las tardes siempre hacemos lo posible para encontrar algún hueco.
—¿No te parece curioso…? —comenzó James a decir.
—¿El qué?
—Que trabajes… en la papelería. —me guiñó un ojo.
—Pues sí, menuda coincidencia, ¿no?. —una sonrisa iluminó mi rostro.
—Si, y de las grandes.
Ya habíamos llegado a nuestra estación. Al subir, un atisbo de viento nos golpeó en la frente. Aun con las chaquetas y las mil capas que llevábamos encima, el frío calaba en nuestro cuerpo, como si estuviéramos en una nevera.
Febrero en Madrid era horrible, menos para los amantes del frío, claro está.
Ambos sentimos un alivio rotundo al llegar a mi casa, cuando el frío dejó de apoderarse de nosotros y nos respondió un sofá calentito.
—Voy a pedir la cena —canturreó James— ¿Pizza?
—Si, por favor. —suspiré —Lo que menos ganas tengo ahora mismo es ponerme a hacer la cena.
—Me lo imaginaba.
—De pepperoni y…
—Extra de queso —me cortó.
—Si, eso iba a decir.
—Me lo esperaba.
Pusimos la tele y nos acomodemos más en el sofá. Las tripas me sonaban, pedían comida.
—¿Tienes hambre? —me leyó la mente.
—Pues si.
—Vamos a charlar de algo, así se te pasará el hambre. —me acarició la tripa— No tardará mucho en llegar.
—Me parece bien.
Ni siquiera nos dió tiempo de buscar un tema de conversación, porque nada más decirlo, tocaron el timbre.
—Voy yo. —grité, contenta, mientras me acariciaba la tripa.
Al abrir la puerta, el monedero que tenía preparado para pagar la pizza se me resbaló de las manos y acabó en el suelo.
—Perdón. —musité, agachandome a recoger el monedero.
—Eh… —Los ojos de la chica frente a mí se ensancharon tan rápido que por un segundo pensé que iban a desbordarse. —
¿Está James? —preguntó ella, mientras me escaneaba de arriba a abajo.
¿Porqué me sentía tan… cerca de ella? Me ha dejado descolocada por completo, y las migrañas han vuelto a mi cabeza.
—S…Si —tartamudeé, mientras me tocaba la cabeza, como si eso aliviara el dolor.
—¿Qué pasa Isabella? —escuché los pasos de James cada vez más cerca. —¿No te llega el din…? —Ni siquiera acabó la frase, se quedó paralizado detrás de mí, mirando fijamente a esa chica.
Note sus músculos tensarse atrás mío, y al girar la cabeza vi su expresión. Noté que le miraba de una forma muy…
¿Dolorosa?
La tensión me estaba arrastrando también a mí.
Incluso me sorprendí deseando ponerme detrás de James, como si eso pudiera protegerme de algo que ni siquiera entendía.
—James. —gritó la chica. Si las miradas mataran, definitivamente esta habría acabado con James.
—No, ahora no. —le tembló la voz.
Sentí que algo dentro de mí se estaba rompiendo, cachito a cachito. Y que yo no tenía el valor de arreglarlo, sentía que me estaba… perdiendo.