Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 41
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Capítulo 41

James

15 de noviembre de 2007

Después de correr para poder llegar puntual,con la lengua afuera, me senté en el banco.

Aun sin saber si esa persona iba a venir, quería llegar a tiempo. Quizás me estaba precipitando y esto no tenía ni pies ni cabeza. Pero era lo que me pedía el cuerpo, era lo que tenía que hacer.

Miré el reloj.

Las cinco y un minuto de la tarde.

Al girar la cabeza hacia arriba, después de mirar la hora, me sorprendió el cuerpo de Isabella enfrente mío, con los brazos cruzados.

No sabría explicar si su expresión lanzaba ira, rencor o sarcasmo. Era un tanto extraño.

—¿Así que tú eras el de la nota misteriosa? —se abalanzó ella.

—Pues va a ser que sí. —apunté, con sarcasmo —Siento haberte decepcionado.

—Ven, siéntate. —le ordené, pues seguía de pie con los brazos cruzados.

—Está bien. —musitó sentándose a mi lado.

—Isabella.

—James.

—Le he dado muchas vueltas a esto —me vacié de aire por completo— De veras, tengo que hablar contigo.

—Te escucho. —tartamudeó.

—Realmente me importas. Me importas muchísimo, y no sabes lo que me jode eso.

—tragué saliva— Me jode porque estoy cagado de miedo —las piernas me comenzaron a temblar— Tengo miedo de enamorarme de ti, Isabella, y lo jodido es que creo que ya lo estoy.

—Bajé la vista al suelo; no podía sostener su mirada ni un segundo más.

Me he comportado como un idiota, lo sé. No sé controlarme, y mucho menos admitir mis emociones. Soy un desastre, Isabella. —inhalé profundamente— Y nunca he querido arrastrarte a ti también, nunca.

Con la mirada aún clavada en el suelo, noté las piernas de Isabella dar un paso hacía delante.

Silencio.

Un silencio que pesaba, que aguardaba algo.

Me ví obligado a subir la cabeza y posar mis ojos en los suyos.

Compartimos la mirada, mientras el silencio nos iba arrastrando. Nos iba quemando por dentro, como si algo estuviera a punto de encenderse.

—No me estás arrastrando, James. —con su mano sobre mi hombro, tenso. —Si estoy aquí… —tragó saliva— Es.. Es porque quiero—sus manos temblaban, al igual que su voz.

El corazón me iba tan rápido que incluso me dolía. Ella… Estaba diciendo lo que tantas semanas me estaba costando a mi decir.

No sabía donde poner las manos.

¿Quizá podría agarrarle de la… mano? No, eso sería demasiado.

—Me da miedo lo mucho que te necesito ahora mismo. — solté de sopetón, segundos después me empezaron a caer lágrimas de los ojos.

—James —retiró suavemente una lágrima con sus delicadas manos. —No le tienes que temer. Hazle caso a tus sentimientos, por favor. —tartamudeó.

Sin darme cuenta, estábamos a escasos centímetros de nosotros mismos.

Al mirarla, se me difuminaba su rostro.

Mi respiración, alterada, no sabía dónde se había metido. Parecía que acababa de correr una maratón, y estoy casi cien por cien seguro de que ella está sintiendo lo mismo.

Sus manos temblaban, pero cada vez se acercaban más a mi mandíbula. Nuestras respiraciones chocaban, nuestras narices también.

—¿Pue.. —murmuró ella, aunque no le dejé terminar.

Asentí, poniendo mi dedo sobre su boca para que no siguiera hablando.

Nuestros labios se juntaron, al fin. Era como estar en el paraíso, todo era perfecto.

En mi cabeza no cabía nada más.

Solo estabamos yo y ella.

Sumidos en el mismo planeta, en el mismo paraíso.

Nos estábamos quedando sin aire, así que nos separamos. Cruzamos miradas y un suspiro de alivio salió por su boca.

Nuestras piernas temblaban.

Apenas podíamos respirar.

Y aun así, nuestras manos se buscaron… y se quedaron.