Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 39
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Capítulo 39

James

15 de noviembre de 2007

Me despertó la lluvia, golpeando el cristal como si quisiera entrar. Igual que mis pensamientos, que no sabían dónde quedarse. No sabían cómo sacar a Isabella.

Cada vez que intentaba cerrar los ojos, o simplemente mirar a cualquier cosa… aparecía ella. Su cara.

La cara que puso cuando le dije que “necesitaba tiempo”. Lo que al principio creí que era la solución, ahora solo me pesa.

Mientras más tiempo pasa, más me arrepiento de no haber sido sincero con ella.

Lo mucho que pienso en ella. Lo mucho que me contengo.

Lo mucho que me duele. O más bien…

Me arrepiento de no haber sido sincero conmigo mismo.

¿Cómo se supone… que iba a arreglar todo esto?

Mi cuerpo cada vez me mandaba más señales. En ningún momento se me habría pasado por la cabeza amenazar a un chico de mi clase por robarle la libreta a alguien. Pero, por lo visto, a mi cuerpo sí.

Y al parecer mi cuerpo tiene mucho más poder de decisión que yo. Aunque…

¿Realmente qué es lo que quiero?

El sonido del reloj marcando las siete de la mañana me golpeó de lleno, recordándome todo lo que seguía sin hacer.

Mierda.

Seguía en la cama.

Rápidamente bajé a la cocina y me preparé un vaso de leche. Hoy no tenía nada de hambre, así que con eso era más que suficiente.

Además, no iba sobrado de tiempo. Ni mucho menos.

Tenía menos de una hora para ducharme, preparar la mochila y el almuerzo. Claro que, si le restaba el trayecto, eran quince minutos menos.

Fui corriendo hacia el baño.

Y, por lo visto, mi madre estaba dentro.

Hoy no iba a ser mi día, no sé por qué, pero tenía esa sensación. Toqué la puerta y grité que tenía prisa, a lo que mi madre respondió con un:

“¿Has visto la hora qué es?”, vacilante.

Le dije que sí con la cabeza y entré a ducharme. No tenía tiempo para calentar el agua, así que hoy tocaba con agua fría. A ver si así me despejaba más.

Salí de la ducha tiritando y me puse la ropa limpia. Lo primero que encontré en el armario. Tampoco le di más vueltas.

Ya en la calle, a tiempo récord, incluso parecía que iba a llegar puntual. Algo que no solía pasar.

Entré a clase justo cuando sonaba el timbre. De las prisas, ni siquiera me había dado tiempo de pensar en… Isabella.

Ahí estaba. Con esos rizos de infarto, dorados, igual que los rayos de sol que intentaban entrar por la ventana.

Permanecía sentada en su sitio, con la misma libreta apoyada sobre la mesa y un bolígrafo en la mano.

La clase me saludó entre un barullo de fondo, gente entrando y saliendo sin parar, y el ruido de las sillas al rozar con el suelo.

Mi sitio estaba ocupado. No había llegado a tiempo. Alcé la mirada hacia todas las mesas y sillas, buscando la más alejada de Isabella, pero no me dio tiempo: el sonido de la campana inundó la clase.

Todos empezaron a moverse rápidamente, mientras yo seguía parado en mitad del aula como un bobo, mirando a las musarañas.

Tuve que ir al único sitio libre. Y… cómo no, estaba cerca de Isabella.

Maldecí en silencio no tener sitios fijos. Odiaba esta libertad de sentarte donde quisieras.

Con Isabella al lado, sabía que sería imposible centrarme en las clases. No podía parar de pensar en cómo reaccioné ayer, en cómo la defendí.

Y en si ella… ¿lo agradeció?

O quizá la pregunta más adecuada era… ¿por qué actué así?

El sonido de la cremallera de mi mochila al sacar la libreta y el estuche llenó el aula. Al menos, tenía que hacer como que prestaba atención. O, mejor aún, prestarla de verdad.

Los bolígrafos trazando sobre el papel sonaban casi al mismo ritmo que el reloj, que tictaqueaba sin descanso.

Un bolígrafo cayó al suelo, rompiendo el ritmo, pero lo dejé pasar y seguí con lo mío.

El profesor hacía preguntas y, si las respondías, te sumaba puntos. Tenía que estar atento por si me iluminaba con alguna.

—¿Por qué creéis que el autor de esta obra eligió el silencio como respuesta? —preguntó el profesor.

Mi mirada se fue directamente a la de Isabella. Leve.

Confusa.

Y ella repitió mi gesto. Ambos nos quedamos con una expresión cuanto menos sorprendida.

Como nadie respondió, el profesor continuó con otra pregunta.

Jugueteé con el bolígrafo. Necesitaba algo que decir.

—¿Podríais decirme qué autor escribió este fragmento? —al fin lanzó la pregunta.

Y, nada más escucharla, alcé la mano.

Sin darme cuenta, otra mano imitó mi movimiento.

—Isabella —dijo el profesor, señalándola.

—Sí. —Su mirada chocó con la mía. Noté cómo tragaba saliva antes de responder—. El autor es Gustavo Adolfo Bécquer.

—Muy bien, Isabella —asintió él, pasando a la siguiente pregunta.

Sin darme cuenta, Isabella se giró hacia mí.

De golpe se me cortó la respiración. Mis manos, antes frías, se calentaron.

Y todos esos ruidos, esos murmullos… cesaron.

Toda mi atención se fue a esos ojos, cada uno de un color. Tan preciosos.

—Casi me la quitas —vaciló, segura de sí—. Ja, ja, ja. —Su risa, breve y apagada, llenó el silencio.

Eso no me lo esperaba.

—Ja, ja, ja —intenté imitarla, aunque me salió fatal. Ella lo notó: sus ojos volvieron a la misma mirada vacía de estos días—. Pues… sí. Para una que me sé —tartamudeé—. Qué… coincidencia.

La confusión me golpeó como una ola, dejándome sin equilibrio en la orilla.

Una chispa de esperanza se prendió rápidamente en mi cuerpo.

Una que intenté apagar, pero que, sin saber por qué… seguía ahí.