Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 38
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Capítulo 38

Isabella

14 de noviembre de 2007

Ni siquiera sentía mi cuerpo. Me pesaba, como si arrastrara pesas de quince kilos atadas a las piernas además de mi propio peso.

Tenía los ojos hinchados, y el día había amanecido con un cielo gris que parecía empeñado en borrarlo todo.

Fui a la cocina y cogí hielo para envolverlo en un paño y ponerlo sobre los ojos, a ver si así disimulaba las pocas horas de sueño. Había pasado la noche moviéndome sin descanso sobre la cama, incapaz de dormirme.

No recordaba mucho de anoche, de antes de que viniera… James.

Solo recordaba su última mirada. Esa que me dejó completamente descolocada y desordenó todo lo que tenía cuidadosamente planeado.

Me quité el pijama cálido y me puse unos vaqueros ajustados y un jersey para empezar el día.

La casa olía a café; supuse que mi madre ya se había ido, y lo confirmé al ver una taza vacía en la mesa.

Me preparé mi café triple, con extra de cafeína, en un vaso grande. Metí la leche en el microondas y me quedé mirando cómo daba vueltas, sin pensar, sin reaccionar.

Una vuelta. Dos vueltas.

El pitido me devolvió al mundo. Lo saqué demasiado rápido y me quemé la mano con el vapor.

Bien. Claramente lo necesitaba.

Mitad de semana y yo ya arrastraba el cuerpo como si fuera viernes. Y lo que quedaba… no prometía ser fácil.

En el autobús, me limité a observar el paisaje nublado. Me había dejado los cascos y no podía escuchar música, así que me concentré en no pensar. Solo mirar.

Al bajar, una ráfaga helada me atravesó. Me puse los guantes y seguí caminando.

Me quedé un rato frente a la puerta del instituto, mirando a nada en particular, hasta que sonó el timbre.

Entré y me senté, haciendo como que prestaba atención. Ya había visto ese tema, pero tampoco podía dormirme ahí mismo.

Recordé que mi cuaderno estaba en la taquilla, así que le pedí al profesor salir para buscar “algo que me había dejado”, que no era del todo mentira. Me lo permitió.

Volví con mi libreta en brazos, feliz de poder perderme un rato en ella. No estaba en primera fila, así que podía permitírmelo.

Tras un rato dibujando, noté una mirada fija. Giré la cabeza: el chico de la sudadera roja —ni recordaba su nombre—estaba mirando mi libreta. Le levanté las cejas. Él se puso tan rojo como su propia ropa.

Lo ignoré y seguí a lo mío.

El aula comenzó a llenarse de ruidos de mochilas y voces. Luego el timbre anunció el descanso. Dejé la libreta en la mesa y pedí ir al baño. Necesitaba lavarme la cara, como si eso pudiera recomponerme.

Los pasillos estaban llenos de risas, voces y conversaciones que parecían de otro mundo. Me metí en el baño deseando que hubiera algún sitio libre. Por suerte había uno. Me lavé la cara mientras un grupo de chicas se hacía fotos en el espejo y hablaba de chicos.

Volví pensando en qué dibujo haría después, o si seguiría con mi diario. El pasillo estaba vacío, y ese silencio me sirvió de tregua… hasta que llegué cerca de mi clase.

—¡Deja eso ahora mismo! —gritó alguien desde dentro. Aceleré. Entré.

Era James.

Y estaba discutiendo con el chico de la sudadera roja. Mi mirada fue directa a mi mesa.

La libreta no estaba.

Sentí cómo la sangre me subía a la cabeza. Entré en la clase temblando.

Los compañeros reían, encantados con el espectáculo. James no me vio hasta que me coloqué a su lado.

—¿Qué pasa? ¿Estás defendiendo a tu novia? —soltó el chico rojo, entre carcajadas. Por un segundo, su risa me recordó a Asher.

Hubo silbidos. Risas.

Vi cómo James se enfurecía y sujetaba al chico por las muñecas.

Yo me quedé quieta, completamente paralizada. Solo podía mirar cómo James peleaba por algo mío.

Cuando lo agarró de la camiseta y lo atrajo hacia él con una sola mano, el chico soltó un gruñido y volvió a ponerse rojo.

Normal. Ver a James así imponía. Podía controlar a cualquiera si quisiera.

El chico se rindió y sacó mi libreta de la mochila. La clase lo abucheó mientras se la pasaba a James. James me la entregó inmediatamente.

Sentí todas las miradas clavadas en mí, como si fuera una intrusa. A él parecía darle igual.

El ladrón salió corriendo, chocándose con el profesor que entraba justo en ese momento. El profesor lo miró raro, pero lo dejó ir.

La clase se calló al instante. Yo seguía en shock, sentada, con la libreta en las manos.

No entendía por qué James había hecho todo eso por mí. No me lo esperaba.

James pasó toda la clase sin mirarme una sola vez, mientras yo seguía intentando encontrar una explicación.

“Nota mental: No volver a dejar la libreta encima de la mesa si salgo de clase.”

Lo escribí en una esquina.

En natación, James estuvo concentrado como siempre, siguiendo las instrucciones al pie de la letra. Y tampoco me miró.

Quería encontrar un momento para agradecerle lo que había hecho. Había salvado mi libreta. Mis dibujos. Mi diario.

Pero no sabía si quería que se lo agradeciera.

O si lo había hecho sin pensar y ahora prefería olvidarlo. Y si él quería olvidarlo…

No sabía si yo podría.