Capítulo 37
James
13 de noviembre de 2007
La casa, con ese olor a polvo y a café viejo, me hacía sentir cada vez más atrapado.
Llevaba horas tumbado en la cama sin moverme, un libro entre las manos que no había sido capaz de leer ni una sola página.
No planeaba salir, pero cuando reaccioné ya estaba vestido con ropa de calle, con el perfume caro impregnado por todo el cuerpo, como si me lo hubiera echado sin pensar.
Cerré la puerta sin hacer ruido.
Ni siquiera había amanecido. El aire frío me golpeó la cara y, con él, volvieron los recuerdos de aquella noche.
A esas horas, la única pregunta que podía hacerme era a dónde se suponía que iba. Y qué pensaba hacer.
Mis piernas avanzaban por su cuenta, como si supieran más que yo. Cuando quise darme cuenta, estaba frente a su portal.
“4A.”
Otra vez.
¿Tocar el timbre a estas horas?
Tampoco era lo más grave; lo realmente inapropiado era estar allí en mitad de la madrugada, temblando delante de su puerta.
Aun así, no me iba.
Ese mismo pomo lo había tocado el día que le devolví sus cosas. El día que la encontré en el suelo. El día que todo se torció.
Apreté la mano en el metal frío.
¿Quién estaría dentro?
¿Sus padres? ¿Quizá durmiendo?
¿Trabajando?
¿Hermanos…?
Ni siquiera sabía si tenía hermanos.
Ladeé la cabeza, incómodo al darme cuenta de cuánto
desconocía de ella… y aun así, allí estaba. Porque, quisiera aceptarlo o no, me gustaba. Mucho.
Y era extraño. Como si algo —no sé qué— nos empujara a acercarnos.
Mi comportamiento en el cumpleaños de Elian fue de cobarde. No podía negarlo.
Y si había venido aquí, a las cinco de la mañana, con el frío filtrándose hasta los huesos, no podía darme la vuelta y fingir que nada había pasado.
Respiré hondo. El aire helado se clavó en mi garganta. Tenía que hacerlo.
Toqué la puerta. Dos golpes.
La luz que se encendió en la ventana me erizó el cuerpo.
Los pasos acercándose hicieron que todo mi pecho se tensara.
El crujido de la puerta. Y su voz:
—¿Qué haces aquí? —No sonaba enfadada. Sonaba dolida. Eso me destrozó más.
Estaba en pijama, con el pelo alborotado. Detrás, la casa vacía con una única luz encendida.
Quería hablar. Pero no podía. Las palabras se me deshacían antes de salir.
El silencio, marcado por el reloj del fondo, me ponía nervioso. Su ceño fruncido me golpeaba como un reproche silencioso.
Y sus ojos… me decían que, si no hablaba ya, lo perdería todo.
—Isabella… —mi voz salió apenas audible—. Necesito hablar contigo.
Ella alzó las cejas, como si dudara de que fuera en serio.
Aun así, abrió un poco más la puerta y me dejó pasar. Asentí, sintiendo mis pasos fríos contra el suelo.
La casa era aún más silenciosa que la calle. Ni animales, ni hojas, nada. Solo la brisa golpeando el cristal.
Estaba en penumbra, iluminada por la luz del pasillo. En una de las paredes, una foto llamó mi atención: Isabella con uniforme escolar, sonriendo junto a una chica idéntica a ella.
¿Gemelas?
La pulsera de la otra chica… me resultaba extrañamente familiar.
—Por aquí, James —dijo Isabella, fulminándome con la mirada.
—Vale… —murmuré, apartando la vista de la foto.
El olor a perfume antiguo se hacía más intenso cuanto más avanzábamos. En su dormitorio, todo estaba tan ordenado que parecía que nadie vivía allí: cama hecha, un vaso de leche fría en la mesita.
Isabella se sentó en el borde y me indicó que me sentara a su lado. La colcha estaba helada.
Le vi la cara mejor: parecía no haber dormido nada. Tenía restos de maquillaje corrido bajo las pestañas.
Se quedó mirando un punto fijo mientras yo buscaba las palabras.
Las correctas.
Las que nunca salían.
—¿Por qué… has venido? —fue ella quien rompió el silencio.
Tragué saliva. Las palabras seguían atascadas. Temía decir algo que la hundiera aún más.
El silencio se alargó tanto que empecé a escuchar mi propia respiración.
Ella se levantó y me dio la espalda, con los brazos cruzados.
—Isabella —logré decir, con una voz que el frío había apagado—. Siento… muchas cosas por ti.
Me cubrí la cara, como si así pudiera soportar su reacción.
—James —alzó la voz, contrastando con la mía—. Yo te dije todo… todo lo que he estado callando.
Se giró. Sus brazos seguían cruzados, y sus ojos estaban llenos de frustración… y algo más que no pude descifrar.
—Es la última oportunidad que voy a permitir para esto, James —sus palabras no temblaron—. No puedo seguir así. Y creo que lo dejé bastante claro en el cumpleaños de Elian.
—Isabella, por favor… —jadeé, intentando liberar las palabras que se me agolpaban—. Me… me gustas mucho.
Ella soltó una risa corta, cargada de sarcasmo.
—No me digas eso si no sabes lo que sientes, James.
Me miró otra vez, buscando una respuesta que yo todavía no podía darle. Y aun así… había una chispa en su gesto.
Una mínima esperanza.
Se tocó el pelo, suavizando la expresión.
A veces basta un simple gesto, una mirada, para saber que quizá… aún no es el final.