Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 35
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Capítulo 35

James

10 de noviembre de 2007

—Mamá, que no hace falta que me ajustes tan bien la camisa

—harto de que me ignorara, le aparté la mano del pecho.

—Ya que sales con camisa… Agh —bufó, pasándose la mano por el pelo—. Sal al menos decente.

—No es nada serio. —entorné los ojos—. Es un cumpleaños, y es de Elian. —remarqué “Elian” para que le quedara claro.

—¿Y no va a haber chicas? —cerró los ojos con el dedo pulgar y el índice—. Estate un poco presentable, hijo.

—Eso me da igual —el aire, espeso, salió de mis pulmones—. Además, ¿para qué voy a dar una buena impresión bien vestido si siempre voy como quiero?

—Porque la primera impresión es la que más hac…

Ring, ring

—¿Sí?

—James, ¿cuándo vienes?

—¿Qué? ¿Qué hora es?

—Las cinco y cuarto.

Colgué y guardé el móvil en el bolsillo.

—Llego tarde. —ladeé la cabeza hacia mi madre.

—Ays, vale. Que vaya bien, hijo.

Me despedí y cerré la puerta detrás de mí. Elian y yo no vivíamos muy lejos, pero tampoco cerca. Tenía que ir a paso ligero si no quería llegar aún más tarde. Qué desastre.

—Hola —jadeé con la lengua fuera mientras Elian me abría la puerta. Llevaba un gorro de cumpleaños, como los que se pone tu primo pequeño.

—Ya te vale —me saludó, negando con la cabeza.

—Te lo juro que no ha sido aposta… Mi mad—

—Shhh —me mandó callar con la mano—. Que da igual, era de esperar —acabó con una leve carcajada.

—Ya…

—Entra, que no muerdo. —señaló hacia dentro.

Al entrar, me sorprendió la cantidad de cabezas apelotonadas. Había mucha gente. Demasiada, diría yo.

—Hola, James —escuché decir a un grupo cuyo nombre no recordaba.

—Buenas —les devolví el gesto con la mano—. ¿Qué tal os va, chicos? —pregunté, como si realmente me importara.

—Bien —respondieron a la vez—. Vamos a por una ronda,

¿te vienes?

—No, gracias, ya iré después. —mentí. No iba a beber. Esta vez no. Tenía que controlarme.

—Venga, nos vemos.

Tenía que encontrar a Elian. No era difícil; ese pelo rubio claro era imposible no reconocerlo. Su regalo seguía en mi mano derecha, sin haber tenido tiempo de dárselo.

Mis ojos buscaban esa mata de pelo rubio… Y al encontrarla…

¿Pelo largo y con ondas…?

Me froté los ojos porque no me creía que estuviera aquí. No se conocen, joder.

Era ella. Me sé todos los rizos de su pelo: rubios, perfectamente definidos, voluminosos…

Necesitaba hablar con ella. Estar así me estaba matando; tenía que explicarle lo que siento. Si no, iba a explotar. Ignorarla no funcionaba. Siempre volvía a mi cabeza, cada noche. En cada sueño.

Tenía que quitarme esto de encima de una vez. No podía

seguir así; era insoportable. Pero… ¿cómo se sentiría ella si voy ahora a hablarle? Después de habernos ignorado

mutuamente durante días…

¿Qué pensará ella?

¿Sentirá algo parecido… o estará mejor así?

Mientras todo eso me cruzaba la cabeza, mi mirada seguía clavada en ella. En cómo se movía, en cómo bailaba junto a Brisa… Estaba algo lejos, no quería que se sintiera observada.

—Ey, James —alzó la voz Elian, sacándome de mi nube. Me cubrí la boca con la mano, como si pudiera esconderme.

—H-hola, Elian. —Un aliento tembloroso se me escapó—. Justo te estaba… buscando. —Señalé la bolsa del regalo—. Esto es para ti. ¡Felicidades! —fingí entusiasmo, y él lo notó.

—Muchas gracias, James —me abrazó.

—No es nada.

—Perdón por no avisarte —soltó de repente.

—¿De qué?

Sus ojos buscaron a Isabella; al encontrarla, negó con la cabeza antes de volver a mí.

—Nada, da igual. No pasa nada. —mentí. Sabía que no tenía derecho a opinar sobre a quién invitaba… pero después de lo del otro día, yo no la habría invitado.

—Sé que no —dijo, clavando su mirada en la mía, como si pudiera leerme por dentro.

—Está bien, Elian. —devolví el aire, pesado—. Creo que tengo que hablar con ella. Esto me está… matando. —los ojos se me humedecieron.

—James, si es lo que quieres, adelante. Dile que salga un momento contigo. Ella lo entenderá —asintió.

—Pero… no creo que quiera saber nada de mí.

—Créeme que sí. Se nota que a esa chica le pasa algo contigo

—suspiró—. Piensa: ¿por qué habría aceptado mi invitación? Ni siquiera me conoce. —tragó saliva—. Ya sabes cómo es mi intuición. Está claro que se muere de ganas de hablar contigo.

—Gracias, de verdad. —una lágrima luchó por salir—. Te hago caso. Voy a hablar con ella.

Fui directo hacia ella. Estaba nervioso, no lo voy a negar, pero saber que Elian me apoyaba me daba algo de valor. Y sí, su intuición siempre ha sido buena.

Al llegar, ella fijó sus ojos en mí. Su expresión se volvió neutra; la sonrisa se le apagó. Eso me frenó un poco.

—Isabella… —con un nudo en la garganta—. ¿Puedes venir un momento fuera?

Brisa la miró y le dio dos palmadas en el hombro, guiñandole un ojo.

—Sí, claro.

Una vez fuera… me bloqueé. Todo lo que había planeado decirle desapareció de mi cabeza, como si una marea repentina se llevara mis palabras antes de que salieran, dejándome solo con el ruido del oleaje en el pecho.

De repente, sus ojos comenzaron a humedecerse, justo antes de que empezaran a caer lágrimas descontroladas.

La atraje a mi pecho. Notaba cómo le temblaba el cuerpo, cómo mi hombro se empapaba.

—Isabella… —la separé un poco para verle la cara—. ¿Qué pasa? —le limpié las lágrimas con los dedos.

Sus ojos chocaron con los míos y su cabeza se ladeó.

—Y-yo… —un hilo de aire roto se le escapó—. Yo…

—Shh, tranquila, Isabella.

Pasó unos minutos mirando al suelo, respirando hondo, como si contara cada exhalación.

Cuando se calmó, nuestros ojos volvieron a encontrarse, casi obligados por el silencio.

—James, no… no aguanto más así —soltó el aire como si doliera.

Mi expresión cambió. Sabía que era duro para los dos… pero no entendía por qué era así. ¿Quizá ignorarnos no le había

sentado tan bien como parecía? Se la veía feliz… o eso pensé.

Sintiéndome como la mierda por arrastrar a otra chica a mi caos, Isabella habló de nuevo.

—Te quiero mucho, James. Y… y no sé por qué, ni cómo. Ni siquiera sé si tú quieres lo mismo. —la voz se le quebró—.

No puedo ignorarte. No puedo hacer como si no existieras. Cada vez que cierro los ojos, te veo a ti. Cada vez que voy a dormir, apareces en mis sueños.

» Recuerdo lo bien que me sentía con mi boca junto a la tuya, compartiendo el aire… compartiéndolo todo. —pausó, la tensión flotando entre los dos—. Quiero dejar de fingir que no siento nada por ti, cuando en verdad lo siento todo. Quizá estoy loca, o quizá no sé hacer esto bien.

» Solo sé que esto es lo que siento, y estar así me está destrozando. —suspiró, cansada—. Fingir que estoy bien, que me lo paso bien sin ti… Que no estás en mi mente… eso me duele. Y mucho. Nunca había sentido algo así, y me da miedo estar desaprovechando por callarme.

» No creo que sientas lo mismo por mí, no quiero hacerme ilusiones. Si me dices que no quieres nada conmigo, lo entenderé. Pasaré página. Pero no puedo seguir fingiendo que esto no me está costando la vida. Ya no podía callármelo, James.

Todo mi mundo se volvió blanco. Ella volvió a llorar. No me había dado cuenta, pero yo también.

La información se arremolinaba en mi cabeza, sin orden. Estaba paralizado. No me parecía real.

Me pellizqué el brazo. Pensé que quizá estaba soñando, que el cansancio me estaba jugando una mala pasada.

Pero no. Ella seguía ahí, hombros caídos, ojos algo más vivos.

—Isabella… yo… —no había forma humana de estar a su altura. Ni siquiera sabía lo que sentía. Tantos días reprimiéndome que ya no sabía lo que quería—. Te puedo asegurar que yo… siento algo por ti —solté un quejido leve—

. Pero… —me pasé las manos por la cabeza—. Necesito… tiempo.

Decir esas dos pequeñas palabras me destrozó. No quería que pensara que la rechazaba. No era eso.

Pero si mi cabeza era un nido de enredaderas, ¿cómo iba a darle algo claro?

Primero tenía que… desenredarme.

Sus ojos cansados volvieron al suelo. Sus manos empezaron a temblar.

Mierda. No era lo que quería.

—Está bien, James… —susurró—. Tómate tu tiempo. — asintió, hundiendo aún más los hombros.

Su voz apagada me atravesó como hielo. Se agarró a las caderas, temblorosa. Una sonrisa mínima apareció… y desapareció al instante. Una sonrisa que escondía algo.

Cuando por fin levanté la vista, ya se había girado. El sonido de sus pasos alejándose…

Eso fue lo último que escuché antes de quedarme solo, otra vez, con todo lo que no fui capaz de decir.