Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 33
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Capítulo 33

James

6 de noviembre

Estaba cansado. Ayer fue un día horrible, con todas las letras y había dormido entre poco y nada.

Pero hoy era un nuevo día. Tenía que pasar página y dejar a Isabella a un lado, no podía seguir así. Si ayer se fue, será por algo. Y no, no la culpo. Estoy siendo demasiado pesado, ya la he arrastrado bastante y aunque duela, tengo que dejarlo estar.

Me puse la mejor ropa que tenía, a ver si me subía un poco el ánimo y me fui a clase. Al menos, las primeras horas no las tenía con ella. El problema era natación, aunque al menos el entrenador ya no nos hace juegos por parejas.

Tocó la sirena y por fin nos pudimos ir de clase. Me había hablado Elian, diciéndome si quería ir con él en el recreo. Lo agradecí, porque justamente ir con mi grupo no era lo que más me apetecía, sabiendo que ella ahora va con ellos.

—Eyy —escuche la voz de Elian, detrás de mí— ¿Qué tal estás?

—Hola. Bien ¿y tú?

—Mejor que ayer y peor que mañana. —soltó una carcajada

—¿Has desayunado payaso? —pregunté riéndome también.

—Ja, ja, ja.

—¿Tenías algo que decirme? —Esta vez cambié el tono.

—Si.

—Sorpréndeme.

—Como creo que ya sabrás… Dentro… de….

—Deja de ponerle tensión, ve al rollo anda.

—Vale vale, aguafiestas. —frunció el ceño. —Dentro de 4 días es mi cumpleaños.

—Cada día más viejo eh —dándole toques en la espalda.

—Si. Pues eso, que voy a hacer una fiesta de cumpleaños.

—¿Estoy invitado?

—No, tu no, que me caes mal. Te lo decía para darte envidia solo. —enarcó las cejas —¿Tú qué crees? Yo ya contaba con que venías… Tengo una cosa preparada para tí. —me guiñó el ojo.

—No me vas a volver a poner un gorro de gamba en la cabeza. —se me escapó la risa al acordarme de ese momento.

—¿Quién ha dicho que es de gamba? No soy tan poco original.

—Ja, ja, ja.

—Bueno —vaciló antes de hablar—Este sábado a las cinco de la tarde te espero en mi casa.

—Me parece bien. ¿Es obligatorio ir?

—Eres tonto.

—A veces sí. Una pregunta —me rasqué la nuca— ¿Quién va a ir?

—Pues… Se lo tengo que comentar a los demás, a ver si pueden. —hizo una pausa— Tengo planeado invitar a mis amigos y a algunos amigos tuyos.

—Vale.

—En mi casa cabemos muchos, y mis padres no estarán.

—Ohhh.

—Si, me ha venido genial que justo se tengan que ir. — suspiró— ¿Quieres que traiga a alguna chica?

—No, me da igual. Es tu cumpleaños, haz lo que quieras.

—Tienes razón. Justo sonó el timbre.

—Pues nos vemos, Elian. Que vaya bien.

—Si. Tu no te ahogues nadando.

Simplemente, Elian.

Lo más peligroso de ir a natación no era el hecho de poder ahogarme, ni mucho menos.

Eso era lo que menos me preocupaba. El problema estaba en Isabella.

No quería ni verle la cara, porque sabía que si simplemente mis ojos se posaran en ella unos solos segundos, mi cuerpo se volvería débil ante ella. Y mi mente mucho más. Si de tan solo

pensarlo me ponía a darle vueltas a todo… Ese beso…

Esas miradas… Esas lágrimas…

No me quiero imaginar como me voy a poner cuando la vea.

Afortunadamente, ella se había puesto separada de los demás, en una piscina aparte. No la había visto, solo llegué a esa conclusión al ver su bolsa al lado de la otra piscina.

Las clases de natación se me hicieron cortas, solo estaba enfocado en nadar, en pensar los momentos en los que tenía que coger aire…

y todo eso. Solo estaba concentrado en ese momento, en nada más.

Deseaba estar más rato ahí, sin preocuparme.

Cuándo el entrenador nos dijo que fuéramos saliendo, estuve a punto de suplicarle quedarme un rato más, pero eso no funcionaba, ya lo había comprobado varias veces.

Desilusionado, caminé hacia el vestuario y me puse la ropa de clase. Pasar otras dos horas sentado en esas espantosas sillas verdes no era mi máximo sueño, pero era lo que tocaba. Y encima tener que soportar a veinte chimpancés que tenía como compañeros de clase.

Salí de ahí y con cara de pena le dije adiós al entrenador, que me respondió con una de sus sonrisas de siempre.

Lo peor del día llegaba ahora, estas clases las compartía con ella.

Mi plan era sentarme en la otra esquina de donde se sienta ella.

Pero claro, para eso hay que ser rápido para que no me quiten el sitio.

Lo cual es lo más probable porque ella se sienta en primera fila, y en mi clase las últimas filas siempre son las que primero se llenan.

Así que me tocaba correr si o si, si no me iba a tocar en su misma fila.

Ni siquiera sabía porque le estaba dando vueltas a lo mismo, todo el rato. Había dicho que no iba a pensar en ella… Y es lo único que estoy haciendo. Quizá sería mucho más fácil

simplemente ignorarla, dejarla pasar… Pero me conozco.

Conozco mi mente y lo que tengo claro es que no voy a soportar ni siquiera una hora de clase cerca de ella.

Porque se que mi cabeza me fallaría, las ganas me ganarían —nunca mejor dicho— y acabaría hablando.

Eso solo lo empeoraría todo, definitivamente.

Con la cabeza en otro mundo, entré por la puerta del instituto. Solo veía a gente moverse. Mucha gente. Gente desagradable. Supuse que ya había tocado la sirena y que por ende ya empezaban las clases. Empecé a correr hacia mi clase porque estaba lejos, y no iba a llegar.

Por suerte, algunos de los monos que se sentaban atrás no habían venido —o quizá llegaban más tarde que yo— así que me pude sentar lejos de ella.

Las clases pasaron lentas, como siempre. Tenía ganas de llegar a casa y despejarme de alguna manera. Hacía días que no salía a la terraza a leer, y creo que tomar el aire me puede venir bastante bien.

Entré en mi cuarto y tiré la mochila al suelo, como de costumbre.

Aun con el estómago cerrado conseguí comer algo, al menos para mantenerme en pie. Subí corriendo con el libro que me estaba leyendo en la mano y me senté a leer. La brisa era algo fresca, pero justo a esa hora pegaba el sol y estaba bien.

Otra vez había una chica en el balcón de enfrente. Parece que quedamos para salir a la vez. O es que quizá nuestras vidas son parecidas y usamos el mismo rato de descanso. ¿Qué pasaría por la cabeza de esa chica?

Me concentré en el libro intentando ignorar el hecho de que esa chica estaba girada hacia mi dirección. Al fin, cuando

había pillado el hilo de la historia me llegó un mensaje. Maldecí antes de ir a por el móvil, que lo había dejado en la zona cubierta de la terraza. Era Elian.

Elian

—Espero que estés en casa.

¿Ahora? ¿A las cuatro de la tarde? Me han cambiado de Elian, no me cansaré de repetirlo.

—Si, claro.

¿Hoy no era tu fiesta de cumpleaños, no?

Ni siquiera se porque me molesto en contestar, ya se que está aqu…

—Pues sí que estás en casa si. —con la lengua fuera, Elian me sorprendió detrás de mí.

Pegué un brinco del susto.

—Tío, nunca has sido tan rápido. ¿No has tocado el timbre?

—Tengo contactos. —soltó una carcajada, mientras me enseñaba el manojo de llaves que tenía dando vueltas sobre su dedo.

—Se me había olvidado completamente. —me llevé las manos a la boca al acordarme de que le había dado una copia de las llaves de mi casa.

—Ya te veo ya —tragó saliva— Oye ¿Qué haces aquí? — preguntó ladeando la cabeza.

—Leer. Aquí me da el aire. —señalé el libro que hace unos segundos tenía en la mano.

—Ya claro. —señaló con la cabeza hacia el balcón de la chica.

—¿Qué?

—Que escondido te tenías que quedabas con la chica nueva ehh —me dió dos golpes en el hombro —Ya sabía yo que os conocéis de algo… Pero ¿Desde el balcón? —alzó las cejas—No sabía que eras tan romántico.

Me quedé sin aire en los pulmones. Y creo que él lo notó.

—¿Tanto te jode que descubra tú… secreto? Yo que pensaba que me lo contabas tod…

—¿Cómo que la chica nueva? —interrumpí, haciendo un esfuerzo por hablar.

—Si, la chica nueva. La guapa esa que te dije. —soltó el aire, haciendo ruido— Isabella creo que era.

¿Qué?

¿Isabella?

¿Ella era la chica del balcón?

—Cuándo te digo que vayas a mirarte la vista lo digo en serio eh. No se como no has sido capaz de reconocerla, se nota desde lejos que es ella.

Yo solo veía esa mata de pelo rubio… Esa altura… ¿Cómo no me he podido dar cuenta antes? Está claro que es ella… Espera. ¿Qué hace ella mirando hacia mi? ¿Acaso sabe quien soy?

Yo solo quería despejarme, tomar el aire… Mientras leía. Tranquilizarme y olvidarme de todo. ¿Y ahora esto? Me ha estado viendo todos estos días y yo ni siquiera lo sabía.

No se que me resultaba más loco, si el hecho de que sea ella o que nunca me lo haya dicho. Tampoco es que tuviéramos esa confianza pero… No sé, es algo que se debería decir.

—Chis —vi como una mano cruzaba dentro de mi campo de visión— Que te has quedado empanado.

—Hostia. —ladeé la cabeza —Perdón.

—¿En qué estabas pensando?

—En que estaba muy contento leyendo el libro y ahora de repente vienes tú a decirme que ella es Isabella. —solté, casi de carrerilla. Como si me lo llevara aguantando toda una vida.

—Guau. ¿Qué te pasa con Isabella?

La pregunta del millón.

¿Qué me pasa con Isabella?

Es algo que me llevo preguntando desde ese día.

Dude. Claro que dude en sí lo mejor sería decirle la verdad o callarlo, como bien he estado haciendo. Maldito Elian.

—Nada, solo que me parece guapa. —no mentí en todo. Ella me parecía guap… No, no iba a pensar más así de ella.

—Ah. ¿Y esto del balcón…? —Era la clase de mirada que no exigía explicaciones, porque ya las tenía todas.

—No tenía ni idea de que era ella. —esta vez, fui con la verdad. —Te lo juro, Elian. Si lo hubiera sabido no saldría aquí solo a leer —intenté sonar gracioso, darle un poco de humor a la situación. Pero su cara no cambió.

—Ya claro. —los ojos se le entrecerraron, cargados de picardía y complicidad. —¿Y porque te has puesto tan nervioso?

—¿Nervioso? —el cuello me ardió al intentar pasar saliva. —

¿Yo? —me señalé con el dedo índice —¿Cuándo me he puesto nervioso?

—A mi no me mientas. Te conozco. —me sostuvo la mirada con un brillo burlón, como si dijera sin hablar: “ya lo sé”. — Te temblaban los ojos. Y estabas empanado, mirando al suelo.

—Ah ya. Pero eso es… —moví la nuez con esfuerzo, como si algo me estorbara al hablar. —Del cansancio.

Mierda. ¿Por qué se me daba tan mal mentir? Así era imposible que me creyera.

—Escucha —tragó saliva— Se que contigo esto es imposible.

No voy a conseguir que me digas lo que te pasa o que te desahogues conmigo, y lo sé.

—suspiró— Pero quiero que sepas que me puedes contar lo que quieras.

No te voy a juzgar. No se lo voy a contar a nadie.

No voy a ignorarte. — empezó a enumerar con los dedos.

Perplejo, se me humedecieron los ojos. Ya lo sabía, sabía que se lo podía contar. Pero no podía. No. Era imposible. No me

salía. No estaba acostumbrado a contar mis cosas. No era capaz.

—Si, lo sé. Gracias Elian. —con la voz entrecortada, mientras me aguantaba las lágrimas.

—¿Quieres hablar?

—No, Elian. Así está bien. —miré hacia los lados, buscando que alguien me salvara—¿Puedes dejarme solo? Quiero… pensar un rato.

—Si, lo que quieras.

—Gracias Elian.

—De nada.

Y se fue. Y yo me quedé allí, sentado en esa silla de madera, con el libro en la mesa que tenía al lado.

Ya ni siquiera iba a poder salir a la terraza a tomar el aire. Sin darme cuenta… esto me estaba persiguiendo mucho más de lo que quería. Me está pasando lo que no quería que pasara, por lo que me quise alejar de ella desde un principio.

Pensé que al alejarme… no dolería tanto, no llegaría a este punto. Así que quizás… ¿lo esté haciendo mal? Quizá tendría que seguir a mi corazón…