Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 31
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Capítulo 31

James

5 de noviembre de 2007

Hoy ha sido una mañana agotadora. Isabella no había asistido a ninguna clase, ni siquiera a las dos horas de natación.

Y Elian… Elian estaba rarísimo. Se había pegado toda la mañana preguntándome cosas. Y no cualquier cosa. Todas las preguntas estaban relacionadas con mi padre.

Sabía que era curioso, pero no hasta este punto. Había cosas que él ya sabía, que le había contado antes, pero él aún así sacaba ese tema.

No entendía lo que quería, el por qué de este interrogatorio. Quizá simplemente se ha levantado curioso, es lo normal en él.

Tumbado en la cama, mientras miraba al techo esperando a que me diera una respuesta de que hacer… Una brisa otoñal cruzó la ventana de mi habitación, calando en mi cuerpo.

Recordando que el tan esperado tiempo de otoño —al menos para mi— había llegado, dejando atrás esos calurosos y agobiantes días de calor.

Así que, me levanté. Abrí el armario y elegí unos pantalones anchos y una sudadera calentita. Me calcé las zapatillas altas y me dirigí a la puerta. Hoy hacía una tarde perfecta para salir a pasear y no la iba a desaprovechar.

Con la mano ya apoyada sobre el manillar, un brazo me tocó la espalda.

Oh no, era mi madre.

—¿A dónde vas? —tenía sus ojos clavados en los mios.

—A dar un paseo, hace buena tarde.

—De eso nada —mientras negaba con la cabeza, de un lado a otro. —Llevas varios días saliendo.

—¿Y qué más da? —enarqué una ceja.

—Cariño… Es mejor que no salgas.

—Necesito salir a tomar el aire, mamá. —no entendía porque no me dejaba salir.

—Sal a la terraza entonces, hijo.

—Mamá, me voy a ir —volví a posar mi mano en el manillar

—Serán solo veinte minutos, te lo prometo.

—Haz lo que quieras.

Me lo tomé como un si y abrí la puerta. Tenía razón, hacía una temperatura perfecta, ni frío ni calor. Podía llevar pantalón largo y sudadera sin que me molestara, era ideal.

Sabía que esto me iba a venir bien. Este momento de desconexión, aunque solo sean los veinte minutos que le he prometido a mi madre. Salir de esa casa, en la que mi madre pasaba desapercibida o lloraba, y mi padre no aparecía.

Quería escapar de allí lo antes posible.

Necesitaba despejarme. Y como no era la primera vez que lo había hecho, ya tenía un lugar perfecto.

Estaba lejos de mi casa, a unos diez minutos andando. Total, si ya he conseguido salir de casa sin el permiso de mi madre, no creo que le importe mucho que esté más de veinte minutos fuera. Probablemente se acabará durmiendo, y para cuando yo vuelva ella seguirá igual.

Tenía miedo de encontrarme con gente conocida por la calle, ya que empezarían a hablar y decirles a los demás que estaba solo por la calle, y lo más probable es que escandalicen esa versión para así asustar a mi madre.

Es lo que normalmente pasaba por este barrio, una vez te conocen cualquier cosa “fuera de lo normal” que hagas lo van ha usar en tu contra.

Pero, para mi suerte, no había nadie por la calle. Era un barrio completamente desierto, y no entendía por qué. Quizá por que los lunes la gente no suele salir, pero me parece un desperdicio con el buen tiempo que hace hoy. Igualmente, lo agradezco.

Mi lugar de escape estaba solo a una calle. Me sorprendió el olor que llegaba a mi nariz cada vez que me acercaba, un olor que se me hacia… algo reconocido.

Nada más llegar… un escalofrío me recorrió la espalda. Las

piernas no respondían, como si el simple hecho de verla…

me hubiera dejado clavado en el suelo. La reconocí de inmediato, aunque no supe qué hacer con esa certeza.

Solo me quedé mirando, atrapado entre acercarme o esconderme.

Ella ni siquiera se dió cuenta de que yo estaba ahí, parado, observándola fijamente.

Una parte de mi quería que se diera cuenta, que se girara y poder ver su reacción.

Todo se convirtió en ruido, mi cabeza era un caos: la culpa, el miedo, las ganas de correr hacia ella y, al mismo tiempo, de desaparecer. Me mordí el labio, pensando sin avanzar. Lo único que tenía claro era que verla ahí, tan cerca y tan ajena, me quemaba más que cualquier otra cosa.

Ella se giró. Su mirada, sus ojos… Esos preciosos ojos, estaban vacíos. Ni siquiera se distinguían los dos colores de sus ojos. Se habían vuelto oscuros, como si se hubieran llevado su brillo. A su vez, parecían más pequeños, quizá

hinchados…

—¿Q-que? —balbuceó.

Pasmado, intenté hablar, pero las palabras no querían cruzar mi garganta, se quedaron allí, atrapadas.

Al fijarme más en Isabella, vi su pelo. Sus bonitos rizos ni siquiera se apreciaban, puesto que llevaba el pelo hasta arriba de nudos.

—Eh… —murmuró, a la vez que se intentaba desenredar el pelo, con ambas manos.

—¿Qué haces a-aquí?—las palabras al fin se escaparon de mi boca.

Nada más preguntarle, Isabella se derrumbó, delante de mí. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, descontroladas. Sus manos adoptaron un ritmo cada vez más rápido.

—Tranquila, Isabella —me acerqué a ella, sin saber muy bien cómo consolarla.

Ella asintió levemente con la cabeza, lo que intuí que significaba que podía acercarme a ella. Juntamos nuestros cuerpos y fundimos nuestros brazos en un abrazo, uno del que ninguno de los dos teníamos intención de terminar.

Notaba su fuerte respiración rebotando sobre mi pecho, a la vez que su corazón, latiendo sin control, como si estuviera luchando por salir de su pecho.

Acaricié su espalda con mis manos, sin saber si lo estaba haciendo bien.

Yo solo quería , en este momento, tranquilizarla, bajar esas pulsaciones y sobre todo, ayudarla a respirar.

Nunca me ha tocado calmar a alguien en este estado.

Simplemente hacía lo que me hubiera gustado que me hicieran a mi.

Recuerdo todas las noches que me daban ataques, y solo me tenía a mi mismo.

Supongo que hay que sacar el lado bueno de las cosas.

Dentro de lo que cabe, lo bueno es que tengo algo de idea de cómo actuar en estos casos.

Poco a poco, noté como su pecho subía y bajaba más lento, adecuándose a mis lentas respiraciones, por las que estaba luchando para que no subieran el ritmo. Su pulso empezó a

disminuir, pues cada vez lo notaba chocar menos contra mi pecho.

Sus temblores empezaron también a cesar y sus dedos dejaron de chocar los unos con los otros.

Lentamente, me fui separando de ella. Isabella hizo el amago de soltar sus brazos de mi espalda pero se arrepintió, y volvieron al mismo lugar que antes.

Quizá estaba siendo algo precipitado al intentar separarme, pero es que todo mi cuerpo me lo pedía, simplemente para mirarle a la cara, y también comprobar si sus preciosos ojos habían vuelto a su color, con una simple pizca me servía.

Permanecimos el uno junto al otro durante unos diez minutos, aunque para mi cabeza habían sido diez segundos. El reloj no mentía en esos casos.

Ahora si, una vez separados pude clavar mis ojos en ella, en toda ella.

Incluso después de llorar… Dios mio, esta chica era guapísima en todos los aspectos. De verdad que era de revista, no me lo explicaba. Aparte, sus ojos la hacían aún más especial. Estos habían recuperado algo de color, ya no se le

veían tan vacios, ni mucho menos. El simple hecho de creer haberla ayudado me complacía, me hacía sentir algo. Me hacía sentir suficiente. Aunque, a la vez, me asustaba.

—G-Gra…

—Shh —la interrumpí, tapando suavemente sus labios con mi dedo. —No hace falta… que digas nada.

Ella movió la cabeza de arriba a abajo.

Cruzamos nuestras miradas durante un segundo, donde todo lo de alrededor dejó de importarme, y consiguió despertar mil emociones en mi cabeza.

Desesperado por volver a experimentarlas, volví a clavar mis vista en ella.

No tardó en darse cuenta. De repente, me sentía cómo en casa, igual que cuándo estás en el sofá, leyendo, justo al lado de la chimenea; el calor que sube despacio, la calma que te envuelve, el tiempo que parece detenerse...

Me transmitió ese mismo sentimiento, tan mundano, que simplemente era perfecto.

Y supe que, desde ese segundo, nada volvería a ser suficiente sin esa sensación.

Quería más de ella. Mucho más.

Mis ojos bajaron hacia su nariz, que tenía esa delicadeza exacta que invitaba a acercarse, a descubrirla más de cerca.

Nuestras frentes permanecen casi completamente juntas, solo una leve brisa podía pasar por ahí.

Su tímida mirada se cruzó con mis labios, disparando mi pulso cardiaco.

Temía que lo notara, hasta que mis ojos descendieron hacia su lengua, humedeciendo sus labios con un gesto que me desarmó incluso más de lo que estaba.

Mis ojos empezaron a cerrarse, junto a los suyos… Estaba tan cerca que podía sentir su respiración mezclándose con la mía.

Pero entonces, como un golpe seco, la idea me atravesó: iba a arrastrarla conmigo, al mismo infierno del que no sabía salir. Ella no merecía eso.

Me aparté de golpe. Noté como mi mandíbula se tensaba, a la vez que mi cuerpo ardía. No quería verla, no ahora. No iba a ser capaz, no podría soportarlo. Me giré y encendí un cigarrillo, de los que le quitaba a mi madre.

“Vas a destruirla”

“No la vas a arrastrar” “Ella está mejor así”

Tiré el cigarrillo, ni siquiera me gustaba.

Isabella me miraba. Con sus ojos clavados en mí, buscando explicaciones. Me estaba poniendo cada vez más nervioso y todas las ideas que tenía estaban paralizadas. No sabía cómo explicarle lo que pensaba, que la iba a arrastrar, que eso no estaba bien… Era inutil intentarlo.

El juego de miradas que teníamos entre nosotros era insoportable. Aunque me costara admitirlo, no quería que llegase a su fin.

Espeso, el aire soplaba cada vez con más fuerza, y el frío entraba por debajo de nuestras camisetas, erizandose aún más nuestra piel.

Di un paso hacia ella. Inconscientemente, mi mano se posó sobre su cara. El calor de su piel me atravesó como una descarga, una chispa que me recorrió de pies a cabeza. Aparté

la mano de golpe, como si me hubiera quemado. Su cálida piel… contrastada con el frío del callejón.

Isabella me miraba, sin entender nada. Estaba vacía. Completamente. Solo podía ver como miraba fijamente al suelo, confundida, sin decir ni una sola palabra.

Eso me golpeó mucho más que cualquier palabra, que cualquier puñetazo.

Eso dolía mucho más.

Avergonzado, me pasé una mano por el pelo.

—No, no… —exhalé, como si estuviera soltando un peso invisible. —No debía de… pero quería… y- y —mis dos manos acabaron sobre mi cabeza.

Ya está, ya tienes lo que querías.

¿Qué? Yo no… quería…

¿Y? Ya la has destrozado.

P-pero… yo…

Sabes que no se merece a alguien así, como tú. Nadie se lo merece.

¿No te has dado cuenta? Tú eres el problema.

Entre en trance con mi cabeza, y cuando me quise dar cuenta, Isabella ya se había marchado.

Otra prueba de que no eres suficiente.