Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 30
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Capítulo 30

Isabella

​5​ ​de noviembre de 2007

Tenía ya todo listo, estaba totalmente preparada para volver a clase. Y lo raro era la hora, ya que eran… Eran solo las seis de la mañana. Si, las seis. Y yo tenía que subirme en el primer bus que pasaba por aquí, el de las siete y media.

Aún me quedaba un buen rato en casa, mirando a las musarañas.

Mi horario habitual para despertarme es a las seis y media, así que si ni quiera debería estar despierta ahora.

Mis ojos, sin ningún tipo de motivo, han comenzado a abrirse cerca de las cuatro y cuarto de la mañana. Mi cuerpo ha permanecido inmovil, en la cama tirado durante una media hora.

Hasta que me he agobiado por completo, ahí es cuando me he levantado, “empezando” un nuevo día.

Como no tenía otra cosa que hacer, bajé al sofá del comedor a ver la tele, con el volumen bastante bajo. Para no despertar a mi madre, que tendría que estar en su habitación, durmiendo.

En la televisión, como era de esperar, no echaban nada entretenido.

La programación a estas horas no era la mejor, la verdad.

Cambié mil veces de canal, y al final me quedé viendo un programa en el que hacían entrevistas.

Era como el programa comodín, que siempre estaba en horas aleatorias, no estaba nada mal.

Un golpe seco en la puerta de casa recorrió mi espalda dejándome el corazón desbocado. Me quedé helada. Lo primero que pensé fue que sería imaginación mía, por el cansancio. O incluso un gato, el viento… Había muchas posibilidades, no todo tenía porque ser algo ma...

Todas desaparecieron cuando escuché pasos. Pasos. Dentro de mi casa. Y no parecían de una persona… parecían de dos.

Asustada, apagué la tele y me puse a buscar cualquier lugar donde esconderme.

Me di un golpe en la cabeza, pero al final conseguí meterme.

Estaba debajo de la mesa, aquella mesa grande donde no habíamos comido ni una sola vez.

Era lo más accesible, aunque también lo más obvio.

Al menos tenía un mantel que tapaba la parte de debajo, donde yo estaba escondida.

Mis piernas intentaban moverse solas, con el mismo ritmo que los dedos de mis manos, que luchaban por no hacer ruido contra el suelo.

Sentía que en cualquier momento me matarían. Aquí, debajo de la mesa de mi casa. La misma mesa que nunca hemos usado todos juntos. Qué cosa más triste.

Los pasos, cada vez más cercanos, empezaron a frustrarme.

No sabía con certeza hacia dónde iban, y ni siquiera sabía de quienes provenían.

Mi cabeza luchaba por levantar un trozo de mantel, mientras mis ojos me gritaban que observara todo.

Sin embargo, por más que yo quisiera, no era capaz de asomarme, de correr ese peligro.

El ruido de los pasos cesó. Aunque seguían en casa, quizá habían subido al segundo piso… o estaban sentados. Lo que me dió a pensar que ¿Qué tipo de asesino, ladrón o lo que sea se sienta en la casa que quiere atracar? ¿Están cansados?

El corazón me golpeaba el pecho como si quisiera huir antes que yo, pero aun así, me armé de valor. Cogí aire y… aparté, con mucho cuidado, una parte del mantel.

Mis ojos, al fin libres, se querían fijar en todo. Al fin y al cabo, quería ver a… alguien. O al menos a algo. Pero lo que no podía era estar escondida en mi propia “casa” sin saber qué estaba pasando.

Para mi sorpresa, no vi a nadie. No había ninguna luz encendida. Era como si la casa estuviera en pausa, como si no hubiera pasado nada. No estaba loca, había escuchado pasos. Y el sonido de la puerta.

Estaba batallando entre huir, subir para arriba, quedarme aquí… No tenía nada claro. Aunque quizá lo mejor sería esperar… No ¿Esperar a qué? ¿A que me mataran?

Mientras batallaba en mi cabeza sobre lo qué debía hacer, vi un reflejo.

Venía del piso de arriba. Verlo desde debajo de la mesa era algo complicado, pero podía notar como había más iluminación que hace unos minutos.

Aunque quizá, todo era fruto de mi imaginación, cualquier cosa era de esperar.

Total, ya era todo lo suficiente irrealista.

Ahora sí que decidí esperar. Unos golpes provenientes del piso de arriba me aceleraron las pulsaciones, como si acabara de correr una maratón.

Los ruidos no cesaban y con ello, mi cuerpo temblaba aún más.

Mis pies decidieron empezar a hacer ruido, chocando con el suelo cada vez más y más fuera.

El aire parecía retenido en mis pulmones, cuando escuché un portazo.

Y después de ese estruendo… Pasos. Pasos que cada vez sabía que se iban acercando más, ya que cada vez los escuchaba más fuertes.

Me mordí el labio para no dejar escapar un grito, cuando escuché voces. Eran dos personas, eso estaba claro…

Las zapatillas que vi desde debajo de la mesa me dejaron con la boca completamente abierta. Con mil pensamientos rebotando dentro de mi cabeza. Todo mi cuerpo estaba preparado para huir, pero yo seguía clavada ahí, sin poder

siquiera pensar de quién eran esas zapatillas, y por que se me hacían tan reconocidas.

Quería saber porque mi cuerpo había reaccionado de esa manera. Porque parecía que todas mis articulaciones y músculos sabían algo más que mi cabeza.

Tensa, apoye ambas manos sobre mi cabeza, como si eso me hiciera acordarme…

Las zapatillas grises, en las cuales había dibujadas unas

cuantas rayas rojas… Esa suela, desgastada, haciendo ver que eran viejas…

Mierda, eran las zapatillas de mi madre.

Me pegué un golpe en la cabeza por tardar tanto en acordarme.

Eran las zapatillas que le regalé a mi madre por su cumpleaños.

Sí, yo se las regalé a ella, hace dos o tres años.

Y desde entonces, nunca la he visto con otro par de zapatillas.

Las reconocía, reconocía ese desgaste y esas marcas, también la suciedad que las convertía ahora en grises.

Era imposible que fuera mi madre, aquello no tenía ni pies ni cabeza. Hay muchas más zapatillas así… y no creo que mi

madre este entrando a robar en mi casa. No, no tenía sentido. Esa no era mi mad…

—Albert, deberíamos irnos —la voz de una mujer, resonó en mi interior, dejándome aún más perpleja.

Vale, tenía razón. Si que es mi madre. Mi madre y ¿Albert?

—Vale, ya van a ser las seis y media. —respondió, el que supuse que sería “Albert”.

¿Qué?

A las seis y media. A la hora a la que me levanto todos los días. Eso quiere decir que… ¿Saben mi horario?

Esa pregunta me llevó a otra, y otra y otra. ¿Cuántas veces han hecho lo mismo?

¿Debería salir y asustarlos? ¿O mejor callarme e ignorarlo por completo?

Mi cuerpo, indeciso, me iba dando señales de que él quería salir de ahí. Salir y que vieran que les he pillado. Mientras mi mente, por el contrario, me decía que lo mejor sería quedarme

aquí, volver a la cama y despertarme como si nada hubiera pasado. ¿Cómo iba a hacer eso? Era imposible.

Me quedé de piedra cuando ellos decidieron responder por mí, y mover la mesa. La mesa donde yo estaba escondida.

Salí de mi escondite, no me quedaba otra.

Y en efecto, me encontré con la cara de mi madre.

Solo le veía los ojos verdes, que estaban a punto de salirse de las órbitas.

Al lado, estaba un hombre “Albert”, por lo que había escuchado.

Vestía con chándal y una camiseta de manga corta.

Llevaba gafas, y tenía los ojos más oscuros que había visto en toda mi vida.

Mi madre abrió la boca, intentando decir algo. Nada más abrirla, un olor a Whiskey se coló por mi nariz. Era de esperar, me habría sorprendido más si fuera sobria. Albert no se enteraba de nada, permanecía ahí, quieto, con la misma expresión de tranquilidad todo el rato.

Vaya dos.

Ambos se miraron durante unos segundos, sin decir nada. Y después me miraron a mi. Un frío repentino me subió por la espalda, erizándome la piel.

Mi madre le dió un pequeño golpe a Albert en la espalda.

—Isabella, vete de aquí. —murmuró Albert, dándose por aludido.

¿Por qué narices se sabe mi nombre? ¿Y porque me está echando de mi casa?

—Vivo aquí. —articulé, mientras alzaba ambas cejas.

—Lo sé, pero te tienes que ir. —giró su cabeza hasta mirar a mi madre, buscando su aprobación con la mirada.

—¿Cómo está papá? —cambié completamente de tema, enfocándome en mi madre.

—Ni se te ocurra volver a mencionar a tu padre. —gruñó ella, con las manos apretadas.

—¿Cómo está tu marido? —volví a preguntar.

Ni siquiera sabía que estaba haciendo. Y mucho menos de donde estaba sacando este valor para preguntarle tan

directamente, aunque lo más probable es que sea del cansancio o incluso de la adrenalina del momento.

Albert volvió a cruzar su mirada con la de mi madre, pero esta era distinta. Sus párpados apenas se movían, pero la intensidad de sus ojos dejaba claro que la verdad había llegado demasiado tarde, y de una muy mala manera.

Seguidamente, Albert se llevó las manos a la cabeza y abrió la boca. No le salió ninguna palabra, simplemente se escuchaban gruñidos.

Mi madre me soltó una mirada amenazadora, que me sacó de mi mundo, de mis pensamientos vengativos, que se habían formado al descubrir su secreto. Y no solo yo, si no también él.

—Isabella vete de aquí ahora mismo. —alzaba cada vez más la voz.

—¡Tú te tienes que ir! —soltó Albert, con las manos aún en la cabeza. —¡Eres una GU-A-RRA! —enfatizó en la última palabra.

—Te equivocas —titubéo mi madre, perdiendo la confianza en su voz. —Isabella, estás castigada de por vida.

—¿Me vas a castigar por preguntarte por tu marido? Osea, mi padre. —esta vez yo era la que alzaba la voz.

—De verdad, n-no me lo puedo creer. —murmuraba Albert

— Lyra, por dios.

Mi madre no contestó. En cambio, se iba acercando más y más a mi, poco a poco.

—Mamá, alejate.

—¡No! ¡Todo esto es por tu culpa!

Noté como alguien me agarraba del brazo.

Intenté separarme, quitar esa mano de encima de mi brazo. No podía, era como si estuviera pegada.

Grité, sollocé.

Mi madre no tenía intención de parar. Yo no tenía intención de perder.

Como pude, logré separarme de ella y salir corriendo. Vi como Albert me miraba, con los ojos enormes y las cejas enarcadas. Mi madre, en cambio, se limitaba a aplaudir.

Corrí. Corrí como si me estuvieran persiguiendo, hasta llegar a una calle que siempre estaba vacía. Me senté en un portal, y lo primero que se me vino a la cabeza… ¿Qué estará haciendo James en este momento?