Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 29
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Capítulo 29

James

​4​ ​de noviembre de 2007

Lo primero que he hecho al levantarme ha sido recoger el álbum de fotos. Bueno… mejor dicho, esconderlo. No quería volver a verlo. Pensé que sería una buena idea, pero no.

La foto… esa foto…

Estuve a punto de sacarla, coger un mechero y prenderle fuego. El problema es que, por mucho que quemara la foto, eso seguiría estando ahí. Ese momento, junto con lo que

sentí… eso no se borra.

Ya lo había aceptado: ese recuerdo se queda, como si fuera su sitio, como si se hubiera agarrado a algún hueco de mi cabeza del que no pienso conseguir despegarlo nunca.

Fui a desayunar mientras me planteaba mi vida. Era domingo y, como ya habían pasado varios días desde el tiroteo y

supuestamente todo estaba “arreglado”, mañana tocaba volver a clase. No es que me hiciera ilusión, pero al menos me mantendría ocupado.

Tener tiempo libre ahora solo significaba quedarme a solas con mi cabeza. Normalmente me gustaba, podía hacer lo que quisiera… pero ahora no. Ahora, quizá, necesitaba a alguien.

Abrumado, me pasé una mano por el pelo y lo despeiné. Recogí el desayuno y tiré lo que había sobrado, porque ni siquiera pude terminármelo: tenía el estómago cerrado.

Con más razón después de lo de ayer… Me encontré a Isabella. Al verla otra vez, sentí el corazón darme un vuelco. Me quedé atrapado en mí mismo, intentando no mirarla, como si eso fuera posible.

Para distraerme, le saqué una conversación sin sentido a Elian, que estaba a mi lado. Supuse que él también la había visto, pero no dijo nada, lo cual agradecí.

Quedar con Elian se había convertido en mi mayor distracción, sobre todo cuando no había clase. Salíamos a dar una vuelta, a tomar algo… y en esos ratos podía fingir que

estaba bien. A ver si al final me lo creía y conseguía estarlo de verdad.

Hablando de Elian, me llegó un mensaje suyo.

Elian

Hola. Se que hoy habíamos quedado, pero no voy a poder ir.

Abrí el mensaje, y debo admitir que me lleve un poco de decepción al leerlo. Realmente tenía ganas de quedar con él, pero si no podía, que iba a hacer yo. Le respondí.

Elian

Hola. Se que hoy habíamos quedado, pero no voy a poder ir.

Vale, no pasa nada. Ya quedaremos otro día.

Si, de mí no te vas a librar tan fácilmente. Ja, ja, ja.

Lo sé, lo sé.

Por cierto

¿te acuerdas de la chica que iba con las bolsas de basura en la mano ayer?

Mierda. Ya me parecía a mi que mucho estaba tardando en decir algo.

Ehh, pues no se.

Sí hombre sí, si os mirasteis Justo me estabas hablando de unos coches o algo así.

Ahh, vale. Si, ya me acuerdo.

Pues esa es la chica nueva que te dije, la que era guapísima.

Qué coincidencia.

Sí, yo creo que es cosa del destino o algo de eso.

¿A que es muy guapa?

Bueno, lo que he

visto desde lejos…

—-mentí, puesto que la había visto muy de cerca, demasiado, quizá— No está mal

Buah pues más de cerca

flipas, ya os veréis mañana en clase.

Si, supongo. —no quería, pero otra parte de mí se moría de ganas.

Bueno, me tengo que

ir a hacer unos recados,

nos vemos mañana en clase.

Que vaya bien, adiós.

Hasta luego.

La verdad es que ya me parecía raro que Elian no hubiera mencionado el tema todavía. No quería ir mañana a clase y enfrentarme a todo… esa simple idea me retumbaba por dentro. Por mucho que intentara apartarla, volvía una y otra vez, más fuerte.

Necesitaba despejarme con algo. Si no, acabaría tirado en la cama sin hacer nada, metido en mi propia cabeza durante horas —y lo digo por experiencia—. No quería repetirlo, así que cogí mi mochila de la piscina y salí por la puerta.

Aunque hoy no había clases de natación, fui a la piscina climatizada. El entrenador de fin de semana era el mismo de mis horas de instituto.

—Buenas, James. Se nota que te gusta esto —me saludó al verme entrar.

—Hola. Sí, quería despejarme un rato.

—Muy bien, adelante —me estrechó la mano—. ¿Vas por libre, verdad?

—Sí, a ver qué me sale —dije con una carcajada mínima, que él imitó.

—Genial. Que vaya bien.

—Gracias.

Me cambié en el vestuario. Hoy sería un día tranquilo: no se oía a nadie. Nadar con mucha gente me agobia muchísimo, incluso hay veces que, si veo demasiada gente, me voy para volver más tarde.

No sabía bien cómo estarían los domingos, porque pocas veces iba este día, pero por suerte la piscina estaba solitaria. El único ruido era el murmullo del agua chocando contra sí misma. Justo lo que necesitaba. Nadie. Sin gritos, sin niños tirándose, sin nada.

Toqué el agua con los pies. Aunque fuera climatizada, cuando todavía no hace tanto frío suelen dejarla casi a temperatura ambiente, y hoy era uno de esos días. Para mí: perfecto.

Cuando está demasiado caliente, lo odio. Necesito sentir el agua templada o incluso fría, incluso en pleno invierno. Me relaja, me da una especie de adrenalina rara… es de las sensaciones que más me gustan de nadar.

Después de un buen rato haciendo largos y tirándome desde todos los trampolines, tuve que salir. No por cansancio, sino porque llevaba tres horas dentro y ya tenía los dedos arrugados y doloridos. Además, tenía hambre.

Era normal. Me sorprendía no haber tenido que parar antes para comer algo: eran casi las dos, y normalmente como a la una. Y teniendo en cuenta que hoy no he desayunado casi nada…

Lo peor iba a ser volver a casa. Lo más seguro es que no tuviera ningún plato preparado y me tocara cocinar.

No era lo que más me apetecía, pero era lo que había. A menos que mi madre hubiera tenido un buen día y se hubiera dignado a cocinar para los dos, cosa que dudo. Me haría ilusión, pero tampoco iba a hacerme falsas esperanzas.

Conozco a mi madre.

Irritado, me pasé una mano por la cabeza mientras iba al

vestuario. Con lo bien que estaba yo en la piscina… sin pensar en nada.

Me cambié y me fui. A esa hora no había autobuses, no pensaba pagar un taxi y aunque no estaba muy lejos, habría agradecido no tener que caminar… sobre todo con hambre.

Llegué a casa a las tres y cuarto. Mi tripa se quejaba sin parar. Fui directo a la cocina.

En la mesa había un plato vacío. Con cubiertos usados. Y a su lado, otro igual. Dos platos. Dos personas.

¿Quién había estado aquí?

Mi madre vive sola. Mi padre está desaparecido. No tengo hermanos. Yo no había comido aquí.

Y antes de irme, la mesa estaba recogida.

¿Quién había venido?

¿Y si hubiera llegado antes… los habría pillado?

Con mil preguntas en la cabeza, mi estómago me recordó que quería comer. Miré la encimera y vi un plato con arroz. Frío. Probablemente llevaba ahí horas.

Supuse que era para mí, aunque después de ver ese segundo plato ya no sabía qué pensar.

Lo calenté tres minutos en el microondas. Parecía de estos precocinados, los granos duros y pegados… pero bueno. Al menos se había acordado de dejarme algo. Eso ya era un milagro.

Mientras comía, me llegó un mensaje de Elian. Eran más de las cuatro, y normalmente a esa hora él estaba dormido, más aún siendo domingo.

Desde hace poco yo también tenía nuevos hábitos: el móvil ya no estaba siempre en silencio y hablaba más con mis amigos. Era raro, pero no desagradable. Aunque sabía que tarde o temprano me cansaría y volvería a dejarlo en silencio.

Elian

Hola. ¿Quieres quedar hoy?

No tengo nada que hacer.

Wow. Parece que él también estaba cambiando.

Elian

Hola. ¿Quieres quedar hoy? No tengo nada que hacer.

Hola.

Vale, yo tampoco.

¿Quedamos donde siempre?

Si.

Oye… ¿Qué hacemos quedando un domingo?

Bueno, más bien…

¿Desde cuándo sales de casa? ¿Un domingo?

No es tan raro eh. Pues ya te lo he dicho,

no tengo nada que hacer.

Tu no eres Elian,

a ti te han cambiado.

Si, si. Habla con una bruja para que vuelva a mi mismo.

No te jode. Ahora mismo

busco información. Te vas a cagar.

Uy si. “Ahh qué miedo, voy a volver a invernar”

Ja, ja, ja.

¿No has tenido suficiente?

¿Tanto te molesta que quede contigo?

¿Estás castigado o algo de eso?

¿Eres tonto o algo?

¿Y tú?

¿Ahora te ha dado

por responder preguntas

con más preguntas? ¿Quién te crees?

¿Y tú?

Vete a la mierda.

Si, justo ahora nos vamos a ver.

A veces Elian y yo somos demasiado intensos. Y cuando estamos juntos, peor. Me encanta picarlo, porque se irrita enseguida —siempre a buenas—. Nos llevamos así desde que nos conocimos. Tenemos el mismo humor, las mismas bromas, los mismos enfados y las mismas risas.

Él es mi mejor amigo. Y probablemente el único que merece ese título.