Capítulo 28
Isabella
3 de noviembre de 2007
Me levanté, sorprendentemente, con ganas de tocar la guitarra. Hacía días que no me pasaba, así que pensé que hoy era el momento.
Últimamente no tenía nada de inspiración; llevaba varios días sin ni un ápice de ganas de usar mi guitarra. Para distraerme un poco, era lo mejor que podía hacer.
Salí a la terraza pese al frío que hacía. No podía tocar cuando mi madre estaba en casa porque le molestaba. Me puse una sudadera muy calentita y unos pantalones largos de chándal. Afiné la guitarra, coloqué las partituras y empecé a tocar, a hacer música.
El aire frío de noviembre se colaba en mi cuerpo mucho más de lo que imaginaba, pero no me importó. Las cuerdas bajo
mis dedos eran lo único capaz de calmar el ruido en mi cabeza.
Las notas no salieron como esperaba; no salieron firmes. Sabía la partitura a la perfección, de tantas veces que la había tocado. Era la canción de Those Eyes, la que pensaba que mejor me saldría.
Pero las notas salían torpes, tensas, sin ritmo, hasta que encontré una secuencia que parecía encajar con mi respiración.
Más lenta. Más grave.
Como si la guitarra entendiera lo que yo no podía poner en palabras. Tenía la partitura enfrente y esta daba vueltas. Veía las letras borrosas, igual que las notas; incluso diría que bailaban. Y sabía que no era por cansancio, porque no lo estaba.
Cuando intentaba concentrarme, por mucho que me esforzara, aparecía James. Era un bucle del que no podía salir, y eso lo odiaba.
La rabia me quemaba por dentro. No sabía en qué momento había llegado a este punto. Ni siquiera podía hacer las cosas que me gustaban: él había ocupado todo, mis gustos, mis
pensamientos…
No quería pensar en él, pero era inútil. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba sus labios sobre los míos, y un escalofrío me recorría entera sin quererlo.
Devastada, volví dentro de casa. Las tripas me rugían. Hoy no había desayunado; ni siquiera se me había pasado por la cabeza. Ayer tampoco cené: se me había cerrado el apetito por completo.
Guardé la guitarra en su funda, recogí las partituras y cerré la puerta del balcón. El frío me había calado por completo, y al entrar sentí un leve alivio.
Decidí hacerle caso a mi cuerpo y bajar a desayunar.
Me sorprendió no encontrar a mi madre en ninguna parte de la casa. Normalmente, cuando salía, me enteraba por los portazos o por los ruidos.
Como estaba en la terraza, quizá ni escuché la puerta. O tal vez mi mente lo ignoró, que también era posible.
La cocina estaba hecha un desastre: platos y vasos por todas partes, todos sucios. Me daba asco. Y eso que solo vivíamos dos personas, y que ayer ni me molesté en hacer la cena.
Me pregunté qué había hecho mi madre para dejar la cocina en ese estado. No me cuadraba la cantidad de vajilla y cubiertos repartidos por las encimeras y el fregadero.
Sabía que tenía que limpiarlo todo antes de que apareciera; si no lo hacía, tenía bronca asegurada.
Aun así, ya que mis tripas seguían quejándose, me preparé el desayuno. Cogí el último plato limpio y puse un trozo de pan bimbo con unas lonchas de jamón york. Era lo único que me entraba.
Al acabar, me puse manos a la obra. Olía todo fatal, y la basura también estaba a reventar.
Dos horas después, la cocina estaba reluciente. Los platos brillaban y todo olía algo mejor. Pensé en lo poco que tardaría en volver a ensuciarse.
Cogí las dos bolsas de basura que estaban a reventar y me fui a tirarlas. El contenedor estaba bastante lejos, así que tendría que caminar un buen rato.
En medio de una calle, me paré en seco. James estaba en la acera de enfrente, con otro chico. Supuse que era… ¿Elian? Creo que así se llamaba. Él se fijó en mí. Vio cómo me quedé quieta, como una estatua. Compartimos una sola mirada, una mirada que me desestabilizó.
Él siguió caminando, hablando con su amigo, como si nada. Aunque yo… noté algo distinto en su expresión.
Escuché un claxon y me aparté al instante. Me giré y vi que se había formado una fila de coches detrás de mí. Más tonta no podía ser.
Con la cara roja y un hormigueo frío recorriéndome el cuerpo, pedí disculpas. El conductor, que iba solo, me miró con cara de pena. Me sentí mucho peor. Solo quería tirar la basura… No entendía por qué nada me podía salir bien. Ni siquiera algo tan simple.
Había quedado en ridículo, me había encontrado a James… y todo eso en un rato por la mañana. ¿Qué me esperaba el resto del día? Solo de pensarlo se me erizó la piel.
Al fin pude tirar la basura y volver a casa. En un principio iba a acercarme a la tienda más cercana para comprar algo de
comida, pero viendo cómo iba mi día… mejor no. Ya iría luego a otra tienda más cerca, o me pediría algo.
Al menos, en el camino de vuelta no me encontré con nadie
—nadie conocido, claro—. Me esperaba lo peor, la verdad. Aunque, ¿qué podría salir peor? Total, ya me había encontrado con James.
De vuelta en casa, abrí la nevera para decidir qué comer. Esto de no tener apetito no me gustaba. Los vaqueros que me había puesto me quedaban flojos. Así que, aunque no tuviera nada de ganas, tenía que comer.
Mi madre seguía sin aparecer. No sé dónde se habría metido, pero llevaba fuera desde que me levanté. O al menos eso creía, porque era capaz de irse incluso de madrugada.
Seguía sin entender adónde iba, porque no había ni rastro de ella. Desde mi terraza se veía casi todo el barrio, y al vivir en un cuarto piso las vistas eran mejores.
Era como si desapareciera. Cuando escuchaba el sonido de la puerta, me asomaba a la ventana que daba a la calle y luego a la terraza, y no la veía. Si iba tan rápido que ni la veía… a un
sitio bueno no iría. Y si fuera a algo normal, me lo diría, supongo.
Las veces que decía que iba a comprar comida, yo esperaba unos minutos y luego la seguía. Y no, no estaba en ningún supermercado. Desde que llegamos a España, sus
“desapariciones” se habían multiplicado. Antes era una vez al mes, como mucho dos. Tampoco era normal, pero no abusaba tanto. Ahora desaparecía mínimo tres veces por semana.
Tumbada en la cama, con mi comida —sobras recalentadas—, empecé a sentirme sola.
Muy sola. Con todo lo que tenía en la cabeza…
no era capaz de llevarlo, y menos así. Varias veces esta semana había pensado en contárselo a alguien.
Contar toda la basura que tenía dentro, todas las cosas que me rondaban.
Pero no… no tenía a nadie. Suelo guardarme las cosas, creo que es uno de mis defectos. Cuánto más necesito a alguien, más me aíslo. Antes, si algo me sobrepasaba, hablaba con mi padre. Él era el único
que me daba esa confianza, que me dejaba expresar lo que sentía.
Y justo ahora, él era el menos indicado. No podía ir a decirle todo eso estando como estaba, aún ingresado. Por mucho que fuera mejorando, no era el momento.
Contarle algo a mi madre era un caso perdido. Solo empeoraría.
Con Brisa no tenía tanta confianza. En resumen: no tenía a absolutamente nadie. Y al pensar eso… recordé.
—“¿Habéis visto a Isabella? Ja, ja, ja.” —oía como Asher se empezó a reír, subiendo cada vez más el tono.
—“Pues no mucho, sinceramente. Solo la veo meterse al baño y salir al acabar el recreo. Es una pringada.”
—Yo me refugiaba en el último cubículo, abrazando mis rodillas.
—“Está solisima” —las carcajadas resonaban.
—“Es súper tonta” —yo me encogía más y más, dentro del baño de las chicas. El silencio me repetía una y otra vez lo sola que estaba.
— “¿Habláis de mi supuesta “hermana”?” —escuché a Jen, remarcando el “hermana”. Me sentí como un bicho raro.
Como algo que no debería existir. Invisible.
Y ahora estaba aquí, en otra ciudad totalmente distinta. Pero nada había cambiado. Todo seguía igual.
Aunque… si bien me daba rabia admitirlo… James no me miró así. James me hizo sentir visible.
—¡Hola! —gritó mi madre desde abajo, abriendo la puerta.
—Estoy arriba, mamá.
Más le valía haber vuelto. Al menos me sacó esos pensamientos de la cabeza. No quería que trajera otros peores…
—¿Dónde está mi comida? —replicó.
—Mamá, he comido sobras recalentadas —un aliento tembloroso se me escapó—. Pensaba q-que ya habrías comido.
—¿Tú tienes derecho a comer y yo no? —su tono se volvió amenazante— ¡Soy tu madre!
Me aguanté las ganas de decirle que yo era su hija, que la responsable debía ser ella. No yo. Por fin lo había entendido después de tanto tiempo. Pero a ella no le entraba en la cabeza.
—¿Ahora no vas a responder? —su voz se acercaba— ¿Eh?
—E-es que n-no… —intenté responder.
—¿Cuándo vas a aprender a hablar? —su mano golpeó el manillar de mi puerta, que rebotó—. «E-es, n-no» —repitió, burlándose—. ¿Qué edad tienes, eh?
—Mamá, n-no me hagas nad… —me cubrí con los cojines. Nunca me había pegado, pero varias veces lo había intentado.
—¿Qué no te haga qué? —escuché la saliva en su garganta—.
¿Ahora vas de víctima?
—Eh…
—¿No ves que la víctima soy yo? —sus puños estaban tan apretados que tenían una marca roja.
Tenía mil cosas que decirle, mil verdades. Pero no iba a rebajarme a su nivel. Otra vez no.
—¿Qué has hecho en toda la mañana? —señaló la guitarra, mal colocada en su funda—. Otra vez con la mierda de la guitarra. No sé para qué te esfuerzas. No sabes y nunca sabrás.
» No sé quién te crees. ¡Tu abuelo nunca debió enseñarte! No sirve para nada. ¡Es una pérdida de tiempo! ¿No podías haber hecho nuestra comida en vez de tocar esa mierda? —remarcó el “nuestra”, mirando con odio la guitarra y luego a mí.
—Pero…
—¡De peros nada! Te estoy echando la bronca y no sirve de nada. Nunca me haces caso. Isabella, estoy harta ya de esto.
—Pero mamá…
—¿No te das cuenta? ¿Estoy hablando con la pared? —sus músculos estaban tensos—. Baja ahora mismo.
—¿Para qué? —no entendía nada.
—¿Para qué crees, idiota? ¡Hazme la comida, ahora mismo!
—señaló las escaleras—. Me rugen las tripas, ¿sabes? —y se tocó el vientre.
—V-voy —asentí, sabiendo que era lo que menos debía hacer.
No podía hacer otra cosa. Si le llevaba la contraria, todo sería peor. Mucho peor.
Era su marioneta. No era capaz de decirle que no. Siempre acababa haciendo lo que ella quería. Era un bucle del que no tenía fuerzas para salir.
Bajé las escaleras, obligada a hacerle la comida. Ella se quedó arriba. No me dijo qué quería, y no iba a preguntarle; así que hice algo que sabía que le gustaba. Si fuera por mí, no le haría nada.
O lo haría mal a propósito.
Pero no podía. No si no quería que su enfado se multiplicara.
Abrí la nevera y saqué lo último que quedaba. Estaba prácticamente vacía. Hacía días que mi madre no hacía la compra. La de verdad.
Cuando terminé, le subí los huevos fritos. Solos, no había nada más. Ella miró el plato, me miró, y me hizo un gesto con la mano para que saliera de su habitación. Ni siquiera intercambiamos una mirada.