Capítulo 27
James
3 de noviembre de 2007
Ni siquiera recuerdo cómo, pero pude salir corriendo de casa de Isabella.
Solo sé que mis pies se movieron solos, como si entendieran que escapar era la única salida. Que su madre entrara en
casa… era lo último que me faltaba.
¿Qué podía pensar de mí?
Desde esa tarde no sabía nada de Isabella. Habían cancelado las clases tras el tiroteo; hablaban de heridos y del instituto hecho un desastre. No me sorprendía: la cosa pintaba mal desde el principio.
El lunes volveríamos, pero de momento teníamos que trabajar en casa con unos libros de ejercicios.
Este trimestre estaba siendo una mierda. No me gustaba nada.
Era demasiado autoexigente como para soportar estar perdiendo el tiempo… y aun así, estos días no podía concentrarme en absolutamente nada.
Me sorprendía lo fácil que había sido dejar a Olivia en un segundo plano. Desde que
dijimos lo de darnos un tiempo, no he vuelto a hablar con ella. No sé si fue lo correcto… pero por su parte sí lo parecía.
Y aun así, aunque su sombra seguía ahí, recordándome lo que no debía sentir… Isabella no tenía nada que ver conmigo, ni con mi vida, ni con el desastre que arrastraba.
Y sin embargo, solo podía pensar en ella.
Ya no era capaz de concentrarme ni en los libros del instituto, ni en los de lectura. Era imposible aguantar más de treinta minutos sin que su nombre apareciera en mi cabeza.
Y me asustaba. Me asustaba pensar que quizás ese beso… no quería olvidarlo. Y tampoco quería que no hubiera pasado.
Que me hubiera gustado era lo que más me dolía.
Intentando sentirme productivo, me dije que debía ponerme las pilas. Cogí el libro de tecnología —la asignatura que peor
llevaba, sorprendentemente—, un cuaderno y el estuche. Saqué mi subrayador azul favorito.
Eso fue todo lo que pude hacer.
Cuando reaccioné, toda la página estaba llena de garabatos negros… y del nombre Isabella.
Apreté los dientes, taché su nombre y arranqué la hoja.
La hice añicos y la tiré, deseando que el papel pudiera borrar también lo que sentía.
Otra distracción fallida. Ni siquiera había avanzado una sola línea.
La puerta de mi habitación se abrió. Mi madre entró, me miró unos segundos y se marchó sin decir absolutamente nada.
Ni un saludo. Nada.
Supuse que, como siempre que había problemas, se estaría drogando.
Y yo aquí, incapaz de estudiar diez minutos sin pensar en ella.
Cuando ya había tirado la toalla, me metí en la cama. No sabía ni qué hora era. Tampoco había comido. Estaba atrapado en un bucle.
El colchón vibró bajo mí. Un temblor continuado. Era mi móvil. Alguien llamaba.
Me levanté a buscarlo. ¿Dónde coño lo había dejado?
Lo encontré debajo del colchón. No tenía sentido, pero ahí estaba.
Descolgué. Era Elian.
Elian
—Hola. —le saludé.
—Espero que estes en casa, Jamy. —enfatizó en el apodo que sabe que tanto detesto.
—Si, estoy en casa, Ely.
—Genial.
Y me colgó.
Toc, toc…
No podía creérmelo. Era muy típico de él aparecer sin avisar… pero ¿tan rápido? Ni tiempo me había dado de
prepararme mentalmente. Sabía que iba a interrogarme, como siempre hacía cuando pasaba mucho sin vernos. Y más ahora.
Toc, toc…
Me arreglé un poco el pelo con la mano, incómodo. No quería que me viera así. Y no por miedo a su reacción… era otra cosa. No sabía ni explicarla.
Abrí la puerta. Allí estaba, con los brazos en jarras.
—¡Cuánto tiempo! —abrió los brazos. Se lo devolví.
—Pues sí.
—¿Qué tal? —preguntó desde el pasillo.
—Pasa primero —le hice un gesto —No te vayas a resfriar.
—¿Yo? ¿Resfriarme? —se llevó la mano al pecho— Soy de piedra, chaval.
—Ya, ya… —lo empujé dentro.
—Siéntate —señalé el sofá— Voy al baño un momento.
Cuando salí, ya no estaba en el sofá. Estaba en la cocina, sirviéndose agua.
—Muy mal por no preguntar si querías —le toqué la espalda— ¿No te hidratan en casa o qué?
—Es que esta agua me gusta más —alzó una ceja. Solté una carcajada leve. Hacía días que no sonreía.
Ya sentados, noté mi cuerpo tensarse. Los músculos rígidos, el corazón acelerado.
—Bueno —sopló, dejándose caer en el respaldo— Lo del tiroteo fue una locura. ¿Cómo estás?
Lo del tiroteo… y yo sin saber cómo explicarle que era lo que menos me preocupaba.
—Sí… Fue una locura —tragé saliva— Bien, dentro de lo que cabe. ¿Y tú?
—Yo bien. Ese día ni fui a clase —soltó una risa.
—Menos mal. Era como estar en el GTA —intenté bromear, pero mi cara no acompañaba.
—Ja, ja, ja. Oye —se inclinó hacia mí— ¿Te has enterado de que hay una chica nueva en el instituto?
Mi garganta se cerró.
—¿Qué? ¿Nueva? No… no tenía ni idea —mentí.
—Pues sí. La vi desde lejos y es guapísima. Rubia, con el pelo muy rizado. Isabella, creo que se llama —torció la sonrisa—
¿Seguro que no te has fijado?
Sentí un golpe en el pecho. Las imágenes del beso regresaron como un martillazo.
—Ni idea —mentí demasiado rápido. Elian arqueó una ceja, pero no insistió.
—Ya la verás. Yo creo que es un partido fácil —me dio un golpe en la rodilla.
Intenté reír. Apenas salió.
—Oye… —su mirada se afiló— Estás un poco serio.
—Solo cansado.
—¿Seguro?
—Sí. Estoy bien.
Mierda. Tenía que cambiar el tema ya. Si no, iba a notarlo todo.
—Tengo algo que enseñarte —me levanté— Espérame aquí.
Me fui a mi habitación… pero terminé entrando en la de mis padres. La solución vino sola: un álbum de fotos de cuando nos conocimos todos. Perfecto para distraerle.
Volví al comedor y se lo di. Su sonrisa lo iluminó todo.
—¡Un álbum de fotos! Lo abrimos juntos.
Las primeras fotos eran de España. Luego Dylan, luego Brisa… fotos de clase. Hasta que salió una que me heló.
—Guau, cómo ha cambiado tu padre —comentó Elian. Me quedé rígido.
—Sí… han pasado años —fue lo único que pude decir. Él siguió pasando páginas.
—¿Cómo está tu padre? Hace días que no lo veo.
El terror me recorrió el cuerpo entero. Ni respirar podía. Por suerte, ya estaba distraído con otra foto.
—Esta es mi favorita —dijo. Yo tragué saliva. Otra vez.
—Ojalá volver a esos tiempos —se rió— Cuando éramos inocentes. Ni nos fijábamos en las chicas y sus…
—Lo pillo —lo corté.
Hasta que otra foto me congeló.
Yo, pequeño. Piernas llenas de moratones. Marcas en el hombro.
Un golpe seco en el pecho.
—James… —Elian bajó la voz— ¿Estás bien? No. Pero la respuesta salió sola:
—Sí.
Él siguió mi mirada, vio los moratones… y no dijo nada más. Solo me abrazó.
Y aunque odiaba esa palabra —necesitar— ese abrazo lo necesitaba.
—Gracias, Elian —me obligué a decir.
—Para eso estamos —me dio dos palmadas en la espalda—
¿Quieres jugar a la Nintendo?
—Sí —sonreí un poco— ¿De verdad la llevas en el bolsillo?
¿Qué bolsillo es ese?
—Era una sorpresa, subnormal.
—Pues vamos a jugar —me levanté— Voy a por la mía, que yo no la llevo en los bolsillos como otros.
—Acompañarte tendré que, no te me pierdas —se rió. Fui a por mi Nintendo DS. Llenísima de polvo.
Pero no importaba.
Por primera vez en días, algo se sentía… menos insoportable.