Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 25
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Capítulo 25

Isabella

​1​ ​de noviembre de 2007

Al entrar a mi cuarto, pegué un portazo y cerré la puerta con el pestillo.

Estaba cabreada con James. Mucho.

¿Cómo podía besarme en su casa y largarse así como así? Claro que yo me aparté, pero eso no le daba razones para huir y dejarme sola. Yo quería continuar el beso, pero sabía que eso no era lo correcto.

Sentía miedo.

Y lo sorprendente es que lo del tiroteo y la situación de su padre no estaba en primer plano en mis pensamientos. Lo que más me ponía los pelos de punta era pensar que me había gustado su beso, que si no fuera por lo ocurrido con su padre, yo habría seguido besándole.

Sentía alivio al juntar nuestras miradas y a la vez amenaza. Quería estar con él ahora mismo, pero no me atrevía.

Lo necesitaba y quería dejar de necesitarlo.

Solo lo conozco desde hace poco, ¿por qué me pesa tanto lo que le pase? ¿Por qué me importa tanto?

El cuerpo me pide acercarme a él, y la cabeza me grita que frene.

Acababa de hacer lo mismo que él: alejarme corriendo y dejarle en mi casa. Me estaba rebajando a su nivel, haciendo justo lo que tanto me dolió a mí.

Y encima, él acababa de salir de un estado muy frágil, y yo lo sabía bien.

Odiaba todo. Odiaba haberme quedado ahí, con él. Odiaba incluso haber hablado con él en natación.

¿Tenía que alejarme de él? Quizá yo le estaba ocasionando más problemas y lo mejor sería no hablarnos más. Al pensar eso, me dio un vuelco el corazón.

Seguía sin entender por qué me importaba tanto.

Me olvidé de todo lo que había pensado y salí de mi cuarto igual de rápido que como había entrado. Necesitaba estar con él.

—James —negué con la cabeza— Perdón, perdón… en serio… No tenía que haberme comportado así.

—Creo que deberíamos irnos cada uno a nuestra casa —soltó, inexpresivo— Mira, no sé qué me está pasando, pero esto tiene que parar.

—No quiero alejarme… de ti. —El sonido breve y apagado llenó el silencio.

—Isabella, yo tampoco —admitió— ¿Tú te sientes bien ahora mismo?

—Yo… —mis dedos tamborileaban sobre la mesa— No, no estoy bien.

—Por eso, deberíamos irnos cada uno a su casa. Necesitas descansar.

—Está bien. —me apreté las manos sobre las piernas—Puedes… irte.

A la vez que señalé la puerta, esta se abrió.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó mi madre, con los ojos rojos. James cambió de color por completo. Estaba pálido y…

¿rojo?

—Isabella Harlow Moore —remarcó mis apellidos— Tienes cinco minutos para explicarme qué está pasando aquí. —Sus músculos estaban tensos, a punto de romperse.— Y tú — señaló a James— tienes esos cinco minutos para salir de esta casa.

Oh no.

James tardó poco en obedecer. Me dedicó una mirada de disculpa y desapareció de mi casa.

Mi madre, en cambio, se sacó un cigarrillo y se lo lió en mi cara, mientras me miraba como quien mira a su peor enemigo.

—¿Qué cojones hacías aquí? —su tono era amenazador, con un deje de burla— ¡Chicos en casa no! Y menos los dos solos.

—Me dio el mechero.

—Mamá… te lo puedo explicar —le devolví el mechero.

—¡Explicar nada! —le dio una calada larga— ¡Estás castigada, Isabella!

—V-vale, vale —la cabeza me zumbaba, pero asentí igual.

—Hoy te vas a encargar tú de la casa, de todo —se acercó con aire de suficiencia— Y quiero que esté todo como nuevo. — Su mirada era afilada.

Ni siquiera me molesté en responder.

—¿De acuerdo? —insistió— ¿Por las buenas o por las malas?

—y, sin esperar, me apagó el cigarro en la espalda.

—Auch —murmuré, bajito para que no se enfadara— Sí… Eso haré.

Necesitaba darme una ducha. Al menos para estar un rato tranquila —dentro de lo que cabe— y sentirme nueva.

Mientras mi madre seguía en casa, me puse a limpiar. Cuando escuché la puerta de la entrada, supe que se había ido. Esperé unos minutos y me metí en el baño.

Al fin podía permitirme un momento de intimidad. Necesitaba pensar muchas cosas. Todo era demasiado; todo estaba patas arriba.

Me quité la ropa y preparé las toallas y el albornoz. Siempre dejaba correr el agua hasta que se calentara, pero esta vez no podía esperar.

Giré la llave con prisa, como si de ahí dependiera todo. Necesitaba el sonido del agua, sentirla contra la piel, convencerme de que todavía seguía aquí.

Quería que el agua se llevara estos días, que borrara de mi piel lo que aún me pesaba.

No sé cuánto tiempo estuve allí. El sol había bajado; la luz empezaba a desaparecer entre sombras. Mi madre no había vuelto.

Con suerte, la casa ya estaba arreglada. Si no, estaría acabada y la ducha habría sido inútil.

Me coloqué el albornoz y me dispuse a arreglarme el pelo. Siempre he tenido el pelo rizado y, aunque me encanta, es agotador cuidarlo. Podía tardar hasta tres horas.

Llevaba días sin preocuparme por él; solo me hacía una coleta alta. Pero hoy quería volver a sentir que algo, lo que fuera, estaba en orden.

Con las manos llenas de gomina, sonó el móvil. Odiaba que me llamaran cuando estaba ocupada, y más con las manos así. Torcí el gesto, obligándome a contestar.

No era un número desconocido.

Brisa (clase)

—¿Isabella? —se escuchaba una voz alterada.

—Si, soy yo.

—Ay dios mio, menos mal. —noté el suspiro hasta en el otro lado del teléfono. —Pensaba que… —la voz se le rompió antes de salir, atrapada en su garganta. —¿Estás bien?

—Sí, Brisa, no te preocupes. James —se me erizó la piel al pronunciar su nombre —James me sacó cuando empezaron a escucharse.

—Uf, menos mal. —tragó saliva — ¿James… él también está bien?

Me vinieron todas las imágenes del día a la cabeza. Los disparos. Su mano en la mía. Su boca…

—Sí, James también está bien —contesté deprisa.

—Qué bien… —expulsó aire, aliviada— No me contestaba. Ya sabes cómo es… Estaba preocupada.

—Me alegro muchísimo de que estéis bien —su voz recuperó la chispa de siempre.

—¿Y tú, Brisa? ¿Cómo estás?

—¿Yo? Genial, como siempre. Ahora mejor todavía —rió.

—Me alegro. Gracias por preocuparte.

—Nah, si no es nada. ¡Hasta luego! Colgué.

Eso de que James no contestara no me gustaba nada. Ya sabía que él no es de contestar, pero ni siquiera decir que estaba

bien… eso no cuadraba. Brisa debía de haberlo llamado mil veces.

Terminé de arreglarme los rizos, pero mi cabeza no dejaba de volver a James. Era lo que más espacio ocupaba en mis

pensamientos últimamente. Y todo empezó cuando fui a ver a mi padre al hospital.

Que, de hecho, era lo que tenía pensado hacer tras arreglarme. Me cambié y fui a la parada del autobús.

Al entrar al hospital, un escalofrío me recorrió. Empeoró cuando llegué al pasillo. La habitación de mi padre… y al lado, la de James.

Pasé por delante y los recuerdos me golpearon: él llorando, yo intentando escuchar desde fuera…

Me di un toque en la cabeza para centrarme. Venía a ver a mi padre.

Entré, y al menos estaba mejor. Estaba sentado, lo cual ya era un logro. Ya no tenía goteros y leía un libro. Al verme, dejó el libro caer sobre la cama.

—¡Isabella! —sonrió, con los ojos brillantes y húmedos.

—Hola, papá —le di dos besos— ¿Qué tal estás?

—M-muy bien, hija… ¿y tú?

—Yo estoy súper bien —no del todo cierto, pero sí feliz de verle así— Me alegro muchísimo.

—Gracias, Isabella —su voz tembló— No sabes cuánto… te he echado de menos.

Algo dentro de mí se rompió.

—Y yo, papá. Estos días estaba… em… ocupada.

—No te preocupes. Con venir me basta. Y me quedé con él.

La visita terminó porque ya había pasado una hora, el máximo permitido. Me fui con sentimientos mezclados: alivio por verle mejor y culpa por no haber ido antes.

Al menos, el hemotórax mejoraba. Parecía que al fin había luz al final del túnel.

Llegué a casa con la cabeza hecha un lío. Mi padre estaba bien, y eso debía tranquilizarme.

Pero algo seguía dando vueltas en mi mente, constante, doloroso.

Me tumbé en la cama intentando convencerme de que lo del beso había sido un error, que debía olvidarlo. Pero cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentir sus labios.

Y lo peor… una sonrisa se me escapaba.

Dormir no era lo que más quería hacer. Tenía sueño, sí, pero sabía que dormir lo empeoraría todo. No quería soñar con él. Ni con el beso.

Agobiada, me levanté. Me preparé unos cereales. No tenía hambre, solo necesidad.

Abrí la puerta de la terraza, coloqué una silla y salí con el bol. Respiré. Aire nuevo. Por fin.

Al terminar, me levanté y me apoyé en las vallas para ver la ciudad. Las luces de los pisos, unas encendidas, otras apagadas. Ventanas abiertas y cerradas.

Me pregunté cómo sería la vida de toda esa gente.

¿Quiénes serían felices? ¿Quiénes no? Mi corazón se aceleró cuando la vi.

La silueta. Otra vez.

En la misma terraza de siempre.

De pie. Sin fingir. Sin ropa en las manos. Solo mirándome. Un escalofrío me recorrió entera.

¿Cuánto tiempo llevaba ahí?

¿Por qué me miraba?

¿Dónde había estado estas últimas semanas?