Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 24
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Capítulo 24

James

1 de noviembre de 2007

Salí de mi casa corriendo, casi sin aliento y con los ojos aún llenos de lágrimas.

Las piernas me llevaron solas, sin rumbo, hasta que el parque apareció delante de mí. No quería pensar, pero mi cabeza era un torbellino: el tiroteo, los gritos, su mirada, su boca…

Joder, la había besado. Había besado a Isabella. Y ella se había apartado.

Hecho un manojo de nervios, mis piernas me suplicaban que huyera de la situación, y eso fue exactamente lo que hice.

Tras diez minutos corriendo, llegué al parque grande. Ni siquiera sabía que podía correr tan rápido.

Con la lengua fuera y las pulsaciones a mil, me acerqué a la fuente y agaché la cabeza, intentando recuperar todo el aire que había perdido.

Me senté en un banco, el más apartado. En el que nadie se sentaba nunca. No quería que me vieran, era lo último que necesitaba.

Respiré hondo.

Seguí las respiraciones que me había enseñado la psiquiatra. No servían.

Sentía el pecho ardiendo. No entendía nada. ¿Por qué la había besado? ¿Por qué me había ido? El corazón me dolía como si no supiera en qué lado ponerse: si en el miedo por todo lo ocurrido o en ese algo nuevo que asomaba, tan desconocido que daba aún más miedo.

Quería volver con ella y arreglarlo. Quería volver atrás y no haberla besado.

Desesperado, me agarré la cabeza con ambas manos, como si pudiera apagar todo lo que me atravesaba. Me balanceé, me

crují los dedos, me pellizqué el brazo para comprobar que no era un sueño…

Nada servía. Necesitaba volver.

La necesitaba a ella, por mucho que me jodiera admitirlo.

¿Seguiría allí? ¿Y si mis padres habían aparecido? Con la suerte que tenía, ya podía esperarme cualquier cosa.

Me limpié las lágrimas como pude y eché a correr hacia casa. A los pocos metros las fuerzas me fallaron, así que acabé caminando deprisa.

Por suerte, la calle estaba medio vacía. Quizá por el tiroteo, quizá porque a esta hora la gente normal está comiendo.

Esta vez tardé veinte minutos en llegar. Aún no entiendo cómo había corrido tanto antes.

La luz del comedor estaba apagada. Se me encogió el corazón y las rodillas me temblaron. Se había ido. Ella se había ido.

Metí la llave en el cerrojo y empujé la puerta.

Efectivamente. No había nadie en el sofá donde hacía menos de una hora nos habíamos besado.

Me odié. Odiaba mi cabeza. Isabella había hecho lo correcto. Era obvio que ya no querría volver a verme. Aun así, esa idea me apretó el pecho de una forma que no esperaba.

Era imbécil.

¿Cómo podía besarla e irme corriendo de mi propia casa? Y encima después del tiroteo. No quiero imaginar lo que debía de estar pasando por su cabeza.

Era un completo gilipollas.

Intenté escribirle al número con el que me contactó aquella vez.

Un tono… Tres tonos… Cinco tonos…

Nada. No había manera de que cogiera el teléfono. Aun así insistí.

Al tercer intento me detuve. Estaba haciendo el ridículo. Aunque… ¿podía cagarla más?

Ir a su casa después de esto parecía imposible. Y aun así, tras darle vueltas durante demasiado tiempo, encendí la tele.

Casi había olvidado el tiroteo, así que me sorprendió que las noticias siguieran centradas en eso. Supuse que había sido peor de lo que pensaba.

Era el segundo tiroteo que vivía en ese instituto, en primera persona.

El primero, el año pasado, había sido mucho menos grave.

Nadie salió herido, la policía llegó a tiempo, los culpables fueron detenidos.

En cambio, ahora ni siquiera estaban activas las cámaras de seguridad.

Algo no cuadraba, pero comparado con lo que había pasado con Isabella, el tiroteo me golpeaba menos. Me hizo sentir un monstruo por dentro.

Era demasiada información. No podía procesar más.

Mis rodillas me gritaban que fuera a buscarla. Cuando reaccioné, ya estaba en la calle, caminando hacia su portal. Recordé la dirección que me había enviado Brisa: “4ºA”.

Al llegar, me quedé quieto frente a la puerta, preguntándome qué demonios estaba haciendo. Duró un minuto. Después, mis dedos tocaron el timbre antes de que pudiera detenerlos.

Era idiota. ¿Por qué iba a abrirme? ¿Qué derecho tenía yo a presentarme después de lo que había hecho?

No contestó nadie. Normal.

Pero mi mano volvió a apretar el timbre. La puerta se abrió.

Isabella.

Tenía los ojos rojos, el rímel corrido por la cara. Llevaba un pijama rosa aunque aún era por la mañana, y detrás, un gato asomó la cabeza. Me miró como si yo fuera lo peor que había visto en su vida.

—Isabella… —bajé la mirada— Yo…

—Entra.

—¿Q-Qué?

—Que entres. —repitió, más fuerte.

Una ola de culpa me arrastró hacia dentro.

—No tenía que…

—Yo no tenía que haberte seguido el beso —me interrumpió—. Es culpa de los dos. Pero ahora hay algo más importante. —Encendió la tele.

—¿Eh? —me llevé la mano a la cara.

—Lo del tiroteo. Hay… algo que no te he dicho. —tragó saliva.

Asentí sin saber qué esperar.

—Me llamó alguien esta mañana, antes de llegar al instituto. Como no reaccioné, continuó:

—Era una mujer. No me dijo su nombre, pero sabía quién era yo. —Tragó saliva— Me dijo que no fuera a clase.

Me quedé helado. Sentí los pies clavarse en el suelo.

—Pero… —logré decir— ¿N-no era un hombre? El sospechoso…

—Eso dicen en las noticias. —Miró la tele— A mí me llamó una mujer. Lo recuerdo.

—No… no entiendo. —negué despacio.

—Ni yo.

—Deberías decírselo a la policía —solté.

—No creo… que sea buena idea —bajó la mirada— ¿Y si se enteran de que me he chivado?

El silencio se hizo espeso.

—Es una pista, Isabella —dije, sin saber qué más añadir.

La teoría era buena. Pero algo me hacía ruido. Mucho ruido.

—Me matarán si se enteran… —sus ojos comenzaron a brillar.

—¿Para qué te llamaron entonces? —las palabras se escaparon solas.

—¡No lo sé! —gritó, y un temblor le recorrió los hombros.

—Lo solucionaremos —mentí, intentando sonar firme, cuando ni yo lo creía.

—¿Y qué propones, eh? ¿Besarme y salir corriendo? —sus puños temblaban.

Me quedé en silencio. Busqué una respuesta. Nada.

—¿O callarte? —añadió.

—Isabella… yo no tendría que haberte besado —la frase me dolió incluso a mí.

—¡No tendrías que haberte ido! Yo seguí el beso por algo. — Sus palabras salieron atropelladas, perdiendo fuerza al final.

—¿Qué intentas decirme? —murmuré.

—Déjalo. —El pecho le cayó de golpe—. Ahora eso es lo de menos.

—¿Para qué lo dices entonces? —me cubrí la cara con una mano.

—¡Nada! —gritó. Se levantó, agarró su móvil y corrió hacia su habitación.

Un portazo cerró el capítulo.

Y me dejó allí, helado, en medio del salón.