Capítulo 23
Isabella
1 de noviembre de 2007
Ayer fui obligada por Brisa a ir a su casa para celebrar la fiesta de Halloween. Debo admitir que no me lo pasé mal, pero estar hasta tan tarde despierta y con un disfraz pasando frío no me hacía mucha gracia. Al menos ahora tengo caramelos, los que habíamos recolectado durante la noche.
Creo que no he comido tanto azúcar en mi vida como anoche.
Estaba de camino a clase, con los cascos puestos y los ojos medio cerrados, cuando me sonó el móvil.
Normalmente, si recibía una llamada de un número desconocido no la cogía, y esta vez no fue diferente. Colgué y volví a poner la música, pero me volvió a llamar: era el mismo número.
Colgué otra vez, pero insistió de nuevo.
Cuando ya no me cabía más paciencia en el pecho, descolgué el teléfono.
—¿Eres Isabella?
—Sí, soy yo —suspiré—. ¿Tú quién eres?
—Eso no importa. No te recomiendo ir hoy a clase. Es mejor que no aparezcas.
—¿Qué? —me reí, incrédula.
—Estás avisada.
—¿Quién eres tú para decirme lo que tengo que hacer? —me sorprendió poder responder así a esas horas.
—¿Y quién eres tú para contradecirme? —su tono subió un poco.
—Isabella. Ya te lo he dicho —respondí, más por inercia que por lógica.
—Mira, bonita —se escuchó cómo tragaba saliva—. Con que no vayas hoy a clase, todo estará solucionado. ¿Tanto te cuesta hacerme caso?
Perpleja, colgué y lo ignoré. En Estados Unidos me hacían ese tipo de bromas, estaba acostumbrada.
Volví a cerrar los ojos, pero ya no quedaba nada para llegar a la escuela. Maldita llamada. Ni quince minutos de descanso en el autobús…
Entré a clase pronto, como siempre, y me fui a la biblioteca a mirar libros hasta que tocara la campana.
Me hice con un libro y me senté en la mesa frente a una ventana, leyendo la sinopsis mientras veía salir el sol.
Entre todas las personas que pasaron, vi a… ¿era posible que fuera James?
Es cierto que ayer no fui al hospital, ni siquiera para ver a mi padre —porque no podía—, pero me extrañó que en un día le hubieran dado el alta.
No sé por qué, una parte de mí se decepcionó al pensar que ya estaba aquí y no me había avisado. Quizá ni siquiera se acordaba. O lo más probable: yo no era alguien importante a quien avisar.
Me asomé a la ventana y, en efecto, era James. Iba con unos vaqueros anchos y una camiseta blanca con un estampado azul que hacía juego con sus zapatillas. Pese al frío de la mañana, no llevaba chaqueta.
Se vestía bien. Me gustaba la combinación. Parecía que había elegido la ropa a propósito y no lo primero que pilló —como hacía yo muchas veces—.
También me extrañó verlo solo. Al volver del hospital pensé que sus amigos le preguntarían cómo estaba. Eso me llevó a pensar que quizá ni siquiera sus amigos sabían nada.
¿Cómo podía faltar alguien tantos días y que nadie preguntara? Según tenía entendido, Elian era su mejor amigo. Tampoco estaba con él.
Dejé esas preguntas a un lado. No era el momento. James estaba acercándose a mí.
Me tambaleé un poco. No esperaba eso.
—Hola, Isabella —su voz sonaba segura, pero su cuerpo no lo acompañaba.
—Hola —la mía, en cambio, temblaba.
—Eh… gracias —vaciló—. Por… por quedarte conmigo.
—No… no es nada, James —no sé cómo pude decirlo sin romperme.
—Sí que es —esta vez toda su seguridad se desmoronó—. Perdón —balbuceó.
Me quedé inmóvil, sin saber qué hacer, pero mis brazos respondieron solos. Lo abracé, y por un segundo desapareció el mundo. Solo quedábamos nosotros.
Él me devolvió el abrazo enseguida, como si buscara refugio. Olía a miel, algo dulce pero no empalagoso.
Nos separamos y cruzamos una mirada breve. Pero ese instante brilló. Y supe que nada sería igual.
Caminamos cada uno hacia nuestras clases. Él no tenía biología a primera hora; yo sí. En unos minutos tocaría la campana y ese instante se desvanecería.
Empezó a sonar el timbre, pero era… distinto. Más fuerte, más agudo.
Mis pensamientos se apagaron cuando vi cómo todo el mundo
—incluso James— empezaba a correr hacia la salida.
Yo me quedé quieta. En mitad del pasillo. Sin entender nada.
Un estruendo sacudió el aire. Mis pies no reaccionaron. Era como si el suelo me hubiera atrapado.
Intenté pensar, pero era imposible. La gente corría, gritaba, se empujaba.
¿De verdad eran disparos? ¿De verdad estaba pasando? ¿No era una broma? ¿Un sueño?
El corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que iba a romperme por dentro. Intenté gritar, necesitaba gritar, pero no pude. La voz se quedó atrapada en mi garganta.
Entre el caos, apareció un chico corriendo hacia mí. Cerré los ojos por instinto. Pensé que me haría daño.
Me agarró de la mano y logró mover mis piernas, antes convertidas en plomo. Empezó a correr y yo tuve que seguirlo. No tenía otra opción.
Mi respiración sonaba demasiado fuerte. El corazón bombeaba sin control.
No se detuvo. Yo corría con los ojos cerrados, como si eso hiciera que doliera menos. No me soltó la mano; al contrario, la apretaba más cada vez.
Las voces se apagaron, así que supuse que ya habíamos salido del recinto. O que me llevaba a algún otro sitio.
De repente se detuvo. Casi me choqué con él.
Me quitó la mano de los ojos y los abrí. Todavía veía puntos de colores, pero reconocí esas pecas.
Lo miré. Vi preocupación… y alivio.
—¿Estás bien? —se pasó una mano por la nuca.
—Yo… —mi voz tembló— ¿Qué está pasando?
—Parecía un tiroteo —soltó—. No pasa nada. Estás a salvo.
—¿Por qué has venido a por… mí? —negué con la cabeza, sintiéndome culpable.
—Porque te vi ahí —suspiró—. Y… no sé. Simplemente lo necesitaba.
—Pero te podían haber hecho daño…
—Me da igual —me interrumpió—. Quería que no te pasara nada a ti. Y ya está.
Me quedé de piedra.
—No tenías por qué.
—Sí. Yo siempre hago caso a lo que me pide mi cabeza.
Los ruidos volvieron a acercarse y su pierna izquierda empezó a temblar.
—Vamos, Isabella —me agarró la mano otra vez.
—P-pero…
—No hay tiempo. Sígueme.
No sé cómo llegué viva, pero aparecí en el portal de la casa de James. Abrí los ojos mientras él metía la llave en el cerrojo.
Cuando abrió la puerta, entré corriendo. Solo quería estar a salvo, aunque quizá allí tampoco lo estaba. Su padre vivía aquí. Y después de leer aquel titular… no sabía si fiarme.
James entró detrás y se dejó caer en el sofá, como si nada.
—Siéntate aquí, Isabella —me señaló el sitio a su lado.
—V-voy —me senté, con las manos temblando.
—Tiene pinta de un tiroteo —comentó de repente. Su voz ya no sonaba tan tranquila.
—¿Suele… pasar? —jugué con mis dedos.
—Ha pasado… —tragó saliva— una vez. Asentí despacio.
Con todo el caos se me había olvidado que James llevaba días ingresado.
Quería preguntarle, pero no era el momento. Había algo mucho más peligroso ocurriendo.
—¿Quieres algo para comer? ¿O beber? Negué.
—¿Estás bien?
—Eh… —suspiré— No mucho.
—Vale. Piensa que… al menos estamos a salvo —me miró con una seguridad que ojalá pudiera contagiarme.
—Sí.
—¿Qué quieres hacer?
—No lo sé —bajé la mirada al suelo.
¿Qué quería hacer? Después de un tiroteo, ¿qué se supone que hace uno? Desde luego, yo no estaba tan tranquila como él.
—¿Qué está…? —el pecho me golpeó hacia afuera—
¿pasando? —mi voz subió sin querer.
—Un tiroteo —repitió. Me sentí estúpida. Asentí. No podía hacer otra cosa.
—No te preocupes. Aquí estamos a salvo —me acarició el hombro.
—V-vale —aunque no sabía por dónde empezar a entender algo.
Pasaron quince minutos. Quince largos minutos.
Estábamos con la televisión encendida, sentados en su sofá, como si nada estuviera ocurriendo.
Era un silencio distinto al del hospital. Un silencio que no incomodaba. Un silencio “nuestro”.
Los titulares eran catastróficos.
“Estudiantes evacuados tras un grave tiroteo en Madrid.”
“Pánico en las familias tras el tiroteo llevado a cabo en la IAM.”
“Tiroteo esta mañana en el recinto escolar de la IAM.” “Un hombre es buscado como principal sospechoso.”
“Las cámaras no estaban grabando en ese momento «afirmó la directora.»”
No podía más. Me levanté, cogí el mando y apagué la tele. Era ver las imágenes una y otra vez, como si no las hubiera vivido en directo. Horrible.
James no dijo nada. Ni para bien ni para mal.
—Y… —murmuré— y tú… ¿cómo estás?
—Dentro de lo que cabe —se rascó la ceja—. Podría estar peor —sonrió un segundo.
No sabía qué contestarle. Rebusqué algo, aunque fuera una palabra.
—Oye —continuó al ver que no respondía—. No pienses que soy un raro —bajó la mirada—. Me cuesta procesar lo que está pasando.
—No te veo como un raro —dije, aunque no estaba segura de nada—. Supongo que cada uno vive el shock a su manera.
—Sí —esta vez levantó la mirada—. Gracias, otra vez.
Su mano rozó mi mejilla. Un cosquilleo me recorrió la piel.
—D… den… denada —balbuceé.
En el comedor. Él frente a mí.
Cada vez más cerca.
Sentía su respiración. Su corazón.
Sin darme cuenta, posó sus labios sobre los míos. Todo lo demás dejó de existir. El mundo se apagó.
Su padre.
Su padre vive aquí. Esto no es correcto.
Me separé. No supe leer su cara.
¿Triste?
¿Decepcionado?
—Yo… —se tapó los ojos con ambas manos—. Lo siento… No debería…
Sus ojos empezaron a llenarse de agua. Y se fue.
Sí. Salió de su propia casa. Y me dejó a mí, sola.