Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 22
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Capítulo 22

James

31 de octubre de 2007

La sesión de anoche con la psiquiatra fue de todo menos calmada. Ayer vino mucho más preparada, con una libreta y el bolígrafo ya listo, como si supiera de antemano lo que iba a salir de mi boca. Se sentó en la silla que permanecía a mi lado y comenzó con el interrogatorio:

—James, quiero que esta vez seas sincero.

Me desarmé por completo. Lo de esa tarde me había dejado las defensas bajas; estaba más sincero que de costumbre sin siquiera quererlo. Con un dolor punzante en el pecho intenté encontrar las palabras.

—Autolesión… —mi voz salió apenas. No dije nada más; no lo vi necesario.

Ella asintió levemente y anotó algo en su libreta.

—¿Con qué?

Bajé la mirada al suelo, intentando decidir si decirlo sería lo correcto.

—Ehh… —suspiré— Cúter.

La palabra me estremeció al salir. Recuerdo cómo su eco rebotó en la puerta cerrada, y durante un segundo imaginé esas sílabas escapándose hacia el pasillo, donde cualquiera podría escucharlas. El pelo de mis brazos se erizó como si el aire hubiera cambiado de golpe.

A partir de ese momento no recuerdo nada de lo que pasó. Doy por hecho que me dormí tarde, porque hoy estoy cansadísimo, como si me hubiera pasado un camión por encima.

Llamaron a la puerta, y al mismo tiempo el estómago se me encogió. La expresión de mi cara cambió sola. Por un instante pensé que sería Isabella.

La necesitaba… pero no quería que me viera así.

Aun así, una sonrisa se me dibujó sin que la buscara. No quería otro día entero solo en el hospital, y ella había

conseguido que el silencio pesara menos, sin siquiera saber cómo.

La decepción llegó rápido al ver que era una médica. Esta sí que llevaba bata blanca y guantes, así que supuse que no era otra psiquiatra.

—Buenos días, James —abrió la puerta con suavidad.

—Hola —respondí. Porque buenos días serían para ella; para mí no.

—Tengo dos noticias… —la comisura de sus labios se alzó tímidamente, como obligada.

Asentí, porque no sabía qué decir. Me recordó a cuando llegaba a casa con un examen suspenso en una mano y uno aprobado en la otra.

—Hay una buena —alzó un poco la voz— y otra que no sé si… la considerarás buena.

—Primero la mala —pensé que lo había dicho solo por dentro, pero salió en voz alta.

—De acuerdo —suspiró—. Lo hemos estado comentando con los médicos… y creemos que la mejor opción para tu caso

sería… sería internarte.

—No, no, no, no… —cuanto más hablaba ella, menos aire me quedaba.

—Tranquilo, no es un internamiento completo, y todavía no es seguro. Necesitamos el permiso de un tutor legal. Tu madre, por ejemplo.

—¿No es… completo? —pregunté, sintiendo cómo se me erizaba la piel.

—No. Sería algo parcial. Todavía no está confirmado. Si tu madre lo aprueba, entonces te lo explicaré.

—¿Y qué hay de lo que opine yo? ¿O mi… padre? —al nombrarlo, las memorias irrumpieron en mí como una marea imposible de contener.

—¡Rowan Jonathan Thrine! ¡Salga ahora mismo o tiraremos la puerta!

—¿Dónde está? ¿Qué haces tú aquí, solo?

El cút… en el estuche… menos mal que lo guardo aquí…

Me derrumbé ahí mismo, delante de la médica. Mierda.

—James, tranquilo, todavía no está confirmado. No te asustes

—la médica me limpió las lágrimas con un pañuelo.

—Yo… —me miré las manos, como si esperara que ellas tuvieran alguna respuesta.

—Te voy a decir la buena noticia. Tu cuerpo está reaccionando bien a la medicación, y tu brazo va mucho

mejor —hizo una breve pausa—. Esta tarde, si todo va bien, te daremos el alta.

—V-vale —las palabras salieron como por obligación.

No quería volver a casa. Tampoco quería estar aquí encerrado. Creo que quería estar con ella.

La idea de volver a casa me aterraba. Y más aún ahora que había recordado lo que pasó aquella noche. No recordaba por qué hice eso; era como si en ese fragmento alguien me hubiera borrado la memoria.

—Bueno, James, yo me voy ya. Como sabes, vendrán a lo largo del día a hacerte pruebas. Solo venía a informarte de esto. Hasta luego —y salió casi corriendo, cerrando la puerta de golpe. Ni siquiera me dejó despedirme.

Encendí el móvil; todavía no lo había desbloqueado desde esa noche. Pensé que quizá tendría algún mensaje de mi madre — no recordaba que hubiera venido.

Abrí WhatsApp y encontré un mensaje de Elian, mi mejor amigo. Me lo había mandado ayer, pero como tenía el móvil apagado, no me enteré.

Me preguntaba por qué llevaba días faltando a clase. No le dije nada de la expulsión, ni del motivo: Olivia. Él siempre me había advertido de comportamientos raros suyos, de celos y demás. También de la diferencia de edad.

Supuse que si se lo contaba, me caería otra bronca. Así que había pensado en contárselo cuando volviera a clase, para rebajar el enfado. Pero no había podido.

No sé si se habrá enterado de algo; la gente habla mucho, y más sin saber.

La única persona que sabe que estoy aquí —aparte de mi

madre— es Isabella. No le dije que no dijera nada; fallo mío. Aunque no creo que vaya contándolo, y menos estos días sin clase, por Halloween.

Ni siquiera sé con quién se junta Isabella; solo la veo en natación.

Si hoy todo va bien, mañana volveré a casa. Y, aunque parezca raro, le estoy cogiendo cierto gusto a estar aquí. Más que nada porque, al salir, me va a venir todo de golpe.

Muchas preguntas. Pocas respuestas.

Volver a clase era lo que menos ganas tenía. No quiero imaginar lo que han avanzado en la semana que estuve expulsado, ni las preguntas que me hará el director.

No estoy preparado para otro interrogatorio.

¿Veré a Olivia?

Oh, mierda —me llevé una mano a la frente.

Olivia también sabe que estoy aquí. Estoy acabado.

¿Y si mañana entro a clase y todos saben lo que ha pasado?

¿Los pocos amigos que tenía —porque quiero— me dejarán de hablar? ¿Me tomarán por loco? ¿O por cobarde?

Al levantarme pensé que hoy sería un día bueno, o al menos aceptable. Pero en cuanto la médica me dio la “buena noticia” de que quizá me darían el alta, todas mis esperanzas se redujeron.

Las dos noticias me parecían igual de malas.

Si me iba, quizá no vería a Isabella jamás. Tal vez recordaría cómo me puse ayer y dejaría de hablarme. Tal vez se arrepienta.

Y si me voy a… un internado —solo decirlo me erizó la piel, lo volvió real— tampoco la veré. Y con más razones.

Esta tarde… puede que deje atrás estas cuatro paredes que han sido mi habitación estos días. Donde las enfermeras y los médicos han ocupado el lugar de una familia.

Mi madre seguía sin hablarme, y seguía sin venir. Y de mi padre… sabía aún menos.

El pecho se me tensó como si la habitación se hubiese encogido.

Me aferré a algo positivo para no derrumbarme otra vez. Si hoy me daban el alta, mañana podría ir a natación —lo que más echo de menos. Y también podría volver a hípica.

Desde pequeño he tenido presente la frase:

«Sujeta lo bueno como quien guarda la última chispa en la oscuridad».

Y ahora, más que nunca, necesitaba recordarla.