Capítulo 21
Isabella
30 de octubre de 2007
Conforme avanzaba el día, todo me parecía cada vez más surrealista. Me costaba creer que aquello fuera real y no un sueño extraño. Pero no podía serlo: lo que sentía era demasiado fuerte para haberlo imaginado.
Al fin había podido hablar con James. Era una sensación rara, incómoda, como si el aire de la habitación pesara el doble.
Cuando le pregunté qué le había pasado, el arrepentimiento me golpeó de inmediato. Él tardó en reaccionar; el único sonido en la habitación era el goteo del suero.
Pensé que no iba a decir nada. Que seguiría mirando un punto fijo, con los labios tensos y la mirada apagada.
Pero entonces, sin girarse hacia mí, habló:
—Perdón, se me fue todo de las manos.
La frase salió baja, áspera. Como si la hubiera arrancado a la fuerza de su garganta.
Quise tocarle el brazo para darle algo, lo que fuera, pero me detuve a medio camino. Él no parecía querer lástima; no parecía querer nada de nadie. Y aun así, su silencio me decía que necesitaba a alguien. Solo que no sabía cómo permitirlo.
Mientras lo observaba, empecé a atar cabos. La forma en la que evitaba mirarme, cómo se aferraba a la sábana, la tensión de su mandíbula.
Todo aquello me hacía pensar que lo que había ocurrido era mucho más grave que un accidente o una enfermedad. Y cuando la enfermera mencionó a la psiquiatra, sentí un frío horrible en el estómago.
Me sentía inútil. No sabía qué hacer, qué decir, cómo estar a la altura. Nunca había vivido algo así; solo sabía que irme habría sido lo peor. Así que me quedé. Aunque no habláramos, sentía que, de algún modo extraño, le daba algo de seguridad.
Mi cuerpo me pedía quedarme allí. Y eso mismo le dije. Por desgracia, también se me escapó que mi corazón quería
quedarse. Yo, que nunca digo esas cosas. Yo, que ni siquiera lo conozco bien. Me sorprendí a mí misma.
Odiaba que él pensara que yo estaba forzándome a estar allí, porque era justo lo contrario. Y odié aún más el momento en que se puso a llorar. No sabía cómo consolarle, ni si eso era lo que quería. Sentí que estaba a punto de romperme por él, pero tampoco podía hacerlo.
El instinto de cualquiera habría sido apartarse. Pero no esta vez. No conmigo.
Mis dedos temblaban, quizá por miedo, quizá por la intensidad del momento. Era abrumador, pero algo dentro de mí se negaba a irse.
Y entonces escuché su frase, repetida en mi cabeza como un eco:
—Que los dos no… no sabemos porqué, pero queremos quedarnos. O más bien… lo necesitamos.
Eso me dejó clavada. Porque era exactamente lo que yo estaba sintiendo, aunque no sabía si debía creerlo. Él estaba en una situación horrible; no podía saber si decía eso porque era real o porque no sabía qué más decir.
Lo veía luchar por contenerse, y eso me dolía más que si se hubiera echado a llorar otra vez. Ese esfuerzo lo volvía más humano, más frágil, y yo estaba viendo una parte de él que, probablemente, no mostraba a nadie.
Me pregunté mil veces si estaba siendo suficiente. Si debería decir algo más. Si debía consolarlo o si eso lo rompería más.
Y justo entonces tocaron la puerta. Pensé que sería la psiquiatra.
Pero no.
Entró una chica joven, más mayor que nosotros, alta como una modelo, con el pelo rubio ondulado y unos ojos verdes que parecían atravesarlo todo. Y en cuanto me miró, sentí como si me hubiera puesto una pistola en el pecho.
—Eh… —dijo, deteniéndose para mirar a James—. Parece que interrumpo algo.
Sonrió, pero había veneno detrás.
—¿Por esto no me hablabas? ¿Con ella? ¿En serio? Mi boca se secó de golpe.
—Yo… —murmuré, sin saber qué decir.
—¡No! —interrumpió ella—. No digas nada. Ya sé cómo es James.
—Olivia, no es el momento para tus pataletas de niña pequeña
—dijo él, tranquilo, pero tenso.
—¿Pataletas? Otra vez… —su voz subió un tono.
Pero antes de que pudiera seguir, la puerta se abrió otra vez.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó una enfermera—. No podéis gritar.
—¿Por qué me miras a mí y no a ella? —saltó Olivia.
—Ella lleva aquí toda la mañana —respondió la enfermera, señalándome—. Y no he escuchado un solo grito suyo.
—¡Es ella! —me señaló con furia.
—Señorita —la llamó la enfermera—. Ven conmigo.
—¡No! ¡Él es mi novio y está a solas con ella! —me clavó la mirada.
—Olivia —intervino James, tajante—. No estamos saliendo. No somos pareja. Ya quedó claro.
La enfermera vaciló, sorprendida, y finalmente se la llevó casi a rastras.
Antes de salir, Olivia y yo cruzamos una mirada que no supe interpretar.
—Eh… —dije, sin saber qué hacer con mis manos.
—No hace falta que me expliques nada —lo interrumpí cuando intentó hablar.
—Pero ella…
—Da igual.
Y ahí acabó todo. El silencio volvió, pero no era como antes. Era más denso, más difícil de romper.
Hasta que una mujer entró, calmada.
—Hola, James —sonrió. Luego me miró—. Hoy estás acompañado. Me alegro.
—Es Isabella —dijo él—. Una amiga.
—Sí —respondí sin entender por qué.
—Encantada —dijo la mujer—. Soy Alexa, su psiquiatra. Voy a necesitar que salgas un momento.
—Claro —asentí.
Antes de irme, miré a James. Solo cuando él asintió, salí al pasillo.
Me fui directamente al baño. Lo primero que hice al llegar fue pellizcarme el brazo para asegurarme de que nada de aquello era un sueño. Me dolió. No lo era.
Se suponía que debía estar preocupada por lo de mi padre, y lo estaba, pero lo de James… lo de James me atravesaba de otra manera. Tal vez porque llevaba todo el día aquí. Tal vez porque no parecía querer que me fuera. O tal vez porque había algo que nos retenía allí, uno junto al otro.
Cuando salí del baño, me quedé un momento quieta en medio del pasillo.
No sabía qué hacer.
Mi cabeza me decía que debía irme.
Mi cuerpo me llevó directo a la puerta de su habitación.
El asiento al lado estaba libre. Me senté y fingí no estar escuchando, aunque lo estaba haciendo.
No podía oír frases completas; solo palabras sueltas. Impulso.
Heridas.
Dolor.
Razones.
Pensamientos.
Sangrado.
Cút...
Un escalofrío me recorrió entera. Mis manos temblaban. Intenté controlarlas y no pude.
Me sentía culpable por escuchar. Culpable por quedarme. Culpable por irme. Culpable por todo.
La impotencia me quemaba por dentro.
No podía entrar.
Tampoco podía marcharme.
Era como estar atrapada entre dos decisiones igual de dolorosas.
Empecé a repasar todo lo que sabía de él: natación, Olivia, Brisa. Muy poco. Demasiado poco. Me pregunté si alguien se había dado cuenta de algo antes. Si su ausencia en clase tenía sentido ahora. Si nadie vio señales. Si su familia…
Las preguntas me apretaban el pecho. Entonces vibró mi móvil.
Mamá
Isabella, ven a casa. Es tarde.
Tienes que ayudarme a preparar la cena. Tengo hambre.
Ya sabes.
Tu hermana siempre…
Bajé el móvil de golpe. No podía verlo. No ahora. Quizá era una señal.
Quizá ya había tenido suficiente por un día. Mis piernas se pusieron en marcha solas.
Y me fui del hospital con más dudas que respuestas, y con una sensación en el pecho que no sabía si era miedo,
preocupación…
O algo más.