Capítulo 20
James
30 de octubre de 2007
No sé cómo hemos podido llegar a este punto. En algún momento de la mañana, Isabella se había presentado en mi habitación del hospital junto con una enfermera.
Yo le dije que estaba en el hospital, pero no especifiqué cuál, y mucho menos le dije mi número de habitación. Esto era lo último que esperaba. Surrealista.
Ahora mismo no me podía permitir replantearme por qué estaba aquí. Tenía algo peor pendiente. Llevábamos media hora intercambiando miradas de vez en cuando sin decir ni una palabra. El silencio se estaba volviendo incómodo, pesado.
Ella hizo el amago de abrir la boca varias veces, pero nunca llegaba a hablar. Tal vez debería empezar yo… pero ¿por
dónde? Estaba avergonzado de mí. Si pudiera volver atrás…
—Yo… —hizo una pausa y suspiró, como si le costara muchísimo seguir— ¿Q-qué te ha pasado?
No era capaz de mirarla.
Ella permanecía sentada, jugueteando con sus manos. Parecía llenar toda la habitación. Ojalá supiera qué hacer con la respuesta. Yo estaba esperando a que alguien lo dijera todo por mí. No podía. Era imposible. Suspire y cerré la boca, como sellando los bordes de una historia que no quería escapar.
Seguía con la vista fija en la pared. Blanca. Estúpida. Vacía. A veces cambiaba la pared por mirar el suelo, pero era lo mismo. Me quedé en completo silencio.
Creo que ella podía oír los latidos de mi corazón, porque yo sí.
Me ardían los ojos, pero no del llanto. Era otra cosa:
cansancio, rabia… quizá vergüenza. Esa me encajaba más.
Tragué saliva. El sabor metálico seguía en la garganta, como si no se fuera nunca. Las palabras luchaban por salir y dolían.
Sabía que cualquier cosa iba a sonar mal. No sabía cómo encontrar las palabras correctas. Ni siquiera sabía si existían.
Aun así, me lancé, aunque todo dentro de mí gritaba que no lo hiciera.
—Perdón. Se me fue todo de las manos —mis propias palabras me erizaron la piel.
Suspiré. No sabía si era alivio o terror. No sonó como quería. Ni cerca. Era más sucia, más fea, y lo peor: mucho más real.
Escuché cómo se removía en la silla. No sé si quiso decir algo, o moverse, o tocarme. No lo hizo. A lo mejor si la miraba podría ver su reacción, pero no era capaz.
No podía mirarla. No todavía. Porque si encontraba un mínimo de compasión en sus ojos, me iba a romper del todo.
¿Podía romperme más?
Quise esconderme de su rostro, así que clavé la mirada en lo primero que pillé: una grieta en la pared, la sábana… cualquier cosa que me diera excusa para no verla.
Notaba su presencia. Sabía que seguía allí, con los ojos puestos en mí.
Por dentro, mi cabeza no paraba. Estaba atrapado en mis propios pensamientos, como un eco que no se apagaba.
Volvía a estar como antes: sin saber por dónde empezar ni cómo explicar nada sin sonar patético. No quería que sintiera pena. No me lo merecía. Y ella no tenía nada que ver con esto.
Pero ahí estaba. Y me sorprendía que siguiera. Que no se hubiera ido.
Notaba la garganta seca, con ese sabor metálico insistente. Mi cuerpo estaba tenso, agotado, como si responderle fuera tan difícil como ponerme en pie.
El pecho apretado. La mandíbula tensa hasta dolerme las encías. Me di cuenta de que tenía la lengua apretada contra el paladar.
Ella seguía sin hablar. Su mirada ya no era tan fija como antes. Ahora era más suave. No sabía si eso era bueno o malo.
Me decidí. Si no lo decía ahora, iba a ser peor. No quería que volviera la enfermera. Curiosamente… con Isabella aquí me sentía un poco más seguro. Extraño. Necesitaba que se quedara, pero no podía desahogarme con ella.
Las palabras me quemaban dentro. Emití un ruido, no sé si ella lo escuchó. Sin querer, la miré. Algo en su expresión me empujó a hablar.
—Perdón por esto, Isabella —mi voz sonaba desgastada, sin fuerza, como arrastrando cada sílaba.
Y no esperaba comprensión. No buscaba consuelo. Ni siquiera reacción. Solo soltar algo, aunque no fuera todo. Me cubrí la boca con la mano, intentando esconderme.
Ella no respondió. El silencio pesaba aún más.
Volví a notar su presencia como calor. No sabía si me incomodaba o me calmaba. Bajé la vista, como si el suelo pudiera aguantarme.
Sentí un temblor interno, seco, que vibraba dentro del pecho. Las lágrimas no salían, pero estaban allí, acumuladas, como si se negaran a caer.
No tenía derecho a seguir hablando. Ya lo había perdido todo. Ella tampoco sabía cómo reaccionar. Normal. No la culpaba. Ni un poco. Agradecía que siguiera.
No quería que se fuera. Era una sensación nueva, difícil de explicar.
Entonces, ella hizo un sonido.
—Yo… yo… —se pasó la mano por la cara— Yo…
Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas.
—¡No! —mi voz salió más alta de lo que quería. —Por favor… no quiero que sientas… —un sollozo se me escapó—No quiero que sientas pena por mí.
Me mordí el interior de la mejilla. Castigo improvisado.
—P-pero… —sus dedos temblaban— ¿Q-qué… has hecho?
—se tapó la cara enseguida, arrepentida— P-perdona, no respondas. Me he pasado…
—No pasa nada —parecía que la tranquilizaba yo a ella—Casi ni nos conocemos… no te pongas así por mí —murmuré.
—Perdón… no debería… —hizo un amago de levantarse. Seguro que iba a irse.
—Eh, no… no hace falta que te vayas —el calor me subió—Yo… yo no estoy incómodo contigo.
Se quedó congelada. Como si no entendiera mis palabras.
—¿H-he escuchado bien? —se tocó la nuca.
—Sí. Si quieres, te puedes quedar —me estremecí al escucharlo en voz alta. ¿Tenía que hacer esto? ¿Era bueno?
—V-vale… vale —asintió, temblorosa— Gracias, James.
No soportaba verla llorar. Nunca me ha gustado ver llorar a nadie.
Le acerqué unos pañuelos de la “mesita” —máquinas y un paquete de pañuelos— para que se limpiara.
Nos quedamos cinco minutos en silencio. Casi como antes. Pero esta vez podíamos mirarnos. Era como si la tensión de antes se hubiera roto.
Tenía miedo de que entrara la psiquiatra. No soportaba que Isabella supiera lo que me había pasado.
Ella ya había llorado sin conocer la verdad. Y yo no quería que se fuera. Ni que pensara que soy débil por lo que hice.
¿Y si le contaba la verdad?
Ella no sabe nada. Por eso todavía me habla normal. Si se lo cuento, va a huir. Seguro.
Aunque no habláramos, su compañía era buena. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí.
Cuando parecía que al fin iba a hablar, la puerta se abrió. Una enfermera. No la de antes.
—James, en un rato ven… —al ver a Isabella se sorprendió—Ah, hola. No sabía que estabas aquí.
—Yo… si quiere me voy —Isabella se arregló las mangas por tercera vez.
—No, tranquila —negó la enfermera— Solo quería avisar a James de que en un rato vendrá la psiquiatra a hacerle unas preguntas. Cuando llegue sí tendrás que salir, pero después podrás volver.
Vi la cara de Isabella cuando oyó “psiquiatra”. Se quedó pasmada. Los dedos otra vez temblorosos.
—Vale… gracias —respondió.
—De nada. Os dejo —salió.
—N-nos vemos —se le escapó un sollozo a Isabella.
Me giré para mirarla. Tenía miedo de lo que pensara. De que sintiera pena. O que se fuera. O que me consolara. Solo quería que se quedara como si nada hubiera pasado.
Cuando la enfermera se fue, volvió el silencio tenso. Peor que antes.
Decidí hablar. Tenía que hacerlo antes de que la psiquiatra llegara.
—Isabella, lo que has escu—
—Shh. No pasa nada, James —me cortó— No te preocupes.
—Pero… no… —se me escapó un sollozo. Isabella se levantó y pensé que se iría.
Para mi sorpresa, se acercó. Intentó acariciarme. Y ahí me rompí.
No sé cómo ni por qué. Yo creía ser más fuerte. Pero no lo era. Me puse a llorar. No me persiguió la vergüenza. Sentía que esto no era real, así que me dejé llevar.
Solté todo.
Lo que llevaba guardado.
Mi respiración se volvió irregular. Los dientes apretados. Las uñas hundidas en la sábana, en el colchón, en cualquier cosa. No por dolor físico, sino por no desmoronarme más.
Cuando paré, la realidad volvió. Llevaba diez minutos llorando. Y ella me miraba como quien ve algo roto que no sabe cómo arreglar. Odiaba eso.
Ella iba a irse. Seguro. Es lo lógico. Y había escuchado
“psiquiatra”. Ya debía haber entendido todo. Eso me ponía la piel de gallina.
La aparté un poco y le pedí perdón. Convencido de que se iría.
De que esto era ya demasiado. Pero no se movió.
Seguía ahí. Presente. Entera. Mirándome.
Me descolocó tanto que tuve que apartar la mirada. No entendía por qué seguía.
Estaba a punto de pedirme explicaciones a mí mismo cuando ella simplemente… se quedó. Sin sonido. Sin irse.
Esa mínima acción era gigante.
No sabía si era educación, compasión o algo más. Pero el hecho de que no huyera me dio un alivio que casi dolía.
Dentro del caos de mi cabeza, una parte minúscula agradeció que siguiera aquí.
Su presencia hacía más por mí que las charlas — interrogatorios— de la psiquiatra.
Tenía una pregunta atascada en la garganta.
—¿Por qué sigues aquí? —mis dedos buscaban dónde esconderse.
—¿Quieres… que me vaya? —su voz sonaba confundida.
—No, no —rápido— Solo quiero saber por qué… por qué estás aquí conmigo. ¿No me odias? —me arrepentí al instante.
Se hizo un silencio raro. No incómodo, pero cargado.
Cada minuto hacía crecer la idea de que no se iba porque no podía, no porque no quisiera.
Mi corazón latía más rápido al verla dudar.
—N-no sé… —dudó, como buscando palabras— Necesito quedarme contigo. Es lo que… lo que me dice mi cabeza. Y… mi corazón —susurró lo último, casi imperceptible.
Me quedé en silencio. El estómago apretado.
Sin entender muy bien.
“Corazón”.
Eso me descolocó.
Quería creerlo, pero me daba miedo ilusionarme. ¿Y si estaba confundida?
¿Y si era compasión?
—No te sientas… —dudé— obligada a estar aquí. No quiero eso.
Me tembló la voz igual que sus dedos.
—No me siento obligada —dijo suave, sincera— No sé por qué, pero neces… —corrigió— me gustaría quedarme.
¿Y si yo también sentía lo mismo… sin entenderlo?
¿Por qué no quería que se fuera?
¿Por qué no quería que entrara alguien y la sacara?
—Pues… parece que los dos —tragué saliva— no sabemos por qué, pero queremos quedarnos. O más bien… lo necesitamos.