Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 19
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Capítulo 19

Isabella

30 de octubre de 2007

Hoy era martes y no podía estar más agradecida con los tres días de fiesta que teníamos en clase por la celebración de Halloween.

Porque ayer, después de esperar respuestas por parte de James, por fin me contestó.

Su mensaje me dejó toda la tarde con un nudo en el pecho, como un zumbido que no se iba, por la frase que me había escrito:

“Estoy en el hospital, no te preocupes.”

¿A qué clase de persona puedes decirle que estás en el hospital y pedirle que no se preocupe?

Tenía una cantidad insana de preguntas rondándome por la cabeza, pero no quería agobiarlo. Supongo que él ya sabrá lo de su padre, y lo último que quería era preguntarle directamente. Aunque quisiera respuestas, no podía hacer eso.

Tecleé varias respuestas… para después borrarlas una detrás de otra. O eran demasiado largas, o demasiado directas, o simplemente no me atreví a enviarlas. Ya ni sabía qué era peor.

Mi plan de lunes festivo consistía en arreglar mis cosas, darme una ducha caliente y ponerme mascarillas. Todo se derrumbó al recibir su mensaje; fue lo único en lo que pude pensar. Es lo que me pasa por preguntar, supongo.

¿Qué hará en el hospital?

¿Le habrá pasado algo?

¿Estará bien?

Las preguntas iban y venían como una canción repetida que ya estaba cansada de escuchar.

Ese día mi madre hizo la comida. En otro momento lo habría agradecido, pero necesitaba una distracción, algo que me obligara a dejar de pensar… aunque no funcionó.

Finalmente, cuando ya había anochecido y las calles estaban iluminadas por farolas, me atreví a enviarle un mensaje. Uno que releí unas cuarenta veces antes de darle al botón.

James (papelería)

Hola Isabella.

Estoy en el hospital, pero no te preocupes.

Perdón por no haberte podido llevar las cosas.

No pasa nada, tengo algunas de recambio.

¿Va todo bien?

¿Cómo estás?

Me arrepentí al instante.

Estuve toda la noche pensando si debería borrar el mensaje, porque ¿a quién se le ocurre preguntarle a alguien ingresado si “va todo bien”? Claro que no iba bien.

Me quedé en vela rogando por que amaneciera y poder poner algo de orden en mi cabeza. Ni cerrando los ojos conseguí distraerme.

Esa idea giraba dentro de mí como ropa en una lavadora: caótica y sin descanso.

Sin darme cuenta, el cielo empezó a teñirse de un naranja suave. Un rayo de luz se coló por la ventana.

Así me “desperté” porque en realidad no dormí nada.

Mañana era Halloween, así que al menos me ahorraba el maquillaje. Ya llevaba la cara de muerta.

James no había respondido en toda la noche.

Lo peor no era eso, los mensajes ni siquiera le llegaban.

Quizás le retiraron el móvil por la noche. Quizá estaba dormido. Quién sabe.

Pero a mí todo esto ya me ponía los pelos de punta.

Hoy tenía que visitar a mi padre, así que me preparé rápido. Me apliqué la mitad del bote de corrector en las ojeras y lo fijé con polvos.

Elegí unos vaqueros y un jersey blanco, desayuné algo a medias y salí corriendo hacia el autobús. Era mi única opción para llegar al hospital, ya que mi madre se había quedado limpiando. Una hora entera de trayecto… pero gracias a las cortinas opacas del bus pude dormir unos minutos.

Bajé medio atontada, con las pestañas pegadas, y caminé hasta el hospital.

Entré a la habitación de mi padre. Se le veía algo mejor, aunque aún no hablaba bien. Yo le conté cosas para entretenerlo; supongo que estar ahí tantos días debe ser agotador.

Los médicos me habían explicado por encima el estado de mi padre. El atropello fue grave y tenían que tenerlo un mes en

observación. Habían descartado daños cerebrales, pero tenía dos costillas rotas y la pierna derecha muy afectada.

Una de las complicaciones había sido un hemotórax, acumulación de sangre entre el pulmón y la pared del pecho, así que había necesitado oxígeno y varias transfusiones.

Ahora lo peor estaba por llegar: una toracotomía, una cirugía para localizar el vaso roto y cerrarlo.

Al menos estaba en buenas manos.

De pronto, escuché que alguien gritaba un nombre. Un nombre que me resultó demasiado familiar.

—¡James! —repitió una voz femenina, angustiada o emocionada, no sabría decir.

Mi cuerpo se tensó.

James me había dicho que él estaba en un hospital… ¿en este? No sabía si salir era una idea absurda… o necesaria.

Me levanté y le hice un gesto de despedida a mi padre, aunque él ya estaba medio dormido por la medicación.

En el pasillo no había nadie que pareciera haber gritado hace segundos. Caminé un poco, fingiendo normalidad. Varias personas estaban sentadas con caras cansadas o los ojos húmedos: escenas típicas de hospital.

Al llegar de nuevo cerca de la habitación de mi padre, escuché ruidos en la habitación contigua.

Me acerqué, intentando disimular, y pegué ligeramente la oreja a la puerta.

Solo distinguí una tos seca, muy débil, y un pequeño gemido de dolor.

Me quedé un poco más, intentando averiguar si de verdad había oído ese nombre o si ya estaba imaginando cosas.

Entonces sonó un pitido, suave, como una alarma baja de una máquina médica.

Un pitido nunca significa algo bueno.

Retrocedí de golpe, con el corazón encogido.

¿Cómo explicaría que estaba escuchando una puerta ajena? Una enfermera se acercó a mí.

—Hola, tienes cara de asustada. ¿Todo bien? —dijo con una expresión llena de compasión.

—E-Es que… h-he escuchado unos pitidos —tragué saliva—. Me acerqué a esta puerta y parecía que venían de aquí. No sabía qué hacer —murmuré, jugando con las manos.

—No te preocupes. Ahora entramos, ¿vale? —asintió—. A veces es solo que los goteros se quedan sin suero.

No sabía cómo explicarle que yo no conocía al paciente. Temía que fuese James… y también temía que no lo fuera.

—V-Vale —logré decir.

La enfermera abrió la puerta. El pasillo quedó en silencio.

Yo di un paso lento, casi temblando. Me asomé detrás de ella.

Vi a alguien tumbado en la cama, con parte de la cara cubierta por una mascarilla de oxígeno.

Piel pálida. Goteros.

Cables.

Un brazo vendado.

Un tubo saliendo del costado conectado a una bolsa rojiza. Subí la mirada.

Y lo vi. Era él. James.

El chico de la papelería.

Estaba solo. Sin nadie acompañándolo.

A lo mejor el grito no había sido real. A estas alturas, cualquier cosa me habría parecido posible.

Incluso con media cara tapada, era imposible no reconocer esas pecas.

Mi cuerpo entero se llenó de culpa y de un frío seco.

Sentía que no tenía derecho a estar allí… pero tampoco podía moverme.

Retrocedí.

El aire parecía no entrarme bien. Me cubrí la boca con la mano mientras la otra buscaba apoyo en la pared.

El nombre en la puerta confirmó lo que ya sabía: James Thrine.

—Ey, chica —me llamó la enfermera—. No pasa nada, está bien.

Miré a la enfermera, luego a James, luego otra vez a ella, como si estuviera siguiendo un partido de tenis.

—Lo que has escuchado era la máquina indicando que el suero se estaba acabando. Nada grave, ¿vale? —añadió.

Asentí, aunque mi cabeza hervía de preguntas.

¿Qué le había pasado? ¿Por qué estaba así?

—Puedes quedarte un rato con él si quieres —dijo mientras cambiaba los goteros—. Si necesitas algo, dale al botón.

¿Quedarme?

No podía irme después de que lo dijera.

¿Y si James me veía irme?

¿Y si la enfermera volvía y yo no estaba? Me quedé.

Él estaba inmóvil. A veces me miraba rápido, pero no decía nada.

Yo tampoco sabía qué hacer.

¿Hablar? ¿Callar? ¿Preguntar?

El silencio era incómodo. Pesado.

Solo se oían las máquinas y nuestras respiraciones.

Me senté en la silla junto a él, jugando con mis pulseras para disimular el temblor de mis manos. Intentaba mantener contacto visual, pero era imposible. Miraba el gotero, el suelo, la ventana… cualquier cosa menos a él.

Su presencia me incomodaba y me aliviaba a la vez.

James tosió una vez, apenas un sonido.

Movió el botón de la cama y lo soltó enseguida. En un momento, nuestras miradas se cruzaron.

Breve. Crudo. Sincero.

Los dos miramos hacia abajo después.

Tomé aire. Tenía que hablar. Si no, me arrepentiría.

—Yo… —tragué saliva—. ¿Q-qué te ha pasado? —la pregunta se me escapó como un suspiro roto.

Él no respondió.

Desvió la mirada hacia la pared, como si ahí hubiera algo que solo él pudiera ver.

Mis dedos se entrelazaron torpes en mi regazo. El silencio me aplastaba.

Quise añadir algo, cualquier cosa, pero nada salió. James parpadeó una vez, lento.

Nada más.

No emitió un solo sonido.

Y yo tampoco pude moverme del sitio.