Capítulo 18
James
29 de octubre de 2007
Habían venido varios médicos más a preguntarme cosas, pero yo me negaba a responder.
Solo tenía un recuerdo lejano, de una mujer llorando enfrente de mí. Ahora estaba más despierto; había escuchado que me estaban bajando la medicación para ver cómo reaccionaba mi cuerpo.
Estaba muerto de vergüenza, no me podía creer lo que había hecho. Estaba haciendo sufrir a la gente y era todo por mi culpa. No me entraba en la cabeza y solo podía pensar en qué habría pasado si no me hubieran encontrado a tiempo.
No recuerdo nada de ese día, solo unos golpes en la puerta… y el siguiente recuerdo es haber despertado aquí, en esta misma cama, vestido con una bata blanca y con goteros
colgados de los brazos. Médicos entrando y saliendo, la mujer llorando…
Mi cabeza le estaba dando demasiadas vueltas y no sabía cómo pararla. Ojalá existiera un botón de desconectar.
“Ojalá no te hubieran encontrado.” “Ojalá hubieras dejado de respirar.” “La gente está sufriendo por tu culpa.” “Todos te van a juzgar, te lo mereces.”
“Pronto se enterará toda tu clase, te van a tomar como una gallina.”
“Eres un cobarde.”
“Tienes que desaparecer, para siempre.”
Ví mi propio reflejo en el monitor apagado que tenía delante, y giré la cara rápido. Pasé la mano por mis brazos. Toqué las cicatrices, los rasguños, y un escalofrío me recorrió entero.
“Esto es real.”
“¿Qué van a pensar de mí?”
Estaba en una pelea constante contra mi cabeza, cuando de golpe una persona vestida con ropa normal abrió la puerta y me borró todos los pensamientos.
—Hola, James —escuché una voz femenina, tranquila—.
¿Puedo pasar?
Asentí con la cabeza, abrumado, muerto de la vergüenza de que alguien me viera así. Ni siquiera sabía quién era, pero igual me sentía culpable.
—No quiero presionarte. Solo hablar un rato, si te parece bien
—dijo, sin ninguna prisa.
—V-Vale —murmuré.
—Sé que estás avergonzado, pero de verdad… no te castigues por sentirte así. Mucha gente pasa por momentos como este, aunque nadie hable de ellos —su voz era suave, constante.
Me quedé mirando al vacío, mientras las palabras se iban asentando despacio.
—Sé que todo esto puede parecer abrumador. Estar aquí, despertar así, no saber qué va a pasar… —continuó.
Las lágrimas se me escaparon solas. Ella se acercó y me las limpió sin decir nada, sin juzgarme, sin preguntar por qué lloraba.
—¿Te acuerdas de lo que te pasó para llegar aquí? — preguntó.
—Sí… me acuerdo —me tembló la voz—. Pensé que nadie lo… lo notaría.
—¿Cómo te estás sintiendo ahora mismo? Física o mentalmente. Lo que quieras contar.
—Estoy bien —mentí. —Fue un error, ya lo sé. Ojalá no me hubieran encontrado —la frase salió antes de poder frenarla.
—James… ¿hay algo que te llevó hasta ese punto? Miré la ventana, luego mis brazos, y después a ella.
—No lo sé. No puedo… no… —el monitor empezó a pitar.
—Está bien, está bien —dijo despacio—. No hace falta que hablemos de eso si no quieres. No estás solo, ¿vale?
—Me lo merezco. He… he fallado a todo el mundo —la voz me ardía.
—No te lo mereces, James. Créeme.
—Quiero desaparecer… lo necesito —las palabras se escaparon solas. —Todos piensan que soy feliz y no es así…
—Gracias por contármelo —sonrió, con tristeza—. Vendré más tarde, ¿de acuerdo? Ahora vendrán los médicos a hacerte unas pruebas. Estoy orgullosa de que sigas aquí. No lo olvides.
Asentí. No me salían más palabras.
Al rato apareció otro médico. Me volvió a pinchar para sacarme sangre —era imposible que quedara algo ya— y me explicó cosas que no terminé de entender.
Me dio el móvil, “por si quería avisar a alguien”.
—Total, no tengo a nadie —pensé. Y si tuviera, tampoco se lo contaría.
Al encenderlo, no había notificaciones. Nada nuevo. Pero al abrir mensajes, vi dos mensajes de un número desconocido.
Me quedé un buen rato sin atreverme a abrirlos. Al final, cedí.
+34 699 123 4567
Hola, hace días que no
te veo por natación ¿Qué tal? Soy Isabella, me ha pasado Brisa tu número.
¿Tu tienes mis cosas de clase, verdad? Mierda. Isabella.
Tenía sus cosas. Se las había llevado a casa, pero cuando la encontré tirada en el suelo y la llevé al hospital… al volver, las dejé en mi casa. Y luego… todo pasó.
Ni idea de cuándo iba a poder salir de esta habitación. Me daba rabia no poder dárselas. ¿Qué iba a pensar de mí?
No podía contarle la verdad, pero ignorarla tampoco. No quería ser mala persona con ella.
Me pasé diez minutos maldiciendo a Brisa por darme su mochila a mí.
Después me dormí. Me despertó la misma psicóloga de antes. Intenté hablar más con ella, abrirme un poco, pero cada vez que quería decir la verdad, el nudo en la garganta se hacía más fuerte.
La tarde se volvió noche. Trajeron la cena del hospital —si a eso podía llamarse comida— y me la comí a medias. Era eso o pasar hambre.
La noche trajo esa sensación incómoda en el pecho, ese vacío, esa nostalgia rara. Al menos la medicación me quitaba el dolor físico.
Tenía unas ganas terribles de responder a Isabella, decirle que estaba en el hospital… pero ¿cómo le explicaba el motivo? No podía. Ni quería.
Escribí varios mensajes, algunos demasiado sinceros, otros intentando sonar normal. Los borré todos.
Al final, me decidí por uno simple: que estaba en el hospital, que lo sentía, y que en cuanto pudiera le daría sus cosas. Que no se preocupara, que solo había sido un susto.
Pero aun así me quedó una espina en la garganta.
Revisé mis chats, apagué el móvil y no quise mirar si respondía o no. Lo último que quería era esperar mensajes. O necesitar que llegaran.
Dormir en un hospital era imposible. Entre las camas duras, los pasos, las puertas, los pitidos, los médicos entrando cada dos minutos… y la mujer que lloraba en la habitación de al lado…
Ya conocía a medio personal sanitario. También sabía cuántas baldosas tenía el suelo y todas las grietas de la pared.
Echaba de menos la música. Mucho.
Hoy al menos me dejaron salir quince minutos en silla de ruedas, aunque solo tuviera un brazo vendado. En los hospitales siempre te pasean en silla; supongo que por protocolo.
Mi madre venía poco. Sólo para los informes. Se lo agradecía: no quería que me viera así.
A las once, cuando por fin estaba medio dormido, entró otro médico.
—Buenas noches, James —susurró—. Voy a tomarte la tensión.
“¿Otra vez?”, pensé mientras me colocaba el aparato. Era mínimo la quinta vez ese día.
Cuando acabó, apuntó algo en una libreta y se marchó sin decir nada.
—Buenas noches, eh —murmuré para mis adentros, con ironía.