Capítulo 17
Isabella
27 de octubre de 2007
Mi padre al fin estaba mejorando, y por ende, mi madre también. Ella seguía ocultando las cosas, no me quería decir por qué mi padre tuvo ese accidente, pero me conformaba con que me diera actualizaciones de cómo iba.
Se había fracturado la pierna derecha y tenía varios golpes en la cabeza, aunque estos no eran peligrosos; no tenía daño cerebral. Estaba en la UCI, porque necesitaban tenerlo bajo observación unos cuantos días. Al menos recibía medicación, y lo más importante: ya estaba consciente.
En algún momento sabría lo que realmente le pasó. Mientras tanto, me conformaba con saber cómo se encontraba.
Me vi obligada a mandarle un mensaje a Brisa, porque necesitaba mi mochila para ir a clase la semana siguiente y
ella no aparecía. No quería preguntarle —me sabía mal—, pero necesitaba mis cosas.
Brisa (clase)
Hola ¿Cómo estás?
Súper mega bien ¿y tú?
Me alegro, bien. Una cosa ¿podrías pasarte a mi casa a traerme mis cosas de clase? Y la bolsa de natación :)
Ehhh. Es una larga historia, pero yo no tengo tus cosas. Pensaba que ya te las había dado él.
¿Cómo? ¿Él?
Si, es que le dije a James que
te las llevara.
Ah, pues no las ha traído, y últimamente no viene ni a natación.
Mierda.
¿Qué pasa?
Y ahí se quedó la conversación. Yo no entendía nada ¿Por qué le daría mis cosas a James? ¿El sabe donde vivo? ¿Por qué no ha venido a traerme mis mochilas?
Bajé a la cocina a desayunar, y ahí estaba mi madre, preparándonos el desayuno. Sí, en plural: a las dos. Algo que no era nada habitual.
Al lado de la encimera tenía un periódico abierto por una página marcada. Me dio curiosidad, mi madre casi nunca lee el periódico. Y si lo hace, es porque sale alguien de mi familia o alguna noticia de Estados Unidos. Me acerqué para ver qué pasaba.
—¿Y este periódico? —pregunté mientras lo cogía para leerlo.
—¡Esto no es tuyo, no lo toques! —gruñó mi madre, intentando quitármelo de las manos.
Había una foto: un coche, ambulancias detrás y agentes por todas partes. Llegué a leer parte del titular: “Un herido grave tras un mortal atropell…”. Debajo, un nombre subrayado con bolígrafo azul. No me dio tiempo a fijarme más porque mi madre me arrancó el periódico.
—¿Por qué no me dejas leerlo? ¿Qué escondes, mamá? — suspiré, cansada de pelear siempre por lo mismo.
—No escondo nada, hija. —Se tocó la nariz, nerviosa.— Solo que tú eres muy pequeña para entenderlo.
¿Muy pequeña?
Después de TODO lo que había vivido. Después de TODO lo que me ocultaba. Y aún así… seguía diciéndolo.
—Vale —apreté los puños—. Está bien, mamá.
—Ya está el desayuno listo —anunció, cambiando de tema.
Desayuné rápido. No quería seguir conteniéndome enfrente de ella. Cuando terminé, subí corriendo a mi habitación.
Al menos ya teníamos muebles; no tenía que dormir sobre una manta arrugada. Mi espalda lo agradecía.
Aún quedaban muebles por montar. En dos días era imposible tenerlo todo, y sin presupuesto para que los montaran, todas las piezas estaban en sus cajas.
Empezamos por lo más urgente. Bueno, empecé, porque mi madre no movió ni un dedo con la excusa de que estaba cansada por “todo lo que había pasado”.
Yo no podía usar esa excusa —si lo hacía, me caía bronca—, así que me tuve que poner las pilas para montar las camas.
Ya quedaba menos para dejar de comer sobre una mesa de plástico de terraza. Al menos la casa empezaba a parecer hogar.
Pero no podía evitar pensarlo: quería leer ese periódico. Ese titular… esa palabra subrayada… me estaban carcomiendo por dentro.
Esperé a que mi madre se fuera. Cuando escuché la puerta, bajé inmediatamente.
El periódico no estaba.
Lo busqué por toda la casa, un sitio tras otro. Nada.
Me convencí de que se lo había llevado en el bolso… o lo había tirado.
Entonces me vino una idea.
Corrí a encender el ordenador. Tardó quince minutos, como siempre.
Entré en elpais.com.
Escribí: “Un herido grave tras un mortal atropell”.
Apareció el titular. La misma foto.
El mismo escenario. Tragué saliva.
“Un herido grave tras un mortal atropello en la M-607.”
Debajo, el nombre subrayado:
“Rowan Jonathan Thrine”.
Mi pecho se encogió de golpe. Volví a escuchar su voz en clase:
—¿Oye, tu apellido es Thrine?
—Sí, ¿por qué lo dices?
Me quedé paralizada. No podía procesarlo. Quería convencerme de que era un error. Hay más gente que se apellide Thrine.
En Madrid… no tantas.
Seguí leyendo:
“Rowan Jonathan Thrine está en busca y captura. Se dio a la fuga después de causar el atropello. Las autoridades sospechan que estaba bajo los efectos de sustancias
psicotrópicas.”
Sentí cómo me temblaban las manos.
¿Y si… todos lo sabían menos yo?
¿Lo sabría Brisa?
¿Lo sabría James?
Pensar en él me heló por dentro.
Quise llamarlo, pero no tenía su número. Y aunque lo tuviera… ¿sería correcto?
Respiré hondo y le escribí a Brisa.
Brisa (clase)
Hola ¿Me puedes pasar el número de James?
Por supuesto. que raro
que te sepas su nombre. Ja,
ja, ja.
Aquí tienes
James
Añadí el número de James a mis contactos: “James (papelería)”.
Estuve mirando su contacto mucho rato. Dudando.
¿Por qué sentía la necesidad de hablar con él?
¿Por qué él?
Ni siquiera éramos amigos. Al final me atreví:
James (papelería)
Hola, hace días que no te veo por natación ¿Qué tal?
Soy Isabella, me ha pasado Brisa tu número. ¿Tu tienes mis cosas de clase, verdad?
No contestó.
Me dije que era normal.
Con lo que estaba pasando… era normal. Pero aun así, no podía dejar de pensar en él.
“Seguro que ha leído el mensaje y no quiere contestarte.” Mi cabeza no paraba.
Intenté distraerme montando muebles. Pasaron horas.
Nada.
Cené un trozo de pizza y me acosté. Ojalá mañana trajera respuestas.
O que todo esto… fuera solo una pesadilla.