Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 16
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Capítulo 16

James

27 de octubre de 2007

—Se está despertando.

—Acaba de abrir los ojos, eso es una buena señal. Vamos a avisar a la familia.

—¿Familiares de James Thrine Miller? —preguntó, a lo lejos una voz de hombre con tono serio.

—Aquí —respondió, una voz femenina esta vez.

—Venid, le hemos podido despertar del coma inducido. Está reaccionando, si reacciona bien, pronto le quitaremos los tubos respiratorios y algún suero.

Escuché un sollozó, no sabía si de alegría o de desesperación.

De repente, me desperté del todo. Estaba en una habitación, toda blanca, con un monitor enfrente de mi y un montón de goteros. También llevaba un brazo vendado y una pulsera con mi nombre y apellidos.

¿Cómo he acabado aquí? —el estómago me dio un vuelco. Algo no cuadraba.

Apareció una mujer, con la cara roja y los ojos hinchados. Parecía que se le iban a salir de las órbitas, y de ellos caía una cascada de lágrimas. Tenía las manos juntas, estaba jugando con ellas, mientras se le notaba un temblor por todo el cuerpo.

A su lado, había dos personas vestidas enteras de blanco, con sus respectivas mascarillas y guantes en las manos. Se les veía contentos, pero no tenía ni idea de por qué.

La mujer se acercó a mí, pero las dos personas de blanco la detuvieron.

—No puede acercarse a él todavía, es muy pronto. Se acaba de despertar, Adara.

¿Adara? ¿Quién era esa mujer y porque se quería acercar a mí?

—¿Qué ha pasado? ¿Fue realmente un accidente… verdad?

—la mujer dejó la pregunta suspendida en el aire, aferrándose a la mínima esperanza de que así fuera.

—Adara… lo sentimos. Por lo que hemos visto, no parece que haya sido un simple accidente —respondió el médico, con un tono prudente pero firme.

—¿Q-qué? —la voz se le quebró, y sus piernas cedieron mientras intentaba sostenerse con las manos temblorosas.

—Cuándo se despierte del todo y lo estabilicemos, vendrá un psiquiatra a evaluar el caso. ¿De acuerdo? —se cruzó de brazos.

—Ahora no puede venir, James no está escuchando nada, sigue medio inconsciente —añadió otro señor vestido de blanco.

¿Cómo que no escucho nada? Si lo estaba oyendo todo.

—Eh… —intenté hablar, pero el pecho se me tensó de golpe, como si el aire se hubiera encogido a mi alrededor.

—Acaba de hablar, doctores. ¿L-le habéis escuchado? — preguntó Adara, con las cejas alzadas.

—Adara tienes que irte de aquí. Ahora nos encargamos de todo, usted no se preocupe —tocándole el brazo.

—James ¿cómo estás? — la pregunta resonó dentro de mi, pero quedó en el aire.

—...— las palabras que ansiaba no salieron. Se me quedaron apretadas en el pecho.

—Intenta hablar, antes has podido —me animaron. —¿Cómo te sientes, James? ¿Notas algo?.

—Tengo… ¿frío? —mi propia voz me sonó ajena, como si no fuera mía.

—Es normal. Tenemos el deber de explicarte lo que ha sucedido ¿Estás preparado? ¿O prefieres que esperemos un rato?.

Quería las soluciones, bueno, mejor dicho, las necesitaba.

—A-ahora —tragué saliva, tan fuerte que puede que me escucharan.

—¿Se lo vas a decir ahora? —le preguntó un señor a otro.

—Si, tiene el derecho a saber por qué está aquí. Ahora mismo su cabeza solo quiere respuestas, si lo alargamos más, podrá darle muchas vueltas. Si es necesario más tarde se lo explicaremos otra vez.

—Está bien —contestó.

—Por favor, explicádmelo… n-no puedo más —mi voz salió rota, casi suplicando.

—James, escucha, no te asustes, ¿vale? Todo está controlado ahora —empezó con voz calmada—. Antes de ayer, el día veinticuatro, tu madre te encontró en el baño. Estabas en el suelo, y parecía que te habías hecho daño tú solo —añadió, dejando un breve silencio para que pudiera asimilarlo.

—...—Tragué saliva. No sabía si por miedo o por la idea que acababa de cruzarme la cabeza.

—No te preocupes, tu madre te encontró a tiempo —sus ojos parecían humedecerse mientras continuaba hablándome. —Te llevaron en la ambulancia.

—¿Q-Qué? —me pasé la mano por la cara. No quería aceptar lo que empezaba a entender.

—Sí. En la ambulancia, el equipo de emergencias te estabilizó enseguida.

Te atendieron las heridas, te administraron oxígeno y te pusieron sueros para evitar que tu cuerpo se descompensara —explicó con suavidad.

—Al llegar al hospital tuvimos que inducirte un coma temporal para proteger tus órganos, porque estabas muy inestable —continuó, con una mirada que intentaba transmitir calma.

—¿Estoy… bien? —tenía un nudo en la garganta que no dejaba entrar el aire. Me tapé la cara, muerto de la vergüenza. No soportaba que me vieran así.

Cuando me di cuenta, tenía toda la cara mojada por las lágrimas y me faltaba el aire en los pulmones.

—Si, ahora así. Vas a estar bien, te lo prometemos. —dijeron al unísono. —Ahora, vas a descansar un rato, no te preocupes por nada. En un rato vendrá un psiquiatra para evaluarte.

¿Cómo no me iba a preocupar por nada? ¿Qué cojones había hecho y porqué? Si ni siquiera sabía dónde estaba, quería muchas más respuestas.

Se me empezó a nublar la mente, y volvía a sentir las articulaciones débiles, sentía un hormigueo en los dedos de ambas manos y en los pies.

Sentí un leve pinchazo y, poco a poco, el cansancio me arrastró hacia el sueño. Lo agradecí más de lo que pude decir.