Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 15
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Capítulo 15

Isabella

25 de octubre de 2007

El desmayo de ayer fue solo un susto. Estuve ingresada en el hospital doce horas, mientras me hacían pruebas para descartar cosas.

Me desperté en la camilla del hospital, sin saber qué había pasado. Ni quién me había encontrado en casa.

—¿Qué…? ¿Dónde estoy? —balbuceaba

—Te has desmayado y estamos de camino al hospital, pero todo está bien —me calmó una enfermera. —Ya se ha despertado —susurró.

—Tengo la boca seca… y las manos frías.

—Es lo normal, Isabella. ¿No recuerdas nada? —preguntó.

—No, es como si me hubieran desconectado para traerme aquí —en voz baja.

Me volví a despertar, tumbada en una camilla del hospital, con la bata puesta y unos goteros enganchados a mi brazo izquierdo.

—Isabella ¿te pasó algo que crees que te llevó al desmayo?

—me preguntaban las enfermeras.

—No —mentí, negando con la cabeza.

—Le hemos hecho pruebas, y hemos llegado a la conclusión de que podría ser… algo mental —escuche a lo lejos hablar con mi madre.

—No creo, es un desmayo común ¿verdad? — mi madre se cruzó de brazos.

—Si, por supuesto —admitió la enfermera —Pero queríamos hacerle unas pruebas más, si nos da el permiso.

—Lo siento pero no, nos tenemos que ir ya —se rascó la nariz.

—Vale, vamos ha hablar con Isabella.

—Isabella, ahora te daremos el alta —abrió la puerta la enfermera. —Tu padre está en la habitación de arriba, sube con tu madre a verle, ya que estás aquí.

Ayer, me dijeron que mi padre estaba ingresado en el hospital, en el mismo en el que estaba yo. Había tenido un accidente, no se dónde ni porqué.

Lo que sé es por las enfermeras. Mi madre no se dignaba a contarme algo de mi padre.

Salí de mi cuarto del hospital ya dada de alta, y me dejaron subir a la planta de arriba. Fui con mi madre. No me dirigió la palabra en todo el camino.

No pude hablar con él, estaba entubado y solo lo podía ver por el cristal.

Le pregunté a un médico que como estaba, necesitaba más información, resolver este puzzle.

Su respuesta fue: Al ser menor de edad te lo explicará tu madre. ¿Cómo le iba a decir al médico que mi madre me ocultaba todo?. Le hice una última pregunta:

—¿Al menos está estable? —me estremecí al oír mi propia voz.

—Si, estará bien. —respondió con indiferencia, y se marchó.

Hoy era un día nuevo, así que intenté olvidarme de todo lo que había pasado y volver a la normalidad.

Como ya llevaba días sin mi padre, ya estaba acostumbrada.

Ya sabía dónde estaba y que estaba en buenas manos, así que, quieras o no, estaba más tranquila.

Mi madre no comentó nada del tema; simplemente lo dejó pasar.

Fui a clase —con la mochila de mi madre y unos lápices viejos—. Hablé con mis compañeros. Las amigas de Brisa no vendrían hoy, así que me prestaron algunos materiales más.

Me dieron el resultado de la prueba de matemáticas; la profesora se quedó sorprendida por mis conocimientos. Me permití una sonrisa pequeña, apenas un reflejo de lo que valía.

Y por eso, llegué feliz a natación.

Hoy quería nadar. Solo eso. Mantener la mente ocupada.

En la clase de hoy de natación, estábamos solo tres alumnos: yo, Marco y Gabi.

El chico de la papelería —nunca me aprenderé su nombre—hoy no había venido. Me pareció extraño, hasta que recordé lo que me había contado Brisa: tener un horario fijo y él no tenerlo eran compatibles.

Salí un poco antes de lo habitual, como nueva. Me iba a dar una ducha: estas tenían agua fría y caliente. Incluso había jabones y champús de uso común. Eso era un puntazo, y más hoy.

Al llegar a casa comí y me puse a tocar la guitarra en mi balcón. Mi madre interrumpió mi tranquilidad, asomándose por la puerta.

—Isabella, tengo una buena noticia para tí —sonrió.

—¿Qué noticia?

No quería hacerme ilusiones.

—¡Los muebles llegarán mañana!

—¿Qué? ¿De verdad? —los ojos me brillaron sin pedir permiso.

—Si, me han llamado hace un rato, mientras estabas en clase.

—Menos mal… Pensé que no llegarían jamás. Al fin podré dormir en una cama. Tengo la espalda destrozada —me toqué la zona lumbar.

—No seas exagerada, tampoco es para tanto —se le escapó una risa.

—Tú duermes con tres mantas como colcha en vez de una, ya te vale —me reí con ella —Prueba a dormir en mi “cama”.

—Ja, ja, ja. Ven, que ya está la comida preparada —hizo un gesto para que la siguiera.

Hoy era mi día de suerte. O una broma de mal gusto. Entre la sorpresa de la profesora, los muebles nuevos… y encima la comida ya hecha.

Algo tenía que salir mal. Tantas buenas noticias en un mismo día no eran normales.

—Isabella, tengo que contarte algo —soltó mi madre justo cuándo me metía una cucharada de arroz tres delicias en la boca.

—Dime —murmuré con la boca llena.

—Tu padre está ingresado, pero estará bien —suspiró, esperando que dijera algo. Yo no lo hice. —No te he contado nada porque lo que menos quiero es que te preocupes — admitió, repitiendo una vez más lo mismo de siempre.

—Mamá, ya hemos hablado de ese tema suficientes veces — suspiré más fuerte que ella—. Si no me dices lo que está pasando, me preocupo más, y lo sabes.

Era la misma conversación de siempre, repetida millones de veces.

—Lo siento, hija. No quería que te pusieras así el otro día — bajó la mirada y cerró los ojos.

—No pasa nada, mamá —mentí. No valía la pena volver a discutir.

—Gracias, hija. Eres muy fuerte —se levantó y me acarició la espalda.

¿Fuerte? Me había desmayado delante de ella por una pelea. Y cuando las enfermeras me lo preguntaron varias veces, ni yo supe explicar por qué había pasado.

Al menos hoy lo había pasado bien por la mañana, y no quería estropear lo que quedaba de día por una confusión con mi madre. Y menos sobre este tema, que ya lo habíamos repetido un millón de veces.

Cogí mi guitarra y salí a la terraza, como siempre, para despejarme. Hace días vi la silueta de un chico en otra terraza, como si me estuviera observando.

No lo he vuelto a ver, así que empiezo a pensar que fue imaginación mía. Entre la mudanza, el cansancio y la

soledad… quizá mi mente inventó esa sombra para que no me sintiera tan sola.

Tampoco es que hubiera salido mucho estos días a tocar la guitarra, pero las veces que he estado fuera no he visto a nadie.

Hoy estuve dos horas seguidas tocando la guitarra.

Perfeccioné “Those Eyes” y empecé a practicar otra canción.

“God Only Knows” de The Beach Boys. Una de esas canciones a las que siempre vuelves. Una de mis favoritas desde pequeña; siempre sonaba en casa de mis abuelos.

Mi abuelo era mi ejemplo a seguir, y fue él quien me inspiró a aprender guitarra.

Me apunté los acordes en mi libreta y la letra debajo, solo como guía —y porque a veces me gustaba cantar—. Aunque me la sabía de memoria, quería asegurarme: esa canción significaba demasiado para mí.

Después de tocar “Those Eyes” perfecta, me puse con los nuevos acordes. Eran más complicados, pero nada que no pudiera practicar.

Se me pasó el tiempo volando, hasta que mi madre me llamó para ayudar con la cena.

Al menos esta vez no salió de su boca el clásico “tu hermana me ayudaba”.

Algo es algo.

—Ya sabes que tu herm… —chas— añadió mi madre, como si me hubiera leído la mente.

—Sí, ya voy mamá —la interrumpí antes de que dijera aquella palabra otra vez. —Em… —cerré los labios; sabía que si hablaba la liaba.

—Isabella, perdón por haberte fallado en esto —expresó mi madre, mirándome mientras me dirigía hacia la cocina.

—Isabella, perdón por haberte fallado en esto —dijo mientras me acercaba a la cocina.

No me fallaste a mí. Te fallaste a ti. Lo pensé, pero no lo dije.

—No pasa nada, mamá —mentí. Odiaba cuando me pedía disculpas solo para quedar bien.

—Gracias, hija.

—Está bien. Todo perfecto —repetí.

—¿Por qué sacas tres platos, mamá? —pregunté cuando ya tenía tres sobre la mesa.

—Nunca me acabaré de acostumbrar a estar las dos solas —se secó una lágrima.

—Chiss, chiss, no pasa nada, mamá —la abracé. Era irónico: yo consolándola, cuando debería ser ella haciéndolo conmigo.

El recuerdo de mi padre y mi hermana comiendo con nosotras apareció sólo, como una foto vieja tirada sobre la mesa.

Las lágrimas amenazaron salir, pero recordé que ahora tenía que ser “la fuerte”. Si ella me veía llorar, sería peor. Así que forcé a mis ojos a guardarse las lágrimas para después.

Después de cenar me metí en la cama, intentando descansar un rato, pero en cuanto me acosté, las lágrimas empezaron a caer sin control.

Estuve horas despierta mirando al techo mientras lloraba.

Tengo la teoría de que, cuando lloras, no lloras solo por lo que pasa en el momento; lloras por todo lo que llevabas acumulado dentro.

Por todo el dolor que querías ocultar.