Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 14
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Capítulo 14

James

24 de octubre de 2007

Me despertaron unos ruidos en mi casa, justo cuando por fin había reconciliado el sueño. Me levanté exhausto y abrí los ojos de par en par, al escuchar golpes y gritos detrás de la puerta de mi casa.

—¡Déjenos entrar!

—¡Rowan Jonathan Thrine! ¡Salga ahora mismo o tiraremos la puerta!

¿Qué cojones estaba pasando? Me quedé pasmado en la cama. Todavía seguía en shock por lo de ayer, y ahora están llamando a la puerta como locos preguntando por un tal Rowan.

Rowan, mierda, mi padre.

Tenía la mente en blanco, no me acordaba ni de mi propio nombre

Con los ojos medio pegados e hinchados, me levanté en busca de algo que ponerme. Me di cuenta de que ayer me eché a la cama ya vestido. Guau, una cosa menos por hacer.

Abrí la puerta. Un escalofríos me recorrió el cuerpo.

Un golpe de realidad me golpeó la cara, y se me quitó el shock que llevaba encima. Había cuatro policías armados en la puerta de mi casa. Pensé que sería por lo de ayer, pero

¿porque preguntarían por mi padre? ¿Acaso yo era Rowan?

—¿Está Rowan en casa? —preguntó un policía sacándome de mi mundo.

—No… hace muchos días que no le veo —mi tono de voz era superficial, como si no me pasara nada. Mientras por dentro tenía un montón de mierda acumulada, y las ganas de no existir podían conmigo.

—¿Seguro? —cruzándose de brazos.

—Si, seguro —no sabía si estaba haciendo lo correcto o no.

—¿Podemos entrar? —alzó una ceja.

—Si —les hice un gesto para que entraran.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí solo?

—Hoy —mentí.

—¿De verdad? ¿Y con quien estabas anteriormente?

—Si, con mi madre —mentí otra vez. El miedo se apoderó de mí. Acabé soltando la verdad. --Llevo dos días solo, contando con hoy.

—Vale —cruzándose de brazos. —¿Dónde están tus padres?

—No sé dónde están, lo juro —admití.

—¿Qué edad tienes? —alzó una ceja.

Mierda, no estaba preparado para tantas preguntas, la verdad. No sabía ni mi propio nombre, estaba en otro mundo.

—Em… —hice una pausa, pero cuándo el policía cambió su expresión a una más seria, le conteste — Doce años, en noviembre cumplo los trece.

De repente, el policía dio unos pasos atrás y cogió su Walkie Talkie. Aún a mi lado, empezó a hablar.

—Aquí Águila 3, visual de su propiedad. Zona despejada, sin movimiento. —el auricular crepitó con una voz lejana, pero el silencio a mi alrededor pesaba más.

—Negativo en la entrada del canal. Hay rastro de pisadas recientes —respondió otro policía al otro lado del walkie talkie.

Todos hablaban tan bajo, como si no quisieran que oyera, pero el walkie crepitaba más fuerte que sus voces, y encima uno de los policías tan solo estaba unos pasos más atrás de mí.

—¿Lleva arma? ¿Rastros de sangre?.

¿Arma? Mi padre no tenía armas y ¿rastros de sangre? —noté como me empezaba a sudar la frente.

—Negativo. Me confirman desde el hospital

que se sospecha que fue un accidente de tráfico, un implicado se encuentra ingresado, está herido.

—¿Accidental o provocado?

¿Accidente de tráfico? ¿Un implicado en el hospital? Necesitaba explicaciones, urgentemente, pero las palabras resbalaban de mi garganta, como si de un tobogán se tratase.

Un vacío silencioso me ocupó la cabeza.

—Tenemos un testigo que lo vio salir corriendo hacia la carretera de enfrente. Directo hacia una moto. Cambio.

¿Corriendo? ¿Por qué correría? Mi padre no corría desde…

—¿Tenemos confirmación de que llevaba el móvil encima?

Miré el mío, inútil, como si al encenderlo pudiera encontrar a mi padre allí dentro.

—No, no hay ningún rastro —confirmó el otro.

—Hay que empezar la búsqueda cuanto antes. —soltó en mis narices.

—El chico aún está aquí.

Todos callaron un segundo. Duró demasiado, al menos para mi parecer.

—No le digáis nada todavía —respondió al otro lado. — Venid cuanto antes, empezamos la búsqueda. Cambio y corto.

—Venga, chicos. Nos vamos, rápido —gruñó apresuradamente, cerrandome la puerta en la cara.

Me ardieron las orejas. Acababan de hablar de mí, como si no estuviera escuchando todo esto. ¿Por qué hablan de él como si fuera un asesino en serie?

Abrió la puerta otro polícia, y me vió ahí, en la misma posición que antes, mirando a un punto fijo con los ojos saliéndose de las órbitas.

—Tu padre está siendo investigado por… —la frase se deshacía antes de llegarme entera, como si las sílabas se estuvieran hundiendo en agua negra.

Ni me inmute, sus palabras se resbalaron de mi cabeza completamente.

—¿Estás bien? —la pregunta rebotó en mis costillas, donde ya no cabía el aire.

—Um —asentí con la cabeza, aun paralizado.

—Vendré cuando esté todo solucionado, tu quédate aquí. — me tocó el hombro.

—-...—quise decir algo, cualquier cosa, pero la boca se me llenó de ceniza.

Cerró la puerta y desapareció. Igual que mis padres.

Me quedé quieto en la puerta. No por calma, si no por vértigo. Como si todo se hubiera movido salvo mis pies.

Las imágenes de mi padre riendo, cocinando, diciéndome “cuándo seamos mayores”... pasaban por mi cabeza constantemente. Todas se rompieron a la vez, como vasos cayendo al suelo. Como yo ahora mismo, que sin saber como me encontraba tumbado sobre el suelo.

No sentía nada aparte del dolor. Ni si quiera las manos. Me notaba las piernas flojas y el cuello rígido.

Solo escuchaba el suave latido de mi corazón. Cambiaba de ritmo constantemente.

Entre lo de Isabella y esto… estaba perdido. Dormí un poco, muy poco. Lo peor fue levantarme. Un golpe de realidad me atizó la cara y me recordó que todo era real, que no era un sueño. Perdí la noción del tiempo.

Entré a mi cuarto, completamente absorto en mis pensamientos. Cerré la puerta de mi habitación y no encendí la luz.

También me quité la chaqueta, no por la calor. Solo porque me pesaba como si fuera plomo.

El silencio de mi casa no ayudaba. No me calmaba. Solo hacía más eco dentro.

Sin quererlo ni verlo venir, empecé a temblar. Primero las manos. Luego la mandíbula… seguido de todo el cuerpo.

Me agarré al borde de mi escritorio. Me quedé ahí, sin moverme, respirando como si me ahogara. Como si en vez de aire a los pulmones, me entrara agua.

Arranqué una chapa de una botella de coca cola, y con ella me arañé el antebrazo. Ni siquiera con fuerza. Solo lo justo para sentir que seguía ahí, que esto era real, necesitaba sentir algo, fuera lo que fuera.

Todo esto es culpa tuya— sujetándome la cabeza con ambas manos.

Al levantarme, me miré al espejo que tenía encima del escritorio. Este me devolvió una cara que no reconocía, tenía los ojos vacíos, como si algo ya se hubiera ido.

Abrí el cajón. Lo cerré. Lo volví a abrir. —sabía qué buscaba, pero me negaba completamente a admitirlo.

La caja de pastillas seguía ahí —la miré como quien mira una puerta rota en pedazos.

Las miré, con ganas pero no las tomé —aún.

Me senté en el suelo y me abracé las piernas como si pudiera apretarme hasta desaparecer por absoluto de este mundo.

El llanto no fue llanto, fue puro ruido. Un ruido que me salía del pecho, áspero, roto, sin forma. Eran sollozos silenciosos, que desgarraban mucho más.

Es culpa tuya— me repetí —Todo.

Fui al baño. Con el estuche. Estaba en penumbra. La luz parpadeaba, pero no pensé ni en apagarla ¿Para qué?

Cerré la puerta y me volví a mirar en el espejo—no vi a nadie que mereciera quedarse. Era como si algo se hubiera apagado sin que yo pudiera evitarlo.

Me quité el reloj. Dejé el móvil en el suelo, en silencio. Ya no me importaba nada. —como si eso me hiciera menos culpable de lo que estaba a punto de hacer.

Me arremangué sin pensarlo. Tenía la vista borrosa por las lágrimas, y los brazos me temblaban como si estuvieran esperando una señal que yo mismo no sabía si quería dar. Abrí el estuche y saqué el cúter. No recordaba ni por qué lo tenía allí, pero estaba.

Apreté los dientes y respiré hondo. No buscaba hacerme daño; buscaba sentir algo que me recordara que seguía aquí, que no estaba completamente vacío por dentro.

El primero fue apenas un rasguño, una línea fina que apenas marcó la piel. Me temblaron los dedos, pero no pude detener el impulso.

El segundo no fue más profundo, pero sí más decidido, como si mi mano se moviera sola, empujada por un nudo que llevaba demasiado tiempo atragantado.

No lloré. Ni siquiera pensé. Solo dejé que el movimiento siguiera, como si eso pudiera borrar, aunque fuese un

segundo, todo lo que había pasado estos dos días. Era un alivio extraño, confuso, un alivio que daba miedo.

El frío empezó a subir por mis brazos y la mente se me nubló, como si mi cuerpo y mis pensamientos fueran por caminos distintos.

La sensación cálida en el brazo fue más un recordatorio que una herida. Real. Más real que yo mismo en ese momento. Y eso… eso era lo que buscaba.

Me dejé caer en el suelo, con la espalda apoyada en la puerta. Cada latido sonaba como un golpe dentro del pecho.

No era por morir, yo no quería morir. —yo solo quería parar. Por dejar de sentir esto. Esta rabia, esta culpa, esta cosa que ya ni tenía nombre. —Quería vivir, pero no vivir así.

—Es todo tu cul… —La frase se deshizo dentro de mi cabeza antes de terminar.

Cerré los ojos. Miré mi brazo. Las pequeñas manchas que había dejado al caer. No pensé en nadie, ni en nada. Solo cerré los ojos.

Esperé, sin saber muy bien qué esperaba: tal vez un descanso, aunque fuera mínimo, a todo este dolor.