Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 13
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Capítulo 13

James

23 de octubre de 2007

El sol atravesó la ventana y me sacó de golpe del sueño, recordándome que empezaba otro día igual que los anteriores: despertarme antes de las once, cambiarme rápido y prepararme para natación. Una rutina casi automática, repetida durante los últimos dos días.

Estos dos días se basaron en eso, porque salía a la terraza a ver si veía a la chica que tocaba la canción de “Those eyes”

pero nunca más apareció. A lo mejor era una chica que venía de vacaciones o algo así.

Hoy fue un día bastante tranquilo en natación, no teníamos que hacer relevos ni nada de eso. Simplemente lo típico; calentar, algún que otro juego y largos.

Estaba haciendo un juego de bucear que me había mandado mi profesor, de buscar unos aros bajo el agua, para entrenar la capacidad pulmonar. Cuando salí con los seis aros en la mano, busqué con la mirada a la chica de la papelería, para ver qué estaba haciendo.

Sin darme cuenta, mis ojos la buscaban por toda la piscina, como si fuese un gesto automático. No sabía por qué. Era como un reflejo.

Allí estaba su bolsa. Seguiría en la piscina, buceando o incluso en el baño. Deje de darle vueltas y no le dí más importancia.

Estuve un rato más en la piscina, cuando me di cuenta de que en diez minutos cerraba ya, así que salí, me cambié y me fui a casa.

Cuando llegué a casa pensé, por un momento, que quizá mi madre habría vuelto. Pero el piso estaba igual de silencioso y vacío que ayer. Me preparé la comida yo solo y comí frente a la tele, intentando distraerme. Mi madre no me había dejado ningún mensaje y tampoco respondía a mis llamadas. Su

ausencia empezaba a sentirse demasiado larga y demasiado rara. Sabiendo cómo es su relación con mi padre…

Me quería echar a dormir un rato, y después irme a dar un paseo, pero me empezó a sonar el móvil. Pocas veces tengo el móvil con sonido, pero está vez, no es así.

Cuando sonó el teléfono, me asusté por el volumen tan alto y por el tono de llamada, que ni me acordaba de cual era.

El corazón se me aceleró pensando que sería mi madre, pero no.

El número no estaba guardado, aunque me resultaba familiar.

Contesté y en cuanto escuché la voz, supe que era Brisa, con ese tono alegre imposible de confundir.

—¡Hola James!

—Buenas Brisa

¿Qué pasa?

—Cómo es que me has cogido el teléfono, estoy flipando.

—-Tenía el móvil a mano.

Ja, ja, ja.

—Bueno, escucha Tengo una propuesta para ti —dejó caer un silencio.

—Sorpréndeme

—Más que una propuesta

es una obligación, pero bueno

—Suelta — suspire

—¿Sabes quien es Isabella? —preguntó

— Em… —me hice el que no sabía nada, mientras ese nombre me sacaba una sonrisa, que al instante borré, porque yo no hacía eso.

—Va a natación contigo, es nueva —añadió.

—Ahh, ahora que lo dices si

—haciéndome sorprendido.

—Tienes que ir a su casa a darle unas cosas, ahora iré a tu casa

a dártelas.

—Espera, espera — crucé los brazos

— Si tu puedes venir a mi casa a dármelas,

¿Porque no vas tú a

la suya? —alcé una ceja, aunque no

me pudiera ver.

—Pues porque yo tengo cosas que hacer esta tarde, me voy fuera —comentó —. Y antes de que preguntes, ella llega a casa a las siete y media —se le escapo una suave risa.

—Vale, te haré caso por esta vez, pero me debes una

¿Entendido? — suspiré más fuerte esta vez.

—¡Vamos! te debo una. En un rato voy a tu casa

¿Te parece bien?

—Si no hay más remedio —torné los ojos.

—Ja, ja, ja. Mil gracias, James. Ah, ahora te escribo un mensaje con su dirección.

—Denada, Brisa. Mejor, porque no se donde vive.

Y colgué. No sabía si me hacía ilusión ir a su casa, si era pura curiosidad, o si no tenía ganas de ir. Lo que estaba claro era

mi confusión, ese sentimiento de tener ganas y a la vez no tenerlas.

A los minutos, llamaron al timbre. Por un momento pensé que sería mi madre, porque sus llaves estaban en casa, pero luego recordé que Brisa tenía que venir, y en efecto, era Brisa, cargada con las mochilas de Isabella.

—Buenas, James — saludó cuando le abrí la puerta.

—Hola —dije, cruzándome de brazos.

—¿No te hace ilusión llevarle sus cosas a casa o que? —rió por lo bajo — Es solo un favor, se encontraba mal y se ha tenido que ir a casa —explicó.

—Buah, justo, me hace ilusión que lo flipas —mi sonrisa no tenía nada de sincera.

—Pero… —susurró ella, intentando darme las mochilas de Isabella.

—Si, iré a su casa y se las llevaré, no te preocupes — asentí muy convencido, aunque no lo estaba.

—Así me gusta — me acarició el pelo, como si fuera un perrito.

—Bueno nos vemos Brisa, que vaya bien esta tarde — alcé una ceja.

—Hasta pronto James, igualmente, que vaya bien esta tarde

—inquirió en el “esta tarde”, mientras me guiñaba un ojo.

—Gracias — cerré la puerta, cogí sus bolsas y me fui directo a mi cuarto.

Cogí mi móvil y puse una alarma a las siete menos cuarto de la tarde, para acordarme de que tenía que ir a casa de Isabella, que por lo que veo en la dirección, está bastante cerca de mi casa, solo tengo que subir unas calles para arriba.

Para hacer tiempo, me fui a dar un paseo y a comprar unas cosas para la cena, ya que no tenía muy claro si mi madre iba a aparecer por casa o no.

Al llegar a casa, eran ya las cinco y media de la tarde, así que me tumbé en la cama y me puse a escuchar música, mientras escribía unas cuantas cosas en mi cuaderno.

Escribir en mi libreta había sido un hábito importante antes de estar con Olivia: pensamientos sueltos, frases, emociones que después intentaba convertir en poemas. Incluso he llegado a ganar varios concursos de poesía.

Pero cuando ella me dijo que le recordaba a su ex, dejé de hacerlo, como si fuera algo malo. Desde que estamos separados, estoy volviendo a recuperar esas partes de mí que había dejado atrás.

Por lo que me cuentan nuestros amigos en común, se lo está pasando en grande, no falta a ninguna fiesta, y se le ve más feliz.

Estoy contento por ella, pero es…raro. Tenía mucho aprecio a nuestra relación, pero si juntos estamos mal y separados estamos mejor, lo mejor sería poner el punto final a nuestra historia definitivamente.

Me daba miedo hablar esto con ella, porque no quería que se pusiera mal, pero sabía que tarde o temprano tenía que hacerlo. Yo quería lo mejor para los dos y, aunque me doliera, si separados estábamos mejor, así tendría que ser.

Le llevaba días dando vueltas y no se lo había contado a nadie. No era porque no quisiera, sino porque no tenía a nadie. Mis padres no aparecían por casa y mis amigos solo me dirían

que me buscara a cinco más para compensar, y eso conmigo no va.

Después de un rato escribiendo en mi libreta y dándole vueltas a todo, decidí que, cuando le entregara a Isabella sus cosas, le mandaría un mensaje a Olivia para quedar y hablar.

No quería seguir alargando esto. Tenía que saber a qué conclusión había llegado y hablarlo todo, aunque fuera para intentar llegar a algún tipo de acuerdo.

Absorto en mis pensamientos, empezó a sonar el móvil y me asusté, hasta que vi la hora. Era la alarma: eran las siete menos cuarto. Por suerte ya estaba vestido, sólo tenía que coger sus cosas y salir.

Dado que tengo fama de impuntual, decidí salir antes para ir con tiempo, aunque no sabía si ella estaría ya en casa. Con los años me he dado cuenta de que es mejor llegar un poco antes que tarde… aunque casi nunca lo aplico.

Estaba nervioso, por fin lo pude admitir. Y no sabía por qué, si solo tenía que ir a casa de una chica del instituto a llevarle unas cosas que se había dejado. Pero claro… un factor importante era qué chica era.

Salí de casa y subí hasta su calle, revisando la dirección que me había dado Brisa.

Me repetí: “No voy a tardar, solo le doy esto y me voy”.

Llegué a su portal. “¿Será este el correcto?”

, pensé, aunque era obvio. Releí el mensaje como si fuera un código secreto.

El bloque me sonaba, estaba viejo, medio descuidado.

Tenía la sensación de haber pasado por allí antes, pero no lograba recordar cuándo.

Para llegar a su piso había que cruzar un patio interior, donde estaban los ascensores. Entré y pulsé el cuarto. Subí solo. Al llegar, busqué su puerta y me preparé para tocar el timbre… pero me quedé paralizado al ver la puerta abierta de par en par.

¿Debía entrar? Por supuesto que no. Esa no era mi casa.

¿Qué hacía? ¿Tocaba? ¿Tenía timbre siquiera?

Lo único que sabía es que estaba hecho un manojo de nervios. Vi el timbre y me dispuse a tocar, al fin y al cabo era solo una puerta, no me podía quedar ahí pasmado sin hacer nada.

Extendí la mano hacia el timbre, pero los dedos no me respondieron. Desde el escalón de la entrada vi algo que me heló por completo. Algo que… no debería haber visto.

Una chica.

Una chica tirada en el suelo. Sin moverse.

Me acerqué más, con las piernas temblándome y el aire atascado en los pulmones.

—¿Isabella? ¿Hola? No respondió.

—Isabella, reacciona, por favor —mi voz tembló al escucharme.

Ninguna respuesta, ninguna.

Busqué con la vista el leve movimiento de su pecho. Respiraba, pero muy despacio, y estaba pálida. Mi cabeza

corría demasiado rápido. Cada segundo sin respuesta se hacía eterno..

Me arrodillé sin saber cómo había llegado al suelo y le toqué la cara. Estaba fría y sudaba.

Llamé a urgencias con las manos temblando. Ni sabía cómo explicar aquello. Respondieron al primer tono.

—Hola, está llamando a urgencias.

—Sí… he venido a casa de una conocida a traerle unas cosas que se dejó en clase —las palabras se me trababan.

—Tranquilo, te escucho. ¿Qué ha pasado?

—La puerta estaba abierta y… —tragué saliva— está tirada en el suelo y no responde.

—¿Cuál es la dirección? Ahora mismo mandamos una ambulancia, mientras tanto nos quedamos hablando ¿Vale?

—V-Vale, gracias. —le di la dirección como pude.

—¿Hay alguien con usted? ¿Qué edad tenéis? ¿La conoces desde hace tiempo? —lanzó varias preguntas.

—No hay nadie, estaba sola. Yo tengo doce años, y creo que ella también. Ha v-venido nueva a clase hace unos días, nos c-conocemos poco.

—Vale, tu tranquilo, se pondrá bien. ¿Sabes si tiene pulso?

—R-espira lentamente, pero respira —me escuché decir.

—Eso es una buena señal, eres muy valiente. Ahora llega la ambulancia.

—Gracias. —nunca me había escuchado a mí mismo hablar tan nervioso, trabajando con todas las palabras.

Colgó y justo escuche las sirenas de la ambulancia, seguidamente se escuchó el ascensor. Subieron dos médicos y un policía. No estaba preparado para que me bombardearan a preguntas, esto era surrealista y me cabeza no daba para más, pero es lo que tenía que hacer.

—Hola ¿Usted ha llamado, verdad? —me preguntó una médica, mientras su compañero le tomaba el pulso a Isabella.

—S-Sí —respondí nervioso.

—¿Ha perdido el conocimiento delante de usted? —preguntó esta vez el policía.

—negué con la cabeza, pero ni yo sabía si me habían entendido.

—No responde al estímulo— soltó una doctora.

—Necesito presión y temperatura, en seguida, trae el oxímetro

—habló la otra.

—¿Cómo has podido entrar aquí?

—me escuche explicar que la puerta estaba abierta, que tenía que traerle unas cosas, la conversación con Brisa… pero sonaba lejano, como si lo contara otro.

—No hay signos de traumatismo evidente, pero hay que revisar la cabeza —escuche que la doctora decía a lo lejos, cuando yo todavía estaba delante de ella.

—¿La has tocado? ¿La has movido?

—Solo le he tocado la cara, y estaba congelada —balbucee.

—Respira, pero muy superficialmente —anunció otra médica.

—Vale ¿Hace cuánto que la conoces?

—Hace unos días… ha venido nueva a mi instituto —bajé la vista antes de contestar, como si eso pudiera disimular que no sabía ni su apellido.

—¿Has visto algo fuera de lugar?

—parpadeé, repasando mentalmente lo que había ocurrido, como si acabara de cometer un crimen, tenía la mente en blanco. —No, solo he llegado y estaba la puerta abierta.

—¿Sabes si tiene alguna enfermedad? ¿Toma medicación?

—abrí la boca, pero solo salieron dos sílabas rotas por dentro.

—No se preocupe, es un desmayo —habló la doctora —Nos la llevamos al hospital, para investigar esto, estará bien —me tocó el hombro.

—Vamos a colocar vía y mantenerla monitorizada, al menos tiene una leve reacción —le susurró a la otra médica.

—Deje sus datos aquí, por favor.

—tomé el bolígrafo como si me hubieran dado una prueba final.

—Gracias por avisar. Si no llegas a estar aquí…

—tragué saliva sin saber qué contestar, con la voz doblada bajo la lengua.

—Ya hemos tomado nota, ya puede marcharse —explicó el policía.

Me quedé pasmado mirando a la ambulancia mientras se llevaba el cuerpo inconsciente de Isabella. ¿Esto era real?

¿Acaso estaba soñando?

No tenía ni idea de que hacer, pero no me podía quedar allí ¿Y si llegaban sus padres? ¿Sus padres están informados de esto?

—demasiadas dudas corrían por mi cabeza.

Volví a casa caminando, con los ojos húmedos y el cuerpo paralizado. Miraba el móvil cada dos pasos, esperando algún mensaje, alguna llamada del hospital.

Lo que fuera. Necesitaba saber algo.

Llegué sin ninguna notificación nueva. Mi madre, como siempre últimamente, tampoco estaba.

Dejé la mochila en el suelo sin pensar, el golpe resonó demasiado fuerte en la casa silenciosa. Abrí la nevera, la cerré sin mirar. Vagaba por el piso sin rumbo.

En mi habitación me tumbé en la cama sin desvestirme. Cerré los ojos, pero lo único que veía era la imagen de Isabella en el suelo. Cada vez que parpadeaba, volvía. Era como una pesadilla sin fin.

Pensé: “¿Y si no hubiera ido…?”

La frase se deshizo antes de completarse.

Tenía un torbellino en la cabeza. Sentía frío aunque hacía calor. Me tapé con una manta para ver si así conseguía dormir, pero era imposible.

Mi mente solo repetía las voces de las médicas:

“Respira, pero muy superficial.” “Estabilizamos primero.”

“No responde al estímulo.”

“Es un desmayo corriente, pero hay que investigar.”

Eran como escenas de una película, una y otra vez.

Si al menos tuviera a alguien con quien desahogarme… quizá estaría mejor. Pero ¿qué iba a hacer?