Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 12
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Capítulo 12

Isabella

​23​ de octubre de 2007

Me desperté como un día normal --aún en estas cuatro paredes--Una casa es un lugar en el que te sientes seguro y cómodo. Esto todavía no está a la altura.

Una semana sin ver a mi padre, eso era lo único que podía pensar. Mi madre no lo había vuelto a mencionar.

Bajé a desayunar pensando en preguntarle a mi madre otra vez, pero ni siquiera estaba en casa. Hoy, tenía ganas de ir a clase. Si la Isabella de hace unos años escuchara eso, estoy segura de que no se lo creería.

Tenía que contarle a Brisa que le había visto, pero ni siquiera me acordaba de su nombre. Solo de su apellido. No le pienso

contar que me lo encontré en la papelería, si eso, lo de los relevos.

Las dos primeras clases se me pasaron volando. Encontré a Brisa y me fui directa a ella.

—Hola Brisa —alcé la mano para que me viera.

—Hey —me devolvió el saludo.

—Hola Isabella — me sorprendió Gael, saliendo de detrás de un arbusto.

—Ay que susto —llevándome una mano al pecho —¿Qué hacías ahí?

—Ja, ja ja —se rió él —Estaba intentando ponerte a prueba, vete acostumbrando a mis bromas.

—No le hagas caso, está pirado.

—Ey, de eso nada —respondió — Pirada estás tú —miraba la sudadera de Brisa.

—¿Yo? —se señaló.

—Si, tú —volvió a mirarle la sudadera — ¿Se puede saber que haces con sudadera en pleno octubre? ¿No te estas cociendo viva?

—Eh —titubeó —Porque es nueva y la quiero estrenar, que no te enteras —señalando su sudadera.

—Pero ya la hemos visto todos —replicó Gael.

—Hey —apareció Laia — ¿Qué tal estáis, chicos?

—Muy bien.

—Isabella, ¿así que ayer viste a James? —preguntó Gael.

—Si, estaba en natación.

—¿Y qué tal? — esta vez, Brisa preguntó

—Es un poco raro, normalmente no habla.

—No es raro, solamente no quiere perder el tiempo.

—¿No quiere perder el tiempo, pero lo de Olivia?.

—¿Qué ha pasado con Olivia? —Laia cruzó los brazos.

—Nada, solo se han dado un tiempo.

¿Quién era Olivia? ¿Estaban saliendo? ¿Eran novios?

—Olivia era la pareja de James.

¿Entonces estaba soltero?

—Ahora se han dado un tiempo. ¿Por qué pones esa cara, Isabella?.

—¿Qué? —pregunté —Es mi cara habitual, supongo.

—Ah, no se —subió y bajó los hombros.

—Bueno, que nos hemos desviado del tema. ¿Te cayó bien?

—Nos pusieron en el mismo equipo para hacer los relevos y ganamos —respondí ilusionada —No he hablado mucho con él, pero se le ve buen tipo —añadí.

—Es muy bueno en natación.

—Pero ¿viene al recreo con vosotros normalmente?

—Bueno, a veces sí y a veces no —Gael respondió —Prefiere pasar el tiempo solo, es así.

—Si, él es así —confirmó Brisa.

—Estos días está faltando a clases, Elian no sabe nada.

—Ni idea —dijimos al unísono.

—Todavía no tengo la confianza para preguntarle, pero si queréis otro día… le puedo preguntar-- Al acabar de pronunciarlo ya me estaba arrepintiendo.

—Ey, buena idea.

—Brisa ¿tu no eras su amiga? —las palabras de Gael quedaron suspendidas un segundo —¿Por qué no le mandas un mensaje?

—Gael, parece que no sabes como es James — desviando los ojos hacia arriba. —Casi nunca tiene el móvil en la mano, no responde. — entrecerró los ojos.

—Vale, tienes razón —suspiró.

—Nunca entenderé porque el recreo se hace tan corto.

—Pues porque las clases duran una hora, atontado —le dió una palmada en la espalda.

—Se llevan así, es lo de siempre —me miró Laia —Ya te acostumbraras.

—Ja, ja, ja. Vale, vale.

—Ya nos dirás mañana si has visto a James, Isa. Oye ¿te parece bien que te diga Isa?

—Sí, me parece bien —emocionada. Pocas personas me ponían motes.

—Perfecto.

—Aunque te hubiera dicho que no, no habrías parado de llamarla así y lo sabes, Brisa —replicó Gael en tono burlón.

—Acuérdate de cuando te dió por llamarme G-Man — rodando los ojos hacia arriba.

—Ja, ja ja. Es el mejor mote que alguien te ha puesto, admitelo —casi se ahoga de la risa —Gracias por recordarmelo, G-Man.

— La que acabo de liar. No sé para qué hablo —se cerró la boca como si fuera una cremallera.

—Ya se me había olvidado, estás perdido. —con expresión pícara.

—Vámonos ya que llegaremos tarde al final —invitándoles a andar.

—Vale, mami Laia —replicó Brisa en tono burlón —Ya vamos.

—Hasta luego Isa —se despidieron.

—Nos vemos.

Mientras todavía estaba en la piscina, el entrenador me llamó con urgencia para que saliera del agua.

—Isabella, el director te está buscando —anunció, con un gesto tenso.

Subí por la escalerilla con las pulsaciones aceleradas y allí estaba Beltrán, esperándome en la puerta.

—Hola, Isabella. Perdón por interrumpir tus clases de natación —dijo con una voz suave, casi culpable—. Pero no te asustes, ¿vale? —tenía los ojos apagados, como si buscara la manera menos dolorosa de hablarme.

Cuando alguien dice no te asustes, nada bueno viene después. El corazón me dio un vuelco tan fuerte que casi me fallan las piernas.

—No pasa nada, señor Beltrán —logré decir, recordando su nombre de milagro—. ¿Qué... qué ocurre? —pregunté con la voz quebrada, sintiendo ya el escozor de las lágrimas.

—Hemos recibido una llamada del hospital —balbuceó, como si cada palabra fuera un peso imposible de cargar—. No sé qué está pasando, Isabella. Solo sé que debes ir a casa. Tu familia te explicará… lo que sea. Lo siento muchísimo. No nos pueden dar más información —añadió, impotente.

—Va… vale… —titubeé. Las lágrimas amenazaban con romper desde dentro, como si cada segundo las empujara un poco más hacia la superficie.

—Nos vemos otro día —me puso una mano en el hombro, cálida, torpe, improvisada—. Ojalá todo salga bien. Y lo siento, de verdad.

—Hasta luego —murmuré, con apenas un hilo de voz.

A mitad de camino recordé, de golpe, que había dejado la mochila y todas mis cosas en la piscina. Le escribí a Brisa para que avisara a James o quien fuera.

Brisa (clase)

Hola, me he tenido que ir a casa porque me encontraba mal y me he dejado en clase las cosas.

Ohh, vale, espero que te recuperes pronto.

Perfecto, esta tarde te llevo todo a casa.

Ya de paso si quieres

me quedo un rato contigo, yo encantada.

Muchas gracias.

Sí, ven a mi casa. Te paso después la ubicación.

Ah, y otra cosa

Dime.

Dile a James (o pásate tú a la piscina),que tengo allí la bolsa de natación.

Perfecto, tus deseos son órdenes para mí.

Nos vemos esta tarde. Cuídate. Besitos.

Brisa era un sol. Me trataba como si nos conociéramos desde siempre, y eso me hizo un poco menos pesada la angustia que llevaba clavada en el pecho. Guardé el móvil porque la intriga me estaba comiendo viva. No había autobús, así que tuve que hacer el trayecto a pie, casi corriendo.

Llegué a casa con el corazón desbocado. Antes de girar la llave ya escuchaba a mi madre llorar con el teléfono en la mano.

Ese tipo de llanto —quebrado, húmedo, sostenido por un silencio extraño— nunca anuncia nada bueno. Y menos después de lo que me había dicho Beltrán.

Entrar y preguntarle de frente no era una opción. Mi madre conoce el arte de ocultar como si fuera una profesión. Así que bajé las escaleras despacio, escondiéndome tras la puerta de la cocina.

Ella no me vio. Estaba de espaldas, mirando la ventana con los ojos empapados, sujetando el teléfono como si le quemara.

Y entonces escuché, entre sollozos:

—¿Entonces, está consciente?

—

…

—¿En qué hospital está?

— …

—¿Podré ir a verle como antes?

—No le p…

“Como antes.”

Mi cabeza hizo un clic tan fuerte que casi dolió.

¿Mi madre iba a ver a mi padre?

¿Mi padre estaba… aquí? ¿En España?

Las dudas me treparon por la espalda como un escalofrío. No pude aguantar más.

—¡¿Qué está pasando aquí?! ¡Estoy harta de que me ocultes todo! —exploté, sintiendo cómo la rabia y el miedo se me mezclaban como un nudo en la garganta.

Mi madre dio un brinco.

—Hija, por favor, estoy hablando por teléfono —su voz temblaba.

Esta vez escuché claramente al hombre al otro lado:

—Lyra, creo que deberías contárselo a tu hija —suspiró—. Es importante. Se merece saberlo.

—No te metas en mi vida —suplicó ella, lejos de calmarse.

—Lyra, si no se lo dices tú, se lo diré yo. Al fin y al cabo es su pad—

Mi madre colgó antes de que terminara.

—¿Por qué coño te metes donde no te llaman?! —gritó, fuera de sí.

—¿Y tú por qué me ocultas esto? ¡¿Qué está pasando?! —mi voz me salió rota, temblorosa.

—¡Nada! ¡No pasa nada! —golpeó la mesa con la palma—.

¡Estás imaginando cosas!

—Te he escuchado, mamá. Estoy aquí, encerrada entre estas cuatro paredes, ¡y necesito una respuesta! —sentí la garganta arder.

—¡Y tú deja de escuchar conversaciones ajenas! —gritó, temblando de rabia.

—¿Pero tú te escuchas? —disparé, sin poder detenerme.

—Soy tu madre. No me hables así.

—¡Y yo soy tu hija! —me quebré por completo. Las piernas me fallaron y caí al suelo. La vista se me nubló.

El peso del cuerpo era como si me tirara hacia un agujero oscuro.

—Mamá… mamá, no te vayas… no me puedes dejar así… — sollocé con la voz partida, casi sin aire—. No estoy bien… algo… algo no está bien…

—¡Deja de inventarte cosas! —gruñó ella— ¡Aquí la que no está bien soy yo!

—Creo que me… voy a des—…

—Me voy —escuché que murmuraba ella.

La puerta se cerró de un portazo justo cuando yo perdía las fuerzas y caía por completo al suelo, tragándome la oscuridad.