Capítulo 9
James
20 de octubre de 2007
Ayer, cuando llegué a casa, mi madre me estaba esperando. No hizo falta ni que hablara: su mirada ya lo decía todo.
Me soltó la bronca de mi vida por la expulsión. Me llamó crío de mierda, inútil, que no valía para estudiar… ni para tener novia.
En resumen, me dijo que hubiera preferido no tener hijos. Qué original.
Era lo normal en ella, meterse conmigo cuando le apetecía, solo que normalmente iba borracha, como supuse que iría ahora mismo.
El olor a whiskey flotaba por toda la cocina. Ahí supe que tenía razón, que mi madre había bebido, y bastante. Su terapia
era esa: beber y pincharse. Mientras, mi padre estaría por ahí, haciendo exactamente lo mismo. Dos gotas del mismo veneno.
Después de haber pasado por lo de Olivia… encontrarme con esto en casa fue lo último que necesitaba.
Solo quería meterme en mi cuarto y llorar en silencio. Recordé una frase que me repetía siempre que podía:
“No pongas tu alma en manos ajenas; hasta la sombra se va cuando cae la noche.”
Me aferré a ella.
Tenía razón. Al final, yo era lo único que me quedaba.
Me tumbé en la cama, los ojos ardidos, y dejé la vista caer sobre el libro que estaba leyendo.
Y entonces me vino a la cabeza lo que pasó el otro día en la terraza.
Me había sentado en la hamaca para leer, relajarme y encima alargar un poco el moreno del verano cuando, de repente, una melodía preciosa llenó el aire.
No era un altavoz. No era música de fondo. Era demasiado… real. Sentía como las notas se adentraban hacía mí.
“Those Eyes”, de New West. Ese temazo.
Las notas vibraban como si chocaran contra mi piel. Y, entre ellas, una voz.
Suave. Femenina. Adorable. Como si cantara una sirena.
Me levanté de inmediato para ver de dónde salía.
En esta calle, todas las terrazas se parecen, así que me costó encontrarla.
Hasta que vi una silueta, de una chica, sentada, guitarra en mano.
Todo encajaba.
Lo único raro era el edificio. Allí no vivía nadie. Los pisos estaban abandonados, con balcones medio derruidos, persianas cayéndose y agujeros en las paredes.
No tenía ni idea de quién podía haberse mudado ahí en estos momentos.
Por eso hoy, dos días después, decidí volver a salir, a ver si la veía otra vez.
Era por la mañana, así que dudaba que estuviera tocando… pero bueno, era sábado. Aún tenía algo de esperanza.
Me quedé un rato fuera, libro en mano, mirando de vez en cuando hacia dónde la vi tocar. Pero pasaron las diez y media y nadie apareció.
Así que no tuve más remedio que volver dentro. Y en la nevera había una nota.
La letra casi ni se veía, el boli estaba muriéndose.
“James, me he ido a dar una vuelta. Pasa por la papelería y compra bolis.”
Genial.
Si se ha ido a “dar una vuelta”, ¿por qué no los compra ella? La papelería está a media hora andando.
Cogí tres euros de mi hucha, me vestí --bendito hecho de no haber salido en pijama-- y salí.
La papelería estaba hasta los topes de gente.
Entré directo a por los bolis Bic azules. Los de toda la vida. Pero cuando fui a pagar… la cola daba la vuelta al pasillo.
Perfecto. Justo lo que necesitaba.
Saqué el móvil y fingí hacer algo interesante. Cuando levanté la vista, la vi.
Una chica. Un poco más alta que yo. Pelo rizado, dorado, brillante. Como seda hecha rizos.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, ella se sobresaltó. Parecía que llevaba un buen rato mirándome sin avanzar en la cola.
Y vaya si lo llevaba.
Su carro estaba a rebosar. Un caos precioso de libretas, papeles, bolis, todo.
O tenía hermanas, o era la fan número uno de las papelerías. Pero lo que me dejó clavado fueron sus ojos.
Dos obras de arte.
Uno verde claro, casi transparente.
El otro igual, pero con una mancha marrón que cambiaba por completo el color.
Era hipnótica.
Cuando pagué y fui a salir, ella estaba justo en la puerta, buscando algo en el móvil.
Y entonces supe que o le decía algo, o me arrepentiría para siempre.
Me acerqué.
Le toqué el hombro. Se giró.
Y se me cortó el aire.
—Hey… —saludé, con la voz todavía medio ronca.
—Hola.
—¿Eres nueva? No me suena haberte visto por aquí.
—Sí. Llegué hace unos días.
—Pues seguro que nos vemos más veces —respondí, con las manos temblorosas—Oye, tienes unos ojos muy bonitos.
Su piel se volvió rosada.
—Gracias…
—¿Cómo se llamaba eso? Hete…
—Heterocromía —completó ella, sonriendo.
—Eso. Es precioso.
—Tengo que irme, el taxi me está esperando.
—Nos vemos otro día —me despedí.
¿El taxi? Ya se podría esperar, quería apreciar más sus ojos.
Cuando llegué a casa, mi madre ya había vuelto. Le di los bolis. Ni me miró.
Normal.
Me fui a mi cuarto. Tenía hípica en un rato. Y aunque no tenía ganas, era lo único que me hacía desconectar.
Cogí mis cosas, me hice un bocata rápido, casi me atraganto
—como siempre— y salí hacia la parada del bus.
Mientras caminaba, la misma pregunta rondaba mi cabeza:
¿Dónde vivía esa chica?
¿La volvería a ver?
Lo averiguaré tarde o temprano.
No sé cómo ni cuándo, pero lo haría.