Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 8
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Capítulo 8

Isabella

20 de octubre de 2007

Al fin, después de dos días rogándole a mi madre que investigara la escuela y me diera su opinión, lo hizo.

Comparó todas y cada una de las escuelas de Madrid, incluidas las demás que ella había visto independientemente, y sorprendentemente… dijo que esta le parecía la mejor idea. Y como yo estaba de acuerdo, sumaba puntos.

También, miró que hay muchos famosos que han estudiado en esta escuela, cosa que por cierto, yo no sabía, y eso a mi madre le pareció perfecto, ya que cualquier cosa que sea tener un mejor estatus social le venía bien.

A la hora de desayunar, baje al comedor para ver si estaba mi madre, ya que tendría que comprarme material escolar para este curso. Hoy es sábado, así que lo que. sea que tenga que comprar, tendrá que ser hoy sin falta.

Aunque lo más probable es que lo vaya a comprar yo hoy, porque mi madre no querrá venir.

No se como voy a afrontar este nuevo curso, ya que encima pasó a primero de la ESO. Por mi edad, tendría que pasar a sexto de primaria, pero me adelantaron un curso.

Como yo soy una masoquista, por si no era suficiente cambio el pasar de un curso de primaria a la ESO, pues voy a pasar a la ESO en un nuevo país con un diferente idioma, y sin saber nada de como funciona la educación aquí.

Cambiar de país a la hora de estudiar significaba hacer nuevos amigos, convivir con gente nueva, aprender más de este idioma --tengo la suerte de que sea familiar para mi--y perderme por absolutamente todos los sitios.

Por supuesto, que se me olvidaba lo de ser el tema de conversación de los chicos del instituto, ser la chica que entra nueva en clases y

encima en vez de entrar en septiembre como la mayoría, va y entra a finales de octubre.

Después de pensar todo esto y hacerme un lío en la cabeza, decidí bajar a desayunar, porque todavía estaba en mi cuarto, empanadisima con cualquier cosa.

Al bajar, vi que mi madre estaba preparando el desayuno, colocándolo todo en la mesa de bar provisional que teníamos como mesa para comer.

—Buenos días mamá —saludé mientras me acercaba a la nevera para coger el brick de leche.

—Buenos días —respondió sin siquiera mirarme. Uy, eso pintaba mal.

—Mamá, hoy tengo que ir a comprar el material escolar — indecisa.

—Ya lo sé ya —respondió sin mirarme.

—¿Me puedes llevar con tu coche a alguna tienda?

—Ahora mismo no puedo —intentó decir mientras masticaba su tostada recién untada con mantequilla.

—Vale, avísame cuando puedas. Por cierto ¿cuándo vendrá papá? —insistí.

—No lo sé, sigue con los papeles de la antigua casa. No te puedo asegurar cuándo volverá.

—¿No le habrá pasado algo?

—No se que manía te ha entrado con eso, ya vendrá aquí la semana que viene —soltó.

Eso dijo la semana anterior, y a mi no me daba igual. Deseaba muchísimo ver a mi padre, no hace tanto que no lo veo, pero es necesario en mi vida.

—¿Y no puedes buscar un autobús o un taxi para ir a comprar tus cosas? —espetó.

—Mamá, no tengo ni idea de nada de Madrid, no se a donde puedo ir a comprar.

—¿Y esperas que yo si? He estado aquí antes, pero nunca he ido a comprar material escolar del que quieres tú.

—Ya, pero si vamos juntas —me arrepentí de decir, porque sabía que se iba a enfadar. —Está bien, voy con un taxi, pero necesito algo de dinero para comprar las cosas, mamá.

—Genial que vayas con taxi —entusiasmada porque así ya no me vería hasta por la tarde. —Te dejaré mi tarjeta de crédito, no te pases.

—Mientras tu estas por ahí yo me iré a hacer la compra, llévate las llaves de casa por si acaso cuándo vuelvas no estoy

—señalando su monedero.

Y otra vez se iba a “hacer la compra”, pero si fue ayer ¿que se supone que necesita comparar ahora?

¿Cómo piensa pagar si me acaba de dar su tarjeta de crédito?

Mi madre no es de las que compra con efectivo, si quiera creo que tenga, la verdad.

Sus mentiras se caían a cachos, casi como las paredes de esta casa.

Me estuve replanteando el preguntarle qué tenía que comprar o si se le había olvidado algo ayer, pero no quería hacerle pensar otra excusa para esto y tampoco tenía muchas ganas de buscar pelea con ella ahora mismo.

No me apetecía entrar a clase el lunes sin mochila, así que cerré la boca y le respondí bien.

--Gracias, mamá. Si, me llevo las llaves —cogiéndolas —Que vaya bien la compra, nos vemos mamá —me despedí sabiendo que a comprar justamente no iba a ir.

—Si se me alarga la compra y no llego a casa a la hora de comer te llamaré, para que comas por ahí o vengas aquí ha hacerte la comida, que hay de todo en la nevera —explicó — Nos vemos.

Pero ¿Y esta contradicción?

Acaba de decir que hay de todo el la nevera, es más, la cocina está a rebosar de comida. ¿Entonces, para qué tendría que ir a comprar?

Decidí dejar de darle vueltas al tema, lo mejor era hacer algo productivo, así que me puse en el ordenador destartalado, en google maps, para buscar alguna papelería o bazar,

básicamente cualquier sitio donde pudiera encontrar material escolar.

Encontré una papelería que estaba relativamente cerca, y lo más importante de todo, estaba abierta ahora mismo y cerraba a las tres de la tarde, por lo que tenía toda la mañana para buscar y para derrochar dinero.

Me apunté la dirección en un papel que tenía por ahí tirado. En mi móvil era imposible poner un mapa y que funcionara. Intenté hacer buena letra para que la pudiera entender yo misma, porque sí, hay veces que no entiendo lo que yo misma he escrito.

Encontré un número de teléfono de un taxi cercano. Hoy es mi día de suerte… algo malo va a pasar seguro.

Una vez, mi padre me explicó que eso mismo tiene nombre, y que es una fobia. Se llama querofobia, y su definición literalmente es que cuando todo te sale bien empiezas a pensar que te va a pasar algo malo.

Cogí el teléfono, y tecleé el número. Tuve que salir a la calle para mirar el letrero, por que si, estaba llamando al taxi para

que me viniera a buscar sin saber siquiera en qué calle vivía. Así soy.

A los cuatro tonos, mientras yo estaba empezando a mosquearme por que pensaba que no respondería, me cogió el teléfono.

Conseguí decirle mi calle, el número de la casa, incluso el piso.

Nunca había pedido un taxi. No tenía muy claro información le tendría que dar al taxista.

Creo que con todo lo que le he dicho, puede mandar a alguien a robar a mi casa, perfectamente.

Me dijo que en unos cinco o diez minutos estaría aquí, que estaba cerca.

Yo no sé si condujo a ciento veinte kilómetros por la vida o es que estaba muy cerca, pero la verdad es que a los seis minutos ya estaba aquí, en la puerta de mi casa.

¿Le pagarán más por llegar en la franja de tiempo que me había dicho?

¿Era como una especie de misión? ¿O era un pensamiento intrusivo de que, si no lo hace, se muere?

Normalmente me pongo a analizar a todo el mundo, así que en mi cabeza empezaron a nacer este tipo de preguntas.

—Usted es Isabella ¿verdad? —dijo el taxista mientras bajaba la ventanilla de su taxi.

—Si, soy yo —respondí a la vez que me hacía un gesto con la mano para que abriera la puerta y me metiera en el asiento de atrás.

—¿Es la primera vez que pides un taxi? —musitó el viejo conductor.

¿Tanto se notaba? Normal, le he dicho toda mi información en cinco minutos que ha durado la llamada, poco más y le cuento donde nací.

—Sii, perdone, soy nueva en España y no sabía muy bien como… —respondí mientras mi cara se teñía de rojo por la

vergüenza. Me solía pasar y eso me daba aún más vergüenza, yo me suelo poner roja por absolutamente todo.

—Tranquila, ya te acostumbrarás, y por cierto espero que le vaya genial en España —habló —¿A dónde quieres que te lleve? —preguntó.

—Em, si, ahora te digo —respondí mientras rebuscaba mi querido papel con la dirección de la papelería. Al fin, encontré el papel que estaba al fondo del bolsillo del pantalón y arrugado, pero le pude indicar la dirección correctamente.

—Perfecto, pues vamos para allá —anunció el conductor. Para ser nueva en España dominas muy bien el Español ¿no?

—habló en un tono de duda.

—Si, es que mi madre nació aquí, y siempre desde pequeña me ha querido enseñar su idioma materno. Y menos mal que me lo enseñó, si no, ahora estaría perdidísima —respondí, rezando por que no me preguntase porque me había mudado tan repentinamente.

—Aah, pues si, menos mal.

A los veinte minutos, ya habíamos llegado a la papelería.

Sorprendentemente no hablamos más en todo el viaje, y digo sorprendentemente porque nada más entrar ya estuvimos un rato hablando, y me esperaba que fuera para más.

Casi que lo agradezco, ya que saqué mis cascos del bolsillo y me puse el spotify mientras veía las calles de Madrid.

Me parecía una ciudad preciosa, con un grandioso ambiente, y como era un sábado por la mañana y hacía buena temperatura, se podían ver las terrazas de los bares llenas de gente, desde niños pequeños hasta personas más mayores.

Se veía una ciudad bastante ajetreada, con gente yendo para aquí y para allá.

Y sobre todo, mucho tráfico. Lo único que no me gustaba de Madrid era el cielo, ya que pocas veces se apreciaba igual que como lo veía yo desde mi antigua ciudad, Naperville.

Como solo llevo dos días aquí, no hay nada más de lo que pueda opinar.

—Muchas gracias —le dije al conductor —¿Cuánto te tengo que pagar? —pregunté.

—No es nada, mujer —respondió —Serán diez euros, en efectivo, que no tengo datáfono.

Mierda, no llevo nada de dinero en efectivo. Con esto de las divisas de dólar a euro y todo el jaleo, se me ha pasado por completo sacar dinero en efectivo.

—Ay, solo llevo tarjeta —con un calor inxómodo en la cara—Tranquila, enfrente tienes un cajero para sacar efectivo, no te preocupes. Pasa normalmente, así que intento buscar el cajero

más cercano a la ubicación que me decís y aparco enfrente o lo más cerca posible —declaró, mientras se le escapaba la risa.

—Ja, ja, ja. Al menos no soy a la única que le pasa, ahora vuelvo.

—Tome los diez euros, me apunto para otra vez que tengo que llevar dinero en efectivo. Una pregunta ¿para la vuelta seguirá usted o tendré que llamar a otro taxi? Volveré sobre la una o las dos de la tarde —pregunté.

—Si, estaré yo también, acabo mi turno a las tres de la tarde

—confirmó. —Acuérdate de llevar efectivo para la vuelta — riendose.

—Genial, sí me llevaré efectivo, no se preocupe--le devolví la carcajada.

Después de pagarle, nos despedimos y yo me puse a caminar para entrar en la papelería. Eran aún las once de la mañana. Me quedaban unas tres horas de disfrute.

No sé con qué cara se quedará la cajera cuando pague con tarjeta.

Creo que estas tiendas siempre me gustarán, tenga 11 años o tenga 40 años, la verdad.

Al entrar, había toda una sección de mochilas de vuelta a clase, así que me puse a buscar como loca una que me gustará y que fuera algo decente, porque como entre nueva con una mochila de unicornios rosa fucsia, ya no tendré nada de reputación para todo el año, la gente es así, supongo.

Encontré una que me gustó, era gris y tenía alguna que otra flor pequeñita rosa. Me dí cuenta que era mejor coger un carro, porque esa tienda era un mundo para mí, me quedé embobada con cada estante, y de tantas cosas que había, mi cabeza se había saturado y ya no sabía ni lo que tenía que comprar.

Al rato, después de tener el carrito a rebosar, me fui a la cola, para pagar. Había un montón de gente, y detrás de mí, se puso un chico.

Lo miré, porque como para no mirarlo. Era de estatura media, media casi como yo, incluso podría decir que yo era un poco

más alta, pero eso era fácil en mí. Iba en tirantes y se le veían los músculos trabajados, por lo que pensé que sería algo mayor que yo. Tenía el pelo castaño oscuro, parecía que quería llegar al color negro pero no. Su tono de piel era claro con unos tonos aún bronceados del verano.

Le acompañaba el rostro con unas cejas bien pobladas y oscuras, seguidas de unos preciosos ojos marrones.

Creo que nunca he visto unos ojos marrones tan bonitos, de verdad lo digo.

Era un marrón con destellos amarillos, eran una locura.

Sus labios eran carnosos y estaban algo rosados, todo en sintonía con su cara, la que, estaba bañada en su totalidad por pecas.

Qué chico más guapo —la idea me arañó por dentro, sin avisar.

Estaba embobada mirándole cuando me di cuenta de que la fila para pagar había avanzado y yo estaba ahí plasmada sin moverme, así que cuando me di cuenta me moví para adelante, ya casi me tocaba pagar.

Acabe de pagar, con suerte de que la cajera no me hubiera dicho nada de la tarjeta a mi edad, así que salí de la tienda con dos bolsas de material escolar y me quedé en la puerta de está, buscando el contacto de mi madre en el teléfono para llamarla

y decirle que ya había terminado, y para ver como iba con su supuesta compra.

De repente, el chico con el que me había quedado embobada, me tocó la espalda.

Al principio me asuste ¿Quién me iba a tocar la espalda en una ciudad completamente nueva para mi? ¿Sería el chico ese de la fila? No puede ser, porque me tocaría la espalda como para decirme algo, eso no tenía ningún tipo de sentido. ¿Me estaba volviendo loca? ¿Igual que con el chico de la terraza?

Pero cuándo me giré, me di cuenta de que mis sospechas eran reales y que no estaba loca, porque en efecto, era él.

Él chico con el que me había quedado embobada hace unos minutos, acababa de salir de la tienda.

Él iba sin bolsas, como si no hubiera comprado nada, o quizá es que no era un obsesionado con estas tiendas y solo se había comprado lo que le hacía falta y se lo había guardado en el bolsillo.

—Hey —me sorprendió él, con una voz ronca e hipnótica.

—Hola —saludé.

Al mirarnos, sentí algo. Algo que nunca jamás había sentido, y que no sabía si me gustaba o por el contrario, me aterraba.

—¿Eres nueva? Me parece que nunca te he visto por aquí — musitó.

—Sii, llegue hace unos días,

—Pues entonces nos veremos más veces —habló — Oye, que ojos más bonitos tienes —expresó nervioso.

—Ay gracias —titubee, poniéndome roja como siempre.

—¿Como se llamaba eso? —balbuceó —Hete— se quedó un rato pensando, se le veía confuso asi que se quedo a medias porque le corté.

—Heterocromia, si —dije —Ibas bien.

—Creo que eres la única persona que conozco, de verdad que es precioso—anunció

Nunca alguien me había dicho eso. En el colegio solían meterse conmigo por ello, decían que era anormal o que yo

tenía una malformación, y siempre que llegaba llorando a casa por eso, mi padre me decía:

"Donde algunos ven defectos, los buenos ven las huellas de una belleza que no se rinde al molde de lo común."