Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 7
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Capítulo 7

James

19 de octubre de 2007

No había dormido ni dos horas. Cada vez que cerraba los ojos veía a Olivia hecha un ovillo en el baño, llorando desoladamente, sin control.

Como si algo dentro de ella se estuviera rompiendo, poco a poco. Y lo peor era no saber por qué. ¿Por qué no me lo quiere decir?

—Hijo, deja de embobarte y desayuna de una vez—gritó, amenazante—Que vas a llegar tarde —protestó mi madre desde la cocina.

Su voz me sentó como un puñetazo de realidad, tirándome de golpe al mundo real.

—Sí, sí… —respondí, intentando sonar despierto. —Perdón, mamá. Me acabo de levantar.

Ella me miró con los ojos entornados, como quien no se cree ni media palabra.

—Ya, ya…

—Mamá, ¿qué le voy a hacer? —refunfuñé mientras intentaba untar mantequilla sin romper la tostada. —Sabes que por las mañanas no me entero de nada.

Eso sí era verdad… pero a esas alturas del desayuno normalmente ya reaccionaba.

—Lo que tú digas, James Thrine —soltó ella, con ese tono suyo tan… superior.

—¡Mamá! —bufé, y luego añadí con teatralidad: —¡Adara Miller Martínez!

Ella soltó una carcajada que casi la hace atragantarse con su café.

—Ehh, no te pases. Yo solo he dicho un apellido, ¿eh?

—No te atragantes, por favor —me reí también, bajando un poco la guardia.

Ese cambio de tema me salvó. Cuando mi madre se pone en modo interrogatorio del FBI, no hay escapatoria posible.

Me saca todo sin que yo ni quiera. Pero hoy, por suerte, me había librado.

Me acabé la tostada --sin gluten, por supuesto--en dos bocados y fui a preparar mis cosas para clase.

Y entonces recordé lo de ayer. El baño.

La bronca.

La “advertencia”.

—Mierda… —murmuré.

¿Iba a ir a clase para que me echaran la bronca?

O mejor… ¿Quedarme en casa para que mi madre me interrogara y encima se enterara igual?

Ninguna opción sonaba bien.

¿Y si me escapaba?

Tampoco. Eso sería multiplicar problemas.

Estaba en mitad de la calle, sin moverme, como un idiota pensando en todos los escenarios posibles, cuando alguien habló justo detrás de mí.

—Hola, James.

Era Olivia.

Su voz me despertó entera la ansiedad que llevaba intentando callar.

—Menos mal que tú también vas a clase… —soltó ella con alivio—. Pensaba que me iba a caer la bronca sola.

Pues nada, decisión tomada. Si Olivia me había visto en el camino, ya no podía desaparecer. Tragué saliva.

—Hola, Olivia —saludé—. ¿Cómo estás?

Le vi esos preciosos ojos… pero esta vez estaban hinchados, junto con la sonrisa rota por los bordes, aunque intentaba fingir normalidad.

—¿Podemos ignorar lo de ayer, por favor? —pidió bajito—. No quiero hablar de eso ahora.

—Oli… sabes que no me gusta ignorar cómo te sientes. Y ayer estabas fatal.

Sus ojos, verdes pero apagados, parpadearon como si hicieran daño.

—Te lo contaré después —prometió--. Esta tarde.

—Vale. Pero no te guardes nada. Quiero volver a ver esos ojos brillar, ojos de melibea —mientras le señalaba a los ojos.

Se sonrojó. Por un instante, algo cálido se encendió en su mirada.

—Prometo contártelo.

—Bien. Vamos a clase antes de que tengamos doble bronca

—añadí.

—¿Crees que aún se acuerdan? —preguntó, dudando.

—Obvio. Con el numerito de ayer… —rodé los ojos.

Fuimos caminando. Ella a tercero, yo a primero de la ESO. Yo había repetido, así que apenas nos llevábamos meses. Trece y catorce. Edades que sonaban más grandes de lo que realmente éramos.

En mitad de la clase de matemáticas, alguien llamó a la puerta.

Cuando vi entrar al conserje de ayer, vestido igual, se me heló la espalda.

Detrás de él, Olivia.

Mirándome con una expresión que gritaba "estamos jodidos".

—James Thrine Miller —me llamó el conserje—. Al despacho. Ahora mismo.

La clase explotó en risitas.

Simios, pensé.

—Ya voy… —bufé, levantándome.

Nos sentamos frente al director. El conserje se colocó a un lado, como si estuviera en un juicio.

—Buenos días, James y Olivia —saludó el director con una falsa amabilidad.

Respondimos a la vez.

—Sabéis que está prohibido entrar en los baños del sexo opuesto, ¿verdad? —continuó.

—Perfectamente sabes que siendo hombre no puedes entrar al baño de mujeres —añadió el conserje, con tono de idiota.

—Sí, lo sé. Perdón, no volverá a pasar —respondí, lo más correcto posible.

—¿Eres nuevo, no? —preguntó el conserje, empeñado en fastidiar. —Creo que no será la última vez que te vea aquí.

¿SEÑORITO? ¿En qué clase de circo estaba?

—Sí, señor —le recalqué. Lo tenía claro si pensaba que me iba a quedar tan pancho.

El director chasqueó la lengua.

—Con un perdón no es suficiente. Tendréis consecuencias.

Y ahí vino:

—Estáis expulsados hasta el viernes.

¿Una semana?

¿POR CONSOLAR A MI NOVIA?

Quise reírme.

O mejor… gritar.

—Llamaremos a vuestros padres —añadió el conserje. Perfecto.

Justo lo que necesitaba.

Si mi madre recibía malas noticias—y más de un asunto escolar—eso solo se podía traducir en una cosa: Desastre.

Ya me imaginaba el olor a desesperación en casa. El ambiente pesado. El dolor de cabeza que me generaría.

Nos dejaron ir. Caminé con Olivia fuera del edificio, sin decir nada. Teníamos el mismo objetivo, llegar a nuestras casas.

Pero antes, ella habló.

—¿A dónde vamos?

—¿Dónde quieres ir?

—Al parque de la esquina. Allí pega el sol. Asentí. Allí por lo menos podríamos respirar. Nos sentamos en un banco.

Ella empezó a bromear del director y el conserje, exagerando gestos, diciendo que parecían pareja. Me entró la risa tonta hasta las lágrimas.

Era precioso verla así, aunque fuera por un momento.

Pero ese momento se acabó. Tenía que preguntarle. No podía ignorar lo del baño.

Esto no se iba a quedar así. No servía de nada esconderlo y esperar a que la bola se hiciera cada vez más grande, eso solo empeoraría las cosas.

—Olivia… —comencé. Su rostro cambió al instante—. Necesito que hablemos de eso.

Ella apretó los labios, ya nerviosa.

—No quiero que… —titubeó— …que te alejes.

—¿Eso es lo que te da miedo? —susurré. Asintió con un hilo de voz.

—Oli, no me voy a alejar. Solo dime qué pasó.

—Es que… te he visto. —Había lágrimas acumulándose en sus ojos.

—¿Me has visto qué?

—Abrazando a alguien —soltó al fin. Me quedé en blanco.

¿Yo? ¿Abrazando a alguien?

—¿Qué? Pero si tú sabes que no abrazo a—Y entonces lo recordé.

Gael.

Mi mejor amigo.

El único al que alguna vez abrazaba.

—Era solo un amigo mío —expliqué.

— ¡Peor me lo pones! —gritó ella, rompiéndose por dentro.

—¡Ahora también me vas a poner los cuernos con tíos! Esa frase me golpeó directo en el pecho. Era demasiado. Otra vez.

—Olivia, basta —dije, más cansado que enfadado. —No puedes ponerte así cada vez que abrazo a un amigo.

—¡Pues si estoy así será por algo! —gritó, temblando.

Había dolor en su mirada… pero también algo que yo no podía sostener solo.

—No podemos seguir así —confesé, sintiendo el nudo en la garganta apretar.

Ella sollozó.

—No te vayas, por favor. Quédate un rato. Y claro que me quedé.

La abracé.

La sujeté.

Y le acaricié la espalda hasta que su respiración volvió al ritmo normal.

Durante un rato no existieron discusiones, ni celos, ni expulsiones. Solo dos personas rotas intentando sostenerse.

Pero dentro de mí lo sabía: Ella necesitaba ayuda. Tiempo

Algo más que yo.

Y yo… yo estaba empezando a romperme también. Cuando llegó la hora, me separé despacio.

—Tenemos que irnos, Oli.

—Gracias, James —susurró—. Gracias por quedarte. Nos abrazamos una última vez.

Y cada uno tomó un camino distinto hacia casa. Con el estómago encogido por mi madre…

Las pocas ganas de llegar a casa.

Y con el corazón hecho polvo por ella.