Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 6
13%

Capítulo 6

Isabella

18 de octubre de 2007

Como de costumbre en esta familia, mi madre no me informaba de nada. Cuando se ponía en ese modo suyo —el de esconder, el de hacer como si no pasara absolutamente nada— lo mejor era actuar igual. Fingir que no veía nada. Que no me dolía.

Así que, ignorando lo que pasó ayer, le hablé de la escuela que había encontrado, explicándole por qué me gustaba, enseñándole cada detalle como si eso fuera a convencerla.

—Mamá, ¿te acuerdas de que me dijiste que buscara una escuela? —pregunté.

Por supuesto que se acordaba, después del escándalo que montó el otro día.

—Sí, claro que me acuerdo —respondió, dándole la razón a mis pensamientos. —He buscado algunas, pero ninguna me parece lo suficientemente buena en cuanto a estudios.

Ahí estaba otra vez: su necesidad casi enfermiza de que

nuestra familia estuviera siempre en lo más alto, de “reforzar” nuestro apellido, como si lo que estudiara yo fuese un trofeo más.

—Yo he encontrado una a la que me gustaría ir —dije, intentando que no se me notara el miedo.

—A ver, Isa, déjame que la vea y te digo —respondió.

—Vale, mira… es esta —le enseñé la web, intentando no sonreír demasiado.

Había leído opiniones, visto fotos… y todo transmitía algo cálido, acogedor. Las aulas parecían llenas de vida; la de música estaba repleta de instrumentos, y había varias salas insonorizadas que parecían sacadas de un sueño.

Lo veía como mi paraíso, como mi … ¿lugar seguro? Qué digo, si ni siquiera la había visto en persona.

No sabía si lograría hacer amigos. No sabía ni siquiera cómo sobreviviría a este nuevo curso, en un país que todavía se me hacía ajeno. Al menos el idioma lo controlaba: mi madre se encargó de que aprendiera su lengua materna desde pequeña.

—Es bonita, Isa, pero no creo que vayas a educarte muy bien en una escuela musical —sentenció, con ese tono suyo tan superior. —Aunque… es la mejor opción de las que he visto. Me lo voy a pensar —añadió, frunciendo el ceño al ver el precio.

—Vale —respondí, casi sin poder evitar sonreír. —A mí me ha gustado mucho.

Que no hubiera dicho que no, era para mí casi un milagro.

Después de comer, mientras estaba pensando qué hacer esta tarde en esta casa vacía —y rezando para que llegaran de una vez los muebles— mi madre entró en mi cuarto.

—Voy a hacer la compra —comentó mientras buscaba las bolsas y hacía una lista en un papel doblado. —¿Te hace falta algo?

Muebles. Y papá.

Pero dije:

—No… bueno, espera. Mi crema de la piel. Me están saliendo más manchas —dije, señalándole las nuevas marcas en mis brazos.

—Vale, Isa. Te la compro. Vuelvo en un rato, ¿vale?

—Hasta luego —respondí, sabiendo perfectamente que “un rato” significaban, mínimo, cuatro horas.

Siempre decía que iba a comprar, pero tardaba como si tuviera que abastecer a un ejército entero. Y ese olor a tabaco que traía a veces dejaba claro que… no era solo la compra.

Necesitaba que fuéramos la familia perfecta, y para ella, admitir que fumaba era casi un crimen. Así que lo escondía, como escondía tantas otras cosas.

Fui a mi habitación —o a lo que debería serlo— y cogí mi guitarra, mis partituras y todo lo que necesitaba para tocar.

Era un hobby que llevaba conmigo desde pequeña, algo que nunca había soltado.

Salí al balcón, como hacía en Estados Unidos. Tocar bajo el sol me relajaba, la luz calentando la piel, el aire moviendo las

hojas, mis dedos encontrando su sitio entre las cuerdas. En esos momentos, solo existía la música.

Tenía claro que quería dedicarme a la música. Incluso busqué una escuela de verano profesional en Italia, especializada en guitarra. Desde Estados Unidos era imposible permitírmelo: nueve, diez, hasta once horas de vuelo… y más de mil dólares. Inalcanzable.

Pero mudarnos a España lo había cambiado todo. Italia quedaba a dos o tres horas, por no más de doscientos euros. Desde aquí era posible. El aeropuerto estaba cerca. Todo era mucho más sencillo.

Este año pensaba ir. Me dejaran o no, iba a encontrar la manera.

Mientras tocaba “Those Eyes” de New West —una de mis canciones favoritas, desde siempre— sentí ese escalofrío familiar. Esa canción siempre me erizaba la piel. Tenía algo especial, ya que hablaba de pequeños momentos entre dos personas, de afecto, de calma.

La cantaba sin pudor. Sin pensar. Sin filtro. Hasta que noté algo.

Más bien, a alguien.

En una terraza lejana —no la de enfrente, esa me la conocía de memoria— había un chico. De estatura media, cuerpo fuerte, hombros anchos. O eso veía yo, sin gafas.

¿Por qué no me las habría puesto hoy? Claro, porque siempre pensaba que no las necesitaba para tocar.

Error.

Quería verle la cara. Su expresión. Saber si se había dado cuenta de que llevaba media hora cantando.

Ese desconocido me había escuchado cantar. CANTAR. Me entró un calor absurdo en las mejillas.

O quizá simplemente había salido a tender la ropa. No quería hacerme películas.

Decidí meterme a casa. El sol, la música, todo… ya estaba bien por hoy.

Pero mientras recogía mis cosas, volví a mirar. Y él seguía ahí.

Ya no tendía nada. Solo estaba de pie, quieto, orientado hacía aquí. No podía ver su mirada, pero su cuerpo apuntaba a mi terraza.

¿Me estaba mirando?

¿O era solo mi cabeza, como siempre?

Demasiadas preguntas para alguien que prefería no llamar la atención.

A mí, que odiaba socializar, la idea provocó en mí un sudor de manos.

—Isa, ya estoy aquí —gritó mi madre horas después. —

¿Dónde estás?

—¡Aquí, mamá! —respondí, volviendo con la guitarra en una mano y las partituras todas dobladas y desordenadas de los nervios. —Estaba tocando en la terraza y no te he oído entrar. Perdón.

—¿Qué tal la compra? —pregunté.

—Bien, había mucha cola, por eso he tardado tanto —mintió sin pestañear. —¿Me ayudas a ordenar?

Qué casualidad: siempre había cola. Siempre.

—Sí, mamá —respondí, tragándome todos mis pensamientos.

Cuando terminamos, el sol estaba a punto de caer. Perfecto para entrenar, como a mí me gustaba.

Además de la música, siempre me había encantado el deporte. Desde que descubrí el golf, mucho más. Aunque aquí aún no sabía dónde jugar, por ahora me conformaba con el gimnasio.

—Mamá, me voy al gimnasio —avisé, guardando mis cosas.

—Llegaré a la hora de cenar. Si puedes, mira lo de la escuela que te dije, ¿vale? –con cierta esperanza, aunque ya me podía intuir la respuesta.

—Muy bien. Lo miraré. Cuando vuelvas te digo —respondió.

—Hasta luego —me despedí, abriendo la puerta.

Y salí, dejando atrás la casa vacía… y la imagen persistente del chico de la terraza, que seguía rondando mi cabeza.

Como una nota que no termina de apagarse.