Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 5
11%

Capítulo 5

James

17 de octubre de 2007

—Oli, ya estoy aquí —mirando dentro del aula, buscándola. Ni rastro.

—¿Olivia? —repetí, sintiendo cómo las piernas me temblaban.

Nada.

Sentía que estaba hablando solo.

¿Quizá lo estaba haciendo?

De pronto, una sensación horrible me recorrió el pecho, como un presentimiento que se me aferraba a la piel.

Salí del aula. Esta era la clase de Gael, estaba seguro. Ella tenía que estar aquí. Eso me había dicho.

Decidí buscar por el piso entero. En esta escuela había cuatro, uno por cada grupo de clases. Y entonces me vino… una intuición. De las malas.

Miré hacia el pasillo de los baños. No quería tener razón.

Pero la tuve.

Un grito desgarrador rebotó en las paredes. El mío casi se escapó también.

Reconocería esa voz en cualquier parte.

—Olivia… —susurré, sintiendo que las manos me resbalaban al empujar la puerta de los baños.

Una puerta individual estaba bloqueada. Los sollozos salían de ahí.

Caminé despacio. No quería que dejara de llorar solo por oírme. La conocía demasiado bien; se callaba cuando le dolía.

Me metí en el baño de al lado. Me subí a la taza del váter y me impulsé hacia arriba por la franja que quedaba entre cubículos.

Y ahí la vi.

Olivia estaba en el suelo, con los hombros hundidos, temblando. Sus lágrimas caían una tras otra, sin descanso.

—Oye, oye… ya estoy aquí, Oli —dije, aterrizando en su cubículo. —Por favor, dime qué te pasa. Me estás asustando, amor.

—¿James? Perdón, perdón… perdón —repitió, hecha un ovillo.

—Ey. Nada de perdón —respondí, intentando sonar más tranquilo de lo que estaba. —Dímelo. Sea lo que sea.

—No me vas a entender —sollozó.

—Inténtalo. Silencio.

Solo su respiración cortada.

—¿Por qué me has llamado entonces? —pregunté, bajando la voz. —No me voy hasta que me digas qué pasa.

Ella tragó saliva.

—No lo sé… no sé qué me pasa —admitió.

—No te creo. —dije, porque no podía fingir lo contrario— Si estás así, es por algo.

Ella cerró los ojos.

—Llévame fuera de la escuela… por favor.

—No puedo, Oli. No te voy a dejar sola. Y menos así—respondí.

—Solo quiero estar contigo. Y tú… nunca estás conmigo — confesó.

Me quedé helado.

—¿De verdad crees que no quiero estar contigo? Ya sabes que tengo natación estas dos horas, y lo mucho que me gusta.

Además, estoy contigo todo lo que puedo.

—No es solo eso —dijo—. He tenido un mal presentimiento. De los malos… malos.

Mi estómago se hundió.

—¿Qué tipo de presentimiento?

—Que todo se vaya a la mierda. Que nosotros nos vayamos a la mierda —tembló.

Me acerqué y la abracé tan fuerte como pude.

—Oli… es tu cabeza jugándote una mala pasada. Estoy aquí. No me voy.

La puerta del baño se abrió de golpe.

—¡Vosotros dos, salid de ahí ahora mismo! —bramó una voz gastada.

Nos quedamos quietos. Petrificados en esa posición.

—Como no salgáis a la de tres, llamo a vuestros padres — amenazó.

Olivia se aferró a mí.

—No puedo salir así… —susurró.

—Tranquila. Algo se nos ocurrirá —le dije. Ella respiró hondo.

Escuché el suspiro de fuera y le hice un gesto con la mano.

—Está bien… salgamos.