Capítulo 4
Isabella
17 de octubre de 2007
—Mamá, ¿cuánto tiempo tardarán en traer los muebles? — pregunté mientras contaba las hormigas que cruzaban el suelo de mi habitación provisional.
—Tu padre acaba de llamar a la agencia. Dicen que la próxima semana. —respondió ella, cansada, como si la vida le pesara un poco más de lo normal.
—¿Y papá? ¿Cuándo vuelve? —pregunté otra vez.
—Tampoco hay fecha exacta, Isa. Ya sabes cómo va todo el tema de los papeles. La casa está heredada, hay que firmar mil cosas… —contestó sin darle mucha importancia.
—Vale, vale… —murmuré, intentando no sonar decepcionada.
—Isa —su tono se volvió más duro—, ayúdame con la cena. Ya sabes… que tu hermana siempre lo hacía —dijo, lanzándome la comparación sin pensarlo.
Ahí estaba otra vez. Tú hermana.
Como si su sombra siguiera viviendo con nosotras, recordando constantemente que yo era la que se había quedado, no la que se había ido.
—Ya voy, mamá —respondí entre dientes.
Después de cenar, lo único que quería era esconderme en mi cuarto y no existir durante un rato. Mi padre nunca me
comparaba con ella. Mi madre… todo lo contrario.
Entré en mi "cama" —dos sábanas finas en el suelo, una doblada como cojín— e intenté acomodarme. Era como dormir sobre cemento.
—Toc, toc —golpeó mi madre, abriendo la puerta mientras preguntaba: —¿Se puede?
—Nunca entenderé por qué preguntas a la vez que entras — me quejé.
—Tenemos que mirar lo de tu escuela. La semana que viene empiezas, no quiero que pierdas este año —informó con esa seriedad que tanto le gustaba.
—Mamá, me adelantaron un año por mis capacidades. Por un día no voy a tener que repetir —le recordé.
—Lo sé, Isa. Yo solo quiero lo mejor para ti —dijo.
Mentira. Ella quería lo mejor para su imagen. Para su apellido.
—¿Es necesario hacer la matrícula hoy? Son las once de la noche—protesté.
—Solo dime en qué escuela quieres que te inscriba —pidió con un bolígrafo en la mano.
—No he mirado ninguna —admití. Su cara cambió de golpe.
—Como quieras, pero después no vengas exigiendo —espetó, con la ira recorriéndole las venas. —Mañana me dices la escuela. Ya está bien, Isa —gruñó, cerrando de un portazo.
Me quedé quieta, sintiendo los ojos humedecerse. Me tumbé como pude y miré el techo durante un buen rato, intentando no pensar en nada.
Al final, me dormí.
A la mañana siguiente me desperté adolorida, como si me hubieran golpeado la espalda. Me acerqué al viejo ordenador del cuarto para buscar escuelas. Después de un rato encontré una que encajaba conmigo: Instituto Armonía de Madrid (IAM). Música, arte, deporte… era perfecta.
Solo faltaba que a mi madre le pareciera bien.
Me dirigía al salón cuando la encontré viniendo hacia mí.
—Buenos días, Isa —saludó.
—Justo iba a desayunar.
—¿Podemos hablar?—dijo ella.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Ha habido un problema… con papá —soltó de golpe. Se me paró el corazón.
—¿Qué? ¡Mamá, no me asustes! —sollocé.
—Está bien. Solo fue un golpe de calor. Vendrá unos días más tarde —explicó, antes de encerrarse en su cuarto.
Desde pequeña me habían ocultado todas las cosas malas “para protegerme”. Pero ya no colaba. Para mí, que dijeran "no pasa nada" significaba exactamente lo contrario.
La mayoría de las veces, era algo malo. Eso era lo que más mala espina me daba.