Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 2
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Capítulo 2

Isabella

Años atrás…

16 de octubre de 2007

—Isa, date prisa, si no, podríamos perder el vuelo—me apuró mi madre desde el pasillo.

—Ya voy mamá, estoy acabando de coger mis cosas—respondí, atareada metiendo todos mis libros en la maleta, como si intentara encajar toda mi vida dentro.

Al llegar al aeropuerto y montarme en el avión, supe que tendría que aguantar las próximas horas del viaje respondiendo a las preguntas que me hiciera mi madre, y la verdad es que no tenía muchas ganas de eso.

—Isa, ¿Tú crees que este cambio te sentará bien?—preguntó mi madre, con las manos algo inquietas.

—Si, mamá —mentí, con una sonrisa de lado a lado dibujada sobre mi cara.

No sabía cómo me iba a sentar, lo único que tenía claro era el nudo frío en el estómago que me avisaba que no sería fácil.

Era incapaz de controlar eso, no recordaba nada de los años anteriores, solo tenía recuerdos de la infancia, justo por eso no sabía cómo actuaría al estar junto a nueva gente otra vez.

No iba a negar que me hacía cierta ilusión. Empezar de cero, en un país extraño para mí.

Mi padre llegará más tarde a España, ya que tiene que acabar de hacer unos papeles de nuestra antigua casa. La idea de quedarme a solas con mi madre, no me hacía mucha ilusión, pero aguantaré.

Horas después-

—Despierta, que ya hemos llegado— dándome palmadas en la espalda para despertarme.

—Ays —suspiré— Mamá, qué susto me has dado —dejé escapar una voz ronca. — ¿Ya hemos llegado?

—Sí, vamos a ir a nuestra nueva casa—sonrió y bajó la mirada, incapaz de sostener la emoción. — Qué recuerdos me trae este país— mientras se le humedecían los ojos.

—Vale, vale —me acerqué a ella.

En cuanto vi mi “nueva casa”, se me cayó el alma a los pies. Bien sabía que no nos podíamos permitir gran cosa, pero ¿de verdad este sitio estaba para entrar a vivir?

Desde fuera parecía que el edificio seguía en pie por pura casualidad.

Los balcones estaban sujetos por dos piedras mal puestas, como si fueran a desprenderse en cualquier momento.

Todas las ventanas tenían carteles de “Se vende”, menos el nuestro.

Genial. Ni un solo vecino.

Al menos, no tendré problemas con los vecinos por tocar la guitarra.

No me extraña que no tenga vecinos. Ni siquiera la he visto por dentro, pero desde fuera tiene mala pinta. Las persianas están… que se caen.

El interior no era mejor.

La casa estaba vacía. Desnuda. Ni una cama.

Ni una mesa.

Solo una nevera vieja que zumbaba como un insecto atrapado.

¿Dónde íbamos a dormir?

¿A comer?

¿A vivir?

El olor a cerrado me golpeó en cuanto crucé la puerta.

Me obligué a abrir todas las ventanas, como si así pudiera airear también todo lo que estaba sintiendo.

Esta casa era un desastre. Igual que… mi vida.

No tenía más remedio que acostumbrarme a las dos.