Las coincidencias que no fui capaz de explicar Capítulo 1
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Las coincidencias que no fui capaz de explicar

Las coincidencias que no fui capaz de explicar

Por Lucia Lorenz

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Capítulo 1

Isabella

21 de diciembre de 2008

Desde que llegué a España, supe que tenía a alguien detrás. Por los pasillos me sentía observada, y las llamadas telefónicas de números desconocidos no paraban de llegarme.

Hoy era el último día de clase antes de las vacaciones de navidad, y aunque mi plan ideal era estar con mis amigas, tenía el presentimiento de que se me iban a torcer los planes.

Y así fue.

Cuando me encontré a Olivia acercándose a mí, de brazos cruzados, supe que ese era el mal presentimiento.

— ¡Sabes que tienes que alejarte de él, Isa! —gritó Olivia, atravesándome con esos inmensos ojos verdes— ¡¡ Yo estuve mucho antes que tú!! —exclamó ahora, con los brazos cruzados.

El aire se me quedó atrapado en la garganta. No entendía por qué me odiaba tanto. Desde que llegué, Olivia me miraba como si le sobrara mi existencia.

—Isa, haz lo que quieras —dijo sin apartar el ceño—. Pero yo no pienso saber nada más de ti.

Sonrió, pero era una sonrisa vacía, tensa.

—Aléjate. Y todo se arreglará.

Sentí el impulso de contestar, de defenderme, pero la voz no me salió. Cuando alguien se enfadaba conmigo, siempre me quedaba igual: muda, con mil pensamientos estrellándose en mi cabeza sin poder escapar.

—Perfecto, Isa —su tono se volvió más afilado—. Vete a la mierda. ¿Está claro?

Me señaló la puerta.

—Hazme el favor… y lárgate.

Esa última palabra me cortó por dentro. Lárgate.

La escuché rebotar en mi memoria antes incluso de que terminara de pronunciarla.

Y entonces volví allí.

De alguna manera, el ambiente se tornó al de esa tarde…

—No… por favor, no me dejes aquí —mi voz se rompía a cada palabra. Las lágrimas caían tan rápido que ni las veía—. Volverás… ¿verdad que sí?

Entre sollozos, pude tragar aire.

—Jen… Por favor, di… di que volverás —balbuceaba.

— ¡No! ¡Estoy harta de que seas siempre tú! —gritó Jen antes de golpear la puerta.

Aquel portazo retumbó en mis costillas, como si me partiera en dos.

El recuerdo me agarró del pecho. El suelo empezó a moverse, como si estuviera bajo el agua.

La vista se me nubló.

El estómago se revolvió.

No podía respirar; cada intento quemaba más que el anterior. Mis piernas se aflojaron, inútiles.

Y de golpe, todo se apagó. No sentí nada más.